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ANTE EL SILENCIAMIENTO, LA PALABRA

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Acaba de celebrarse en Roma el Congreso teológico internacional organizado a los cincuenta años de la apertura del Concilio Ecuménico Vaticano II. El Congreso lleva por nombre "Las teólogas releen el Vaticano II: asumir una historia, preparar el futuro". Por tanto, sus protagonistas son mujeres; mujeres teólogas, religiosas y laicas, que se han reunido para repensar los valores de un Concilio que muchos quieren dar por muerto. "Las mujeres en el Concilio no fueron invitadas por casualidad", afirman sus organizadoras.

Tenemos que remontarnos hasta León XIII y a su encíclica Rerum novarum (1891) para encontrar antecedentes liberadores de una Iglesia institucional que vuelve su mirada a la realidad humana. Aquella encíclica fue muy importante en la doctrina social de la iglesia católica porque en ella se reconoce la situación de miseria en la que vivían muchos trabajadores como resultado del afán de enriquecimiento de aquél liberalismo capitalista, sin regulación legal alguna, que propiciaba la alienación del trabajador.

Entre sus innovaciones recogía una alternativa pactista de que tanto empresarios como trabajadores deberían llegar a un acuerdo entre ellos. Además planteó la intervención del Estado para atenuar las situaciones de injusticia social e incidir en el reparto de la riqueza. Defendió el derecho a la sindicación, las condiciones de trabajo decentes y una remuneración digna. Pero se quedó "ahí" igual que la encíclica Caritas in veritate, de Benedicto XVI, cuando se refiere al pecado estructural que evidencia la economía neoliberal y la globalización financiera.

Del espíritu de aquella encíclica de finales del siglo XIX salió la Democracia Cristiana (1942), fundada, entre otros, por Alcide De Gasperi, uno de los padres de la mejor Europa construida hasta la fecha.

En 1931 aparece la Cuadragesimo anno ("Cuarenta años después"), otra encíclica que reclama una mayor protección de los derechos de los trabajadores, criticando al capitalismo y al comunismo pero intentando Pío XI una vía intermedia mucho antes de la propuesta socialdemócrata de Anthony Giddens.

Habría que esperar a la segunda mitad de siglo XX para que el Concilio Vaticano II se convirtiera en una revolución ética y cristiana al declarar una nueva apertura al mundo moderno, a las demás confesiones cristianas y no cristianas y a todas las personas de buena voluntad por encima de su credo político, filosófico o religioso. Fue el momento de madurez en el cual la Iglesia oficial en pleno se compromete con las modernas cuestiones sociales desde un renovado esfuerzo del mundo católico para mantener vivo el diálogo con la filosofía moderna.

Aquél concilio ecuménico supuso un Pentecostés para la Iglesia católica al decantarse por la justicia -el ethos de este Concilio- desde la opción preferencial a favor de los pobres. El Evangelio ahora puede verse con claridad como el camino de liberación de las estructuras opresoras de los pueblos gracias a la actualización en el Concilio de los comportamientos de Jesús de Nazareth a nuestro tiempo.

Este Concilio promovió el laicado y la mayor apertura hacia las culturas y religiones no occidentales (inculturización), a la vez que puso fin a la actitud desdeñosa de algunos pensadores católicos hacia todo lo que no fuera la filosofía tomista. El monopolio neo-tomista en la iglesia se debilitó con la excepción de Maritain y alguno más.

A los trabajos conciliares fueron invitados teólogos protestantes, como ramificationsKarl Barth (discípulo de D. Bonhoeffer) y Rudolf Bultmann, para reforzar el ecumenismo. En este sentido, algunos teólogos protestantes habían llegado a ahondar en cuestiones que eran propiamente "católicas", sobre todo dos: la aplicación del método histórico-crítico a la exégesis de la Biblia y la valoración del papel del laicado en la Iglesia y en el mundo ("sacerdocio universal").

Aceptar esto fue un acierto porque por encima de la ortodoxia católica estaba el acercamiento a la realidad del mundo en que se vivía e incluso de la propia verdad católica. Uno de los principales teólogos en esta dirección fue el jesuita Karl Rahner.

Ahora que la Iglesia institución pierde credibilidad a chorros; a la vista de que su actividad carece del ejemplo y del estilo de autoridad que auspiciaba el Maestro (eksousía), y de que ciertas estructuras de la curia -el Estado vaticano mismo- no responden a la sencillez evangélica ni a la comunión fraterna que Cristo y el mundo reclaman de los cristianos y cristianas, es obligado reivindicar iniciativas como la de esta relectura conciliar realizada por teólogas.

Ya es hora de que el papa deje de ser jefe de Estado, sus nuncios mantengan el rango de embajadores y la dignidad del cardenalato se sostenga como signo evidente de la carrera eclesial. El sínodo de obispos ha de ser deliberativo (y no solo consultivo). Y hay que revisar además la posición de la mujer en la Iglesia, promover la reforma de la elección papal, poner en cuestión la curia actual, fomentar la participación de las iglesias locales en la designación de sus obispos, etc. Todos estos son contenidos del Concilio que siguen ignorados y silenciados para descrédito de nuestra Iglesia; o mejor dicho, de la Iglesia de Cristo.

 

Gabriel Mª Otalora

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