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LA EUCARISTÍA: RECUPERAR LA COMPROMETEDORA FIESTA DE LA SOLIDARIDAD

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La comida en común es una de las acciones simbólicas más generalizadas en todos los tiempos y en todas las culturas. Expresa lazos familiares, acogida, compañerismo, fraternidad... Es un símbolo inteligible por todo el mundo, sin más explicaciones. Pero si nos acercamos a las celebraciones eucarísticas en nuestras iglesias y parroquias, la primera impresión es que no son entendibles por sí mismas. ¿Qué ha pasado?

El rito ha devorado al símbolo.

Todo está previsto y reglado: los gestos, las palabras, las vestiduras, la materia utilizada en la Eucaristía... Buscando la garantía jurídica del rito, la institución ha terminado por matar el símbolo universal de la mesa compartida. Con un problema de más hondo calado. La evolución histórica de la celebración eucarística es un dramático ejemplo de la tendencia que tienen todas las instituciones (religiosas, políticas o sociales) a convertirse en fin.

Se afirma la presencia real de Cristo. Pero la institución eclesiástica controla todo el proceso: ella establece cuándo se hace presente y cuándo no, quiénes son las personas autorizadas para realizar el rito, quiénes pueden acercarse a comulgar.

El altar ha devorado a la mesa.

Las primeras comunidades asocian la celebración eucarística con los sacrificios del Antiguo Testamento, tan presentes en su cultura religiosa. Jesús es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. En torno a esa imagen va fraguando la imagen de la Eucaristía como sacrificio. Resulta sorprendente la cantidad de veces que se emplea la palabra "sacrificio" en los textos litúrgicos.

Como alternativa a las eucaristías oficiales, van surgiendo grupos minoritarios que recuperan la búsqueda de los orígenes al margen de la institución oficial y, con frecuencia, fuera de los espacios religiosos tradicionales.

Las comidas de Jesús en los Evangelios.

· Jesús come con Leví, el publicano (Mt 9,9-13 y paral.)
· come en casa de Simón, un fariseo (Lc 7,36-50)
· el propio Jesús se invita a casa de Zaqueo, el recaudador (Lc 19,1-10)
· come en casa de Marta, mientras su hermana María le escucha a sus pies (Lc 10,38-42)
· María unge los pies de Jesús durante una comida en su casa, junto con Marta y Lázaro (Jn 12,1)
· comida en casa de Simón el leproso (Mt 26,6-13 y Mc 14,3-9))
· la vuelta del hijo pródigo se celebra con un banquete (Lc 15,11-32)
· la parábola de El rico epulón, como expresión sangrante de la insolidaridad (Lc 16,19-31)
· Jesús compara el Reinado de Dios con un gran banquete (Lc 14,16-24; Mt 22,1-13)
· los dos discípulos que van a Emaús "abren los ojos" durante la comida (Lc 24,31)

Para asombro nuestro, en los Evangelios tenemos seis relatos de la multiplicación de los panes (Mt 14, 13-21; Mc 6,30-44; Lc 9,11-17; Jn 6,1-14.- Mt 15,32-39; Mc 8,1-9), mientras que sólo hay tres relatos de la comida en la última cena (más el de Pablo en 1Cor 11,23ss)

Algunos rasgos de estas comidas.

La expresión partir el pan significa celebrar la Eucaristía (Hch 2,42).

El esquema narrativo es el mismo en estos diez relatos, a los que se añade el de los discípulos de Emaús:

· coger o tomar el pan o los panes (en los 11 relatos)
· alzar la mirada al cielo (en 3 relatos de Mt, Mc y Lc)
· pronunciar la bendición (en los 11 relatos)
· partir el pan o los panes (en 10 relatos, menos Jn)
· repartirlo, el propio Jesús o sus discípulos (10 relatos, menos 1Cor).

La comida es la expresión más entendible del Reinado de Dios: la igualdad y la inclusión de todos los seres humanos.

La sociedad en que vive Jesús se encuentra muy estratificada en clases y categorías sociales. Las personas y los grupos no se mezclaban en las comidas. Necesitamos subrayar este dato sociológico, precisamente porque ya ha sido superado en nuestra cultura.

Jesús rompe ese esquema de segregación social. Come con fariseos, con publicanos, se identifica con la masa anónima durante las comidas al aire libre. Crossan la llama "comensalía abierta y dejada al azar... con una mezcla absoluta de clases, sexos, rangos y grados".

El escándalo está servido. Las comidas de Jesús tenían un carácter peligroso y claramente subversivo del orden social existente.

La celebración de la Última Cena

La última cena fue una comida normal, sin ningún carácter sagrado. Jesús y sus discípulos (lo más probable es que hubiera también mujeres) repitieron la comida en común que habían hecho tantas veces.

Jesús no estableció un ritual específico para recordarlo a Él. No fue una despedida consciente, aunque sí pudo ser una despedida "presentida".

Obviamente, Jesús no estableció un "sacerdocio". Ni Jesús era sacerdote, ni pretendió crear una estructura sacerdotal.

Tras la muerte y resurrección de Jesús, las primeras comunidades fueron cargando de contenido el recuerdo de la Última Cena.

· La fórmula "esto es mi cuerpo que se entrega por vosotros" (1Co 11,24; Lc 22,18) es el resumen condensado de toda la existencia de Jesús: una vida entregada a los demás.
· El vino fue significando progresivamente la sangre de Cristo. Es decir, su pasión y su muerte. La coherencia de una vida entregada a los demás le llevó a darla físicamente, trágicamente por los demás.

Nuestras celebraciones eucarísticas, por lo menos en pequeños grupos más conscientes, deberían tener de forma más o menos explícita estos cuatro niveles de expresión:

1.- Una crítica política: La sociedad actual es radicalmente injusta porque excluye de la mesa común a la inmensa mayoría de la humanidad. Es urgente crear estructuras de solidaridad para hacer efectivo el reparto de los bienes indispensables para todo ser humano.

2.- Un desafío económico: El reto de compartir no es sólo de los poderes públicos. Me implica también a mí como persona y nos implica como comunidad. Necesitamos buscar fórmulas de solidaridad económica, social, cultural, educativa, derechos humanos... para que la utopía de compartir vaya ganando terreno en nuestra vida personal y comunitaria.

3.- Un rito sagrado: Los dos puntos anteriores pueden ser compartidos por otras muchas personas que practican estos mismos valores de solidaridad, más allá de cualquier confesión religiosa o adscripción política. Pero quienes creemos en Jesús, el Cristo, recordamos además de forma muy detenida y gozosa toda la vida, la muerte y resurrección de Jesús, como el símbolo más estimulante y sencillo de cómo vivir para los demás.

4.- Un culto litúrgico: Nos sentimos unidos a los millones de personas creyentes que en todo el mundo intentan seguir los pasos de Jesús. Esa Iglesia que tiene su origen en Jesús de Nazaret y que lo confiesa como el Cristo, el Hijo de Dios, pues "donde están dos o tres reunidos apelando a mí, allí, en medio de ellos, estoy yo" (Mt 18,20)..

 

Pope Godoy

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