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Y DESPUÉS DE BENEDICTO XVI, ¿QUÉ?

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Como es lógico, nadie sabe el tiempo de vida que le queda a Benedicto XVI. En cualquier caso, dada su edad y que su salud, según dicen, no es muy fuerte, se puede pensar razonablemente que el pontificado del papa actual no durará muchos años.

Por eso hay quienes se preguntan quién será el sucesor de Ratzinger y, sobre todo, qué mentalidad tendrá, es decir, si será un papa continuista y de acuerdo con lo que viene diciendo y haciendo el actual Sumo Pontífice o, por el contrario, será un papa innovador que dará un giro distinto al rumbo que lleva actualmente la Iglesia católica.

Naturalmente, no es posible adivinar el futuro. Ni vale gran cosa el consabido argumento de la actual configuración del colegio cardenalicio. Porque aunque sean mayoría los cardenales electores que son conocidos por su mentalidad conservadora, no es menos cierto que, en la historia de los cónclaves, se han producido sorpresas que seguramente nadie podía imaginar.

Sin ir más lejos, después de Pío XII, la elección del cardenal Rocalli, que resultó así ser el papa Juan XXIII, fue una noticia inesperada para la gran mayoría de los católicos.

De todas maneras, sea quien sea el sucesor de Ratzinger, el próximo papa tendrá que afrontar una situación muy dura y se verá obligado a tomar decisiones que mucha gente se resiste a aceptar.

La Iglesia católica no puede seguir durante mucho tiempo por el camino que tomó a partir del pontificado de Juan Pablo II. Porque ese camino no lleva a ninguna parte en este momento.

Los cambios profundos y acelerados, que estamos viviendo en la cultura, en la sociedad, en la economía, en la mentalidad de la inmensa mayoría de los ciudadanos, han hecho que la religión, tal como la vivimos, y la Iglesia, tal como funciona, se han quedado demasiado rezagadas y es demasiada la gente que ve todo lo relacionado con curas y obispos como algo que no interesa o, lo que es peor, como un peso insoportable del que lo mejor que se hace es prescindir y vivir al margen de todo ese tinglado.

La consecuencia lógica e inevitable que se sigue de este estado de cosas, es que los dirigentes de la Iglesia se sienten incomprendidos y no raras veces tienen la impresión de estar amenazados y hasta perseguidos. En España, por ejemplo, hay obispos y curas que aseguran que la Iglesia está siendo perseguida.

Quienes dicen eso seguramente se basan en que hay medios de comunicación que con frecuencia informan o comentan las contradicciones que ve casi todo el mundo en una institución que predica el Evangelio y con demasiada frecuencia hace lo contrario de lo que predica.

Con el agravante de que quienes se sienten perseguidos por los medios no quieren ni pensar en que la COPE, la emisora de la Conferencia Episcopal Española, lleva varios años insultando, mintiendo y calumniando a personas, grupos o partidos políticos. Y además hace todo eso con el dinero que la misma Conferencia Episcopal paga a periodistas que han sido denunciados de graves delitos en el juzgado de guardia. ¿Cómo es posible que los más descarados perseguidores se quejen de ser ellos los perseguidos?

Si los obispos se comportan así, es porque, como ya he dicho, se sienten amenazados. Ahora bien, está más que demostrado que, cuando los hombres de la religión se sienten amenazados, suelen reaccionar agarrándose a la tabla de salvación que es el fundamentalismo religioso.

Un fenómeno que el conocido sociólogo Anthony Giddens ha definido como "tradición acorralada". Y entonces ocurre lo que, en tales condiciones, suele ocurrir. Se endurecen las normas y los dogmas, se tiene la tendencia de atrincherarse en tradiciones y costumbres de tiempos pasados y, sobre todo, se exige obediencia ciega y sumisión incondicional.

Así, la institución eclesiástica queda bloqueada, paralizada, ausente de lo que realmente ocurre en la sociedad, y lejos de lo que piensa y vive la gran mayoría de la gente.

Las consecuencias están a la vista de todos. Las iglesias cada día más vacías, el clero cada día más desprestigiado y envejecido, no raras veces desorientado, sin saber por dónde echar, qué hacer o qué decir, los conventos, seminarios y noviciados casi vacíos y muchos de ellos clausurados, la Iglesia fracturada, dividida y hasta enfrentada, al tiempo que los escándalos se suceden y se saben, escándalos económicos, de pederastia, de manejos poco claros en el interior de la vida eclesiástica y en las relaciones de la Iglesia con las instituciones públicas.

Y lo peor de todo es que el mensaje doctrinal y las exigencias morales, que la Iglesia predica, interesan a poca gente o no dan respuesta a lo que los ciudadanos buscan en la religión.

Por otra parte, es determinante tener en cuenta que la Iglesia se ve así, desacreditada, dividida y marginada por causa de una serie de decisiones que la jerarquía mantiene inmutables a toda costa, pero que no son cuestiones que afectan a la fe, sino tradiciones y costumbres que se podrían y se tendrían que modificar lo más pronto posible, para poner remedio a este estado de cosas.

Pensemos que, en este momento, más de la mitad de las parroquias del mundo no tienen un párroco estable que atienda a los fieles. Y otras muchas parroquias están atendidas por sacerdotes ancianos o enfermos, en definitiva, hombres que no pueden atender debidamente a las necesidades religiosas y sociales de la gente.

Además, al ritmo que van las cosas, dentro de pocos años (a lo sumo unos diez), la situación religiosa y eclesiástica va a ser desesperada. ¿Quién va a atender entonces a las necesidades religiosas de los fieles? ¿quién va a predicar el Evangelio a la gente?

Y tengamos presente que un estado de cosas como el presente no se renueva de la noche a la mañana, en pocos meses, ni siquiera en pocos años.

Por otra parte, la Jerarquía de la Iglesia no tiene ni poder ni autoridad para gestionar la vida de la Iglesia de forma que la gran mayoría de los fieles se vean privados de los sacramentos y de la atención religiosa a la que tienen derecho, como bien dijo el concilio Vaticano II.

Lo más preocupante en esta situación es que, siendo muchos los clérigos y laicos que se dan cuenta de todo esto, se guarda silencio, nadie levanta la voz, todos nos callamos y nos sometemos con la más observante obediencia, esperando que los grupos más integristas y tradicionales (Opus, kikos, legionarios.....) suministren las vocaciones que la Iglesia va a necesitar más y más cada día.

¿Qué podemos hacer en esta situación? Ya que sacerdotes, religiosos y monjas, según parece, no están por complicarse la vida ni meterse en problemas, pienso que lo más necesario y lo más urgente es mostrar nuestra preocupación, nuestro desacuerdo y nuestra preocupación creciente por el giro que ha tomado la Iglesia.

Y también por las orientaciones doctrinales y las decisiones prácticas que nos llegan del Vaticano, en las que se ve la intención de prologar indefinidamente un estado de cosas que no tiene futuro.

¿Cómo organizarnos para hacer realidad esta propuesta? Por lo menos, vamos a empezar a hablar seriamente de esto.

 

José M. Castillo

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