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QUÉ PASA EN LA IGLESIA (4) LAS CINCO LLAGAS

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2ª) EL JERARCOCENTRISMO PATRIARCAL (sigue)

El último mal de esta concentración sacralizadora y curial es la llamativa falta de atención a la mujer, a quien la institución eclesial parece ignorar, como no sea para amonestarla o culpabilizarla.

Juan XXIII declaró en la Pacem in Terris que la promoción de la mujer era un "signo de los tiempos". La curia romana parece incapaz de leer esos signos de los tiempos a través de los cuales nos habla Dios; y alguno de sus documentos sobre este tema merecerían el reproche evangélico de "quebrantar la palabra de Dios acogiéndose a las tradiciones de sus mayores".

¿Cómo se pudo escribir, por poner un único ejemplo, que "de conformidad con la venerable tradición de la Iglesia, la elevación a los ministerios de acólito y lector queda reservada a los varones"? ¡Qué contraste con aquella iglesia de Roma donde una mujer, Junia, es calificada por Pablo como "apóstol"! (Ro 16,7)

No se trata ahora de discutir (ni de canonizar a priori) todos y cada uno de los pasos, de los problemas y de las reivindicaciones que cualquier promesa y cualquier novedad pueden plantear a la Iglesia. Pero sí pedimos que la autoridad eclesiástica comprenda el imperativo que encierra la radical proclama de san Pablo: "en Cristo Jesús ya no hay varón ni mujer" (Gal 3,28).

El cristianismo primero escandalizó a la sociedad por su apertura respecto a la mujer; el catolicismo oficial de hoy escandaliza a la sociedad por su cerrazón respecto a la mujer.

Por eso pedimos un poco de fe en el Dios que guía la historia a pesar de todo, así como un poco de acogida y de cariño hacia tantas mujeres, en seguimiento del trato que les dio Jesús y que resultó notablemente escandaloso para la sociedad religiosa de su época. Aunque sólo fuera por gratitud hacia aquellas a las que la Iglesia debe mayoritariamente su pervivencia. También, sin duda, porque el patriarcalismo dominante es enormemente mutilador.

En conclusión

Es sólo la Curia romana, en su configuración actual, la que necesita una eclesiología "jerarcocéntrica". El colegio apostólico, con su Cabeza, no la necesitan para nada. Y el pueblo de Dios tampoco.

En este contexto, defender hoy al ministerio de Pedro es procurar que aparezca como sucesor de Pedro, no de Caifás ni de Constantino o Carlomagno. Que las sandalias del pescador sustituyan otra vez a las coronas de rey sacerdote. Y que la curia romana sea un servicio al papa y no una "corte" que se beneficia del halo de su autoridad en provecho propio, como ocurre en todas las monarquías absolutas.

El ministerio petrino tampoco es una especie de rey constitucional, que no gobierna, que hace un papel de símbolo y al que se le dice lo que tiene que decir (así parece concebirlo la curia).

Y, por lo que hace al pueblo de Dios, Pablo VI señaló la aspiración a la igualdad y la participación, como virtudes de nuestra época en las que se refleja la dignidad del hombre. Pues bien: esa doble aspiración es la que no tiene cauce alguno en las estructuras de la Iglesia. Ello constituye un antitestimonio importante.

Las demandas concretas que eso exigiría se han formulado muchas veces:

· que el papa no fuese jefe de estado,
· que sus representantes en las iglesias de cada país ostenten cargo político de embajadores;
· la supresión del cardenalato como dignidad, y
· reforma de la elección papal (en la línea del proyecto que la Curia le tumbó a Pablo VI);
· participación de las iglesias locales en la designación de sus pastores;
· dar al sínodo de obispos funciones deliberativas y no sólo consultivas, como expresión de la colegialidad;
· una revisión profunda de los procedimientos de la congregación de la fe;
· un examen serio y detenido de la posición de la mujer en la Iglesia...

Estas reformas no son por sí mismas "soluciones", pero creemos que devolverían salud y credibilidad a la Iglesia.

Para muchos de nosotros, ciertas estructuras de la curia no responden al testimonio de simplicidad evangélica y de comunión fraterna que el Señor y el mundo reclaman de nosotros; ni traducen en sus actitudes, a veces centralizadoras e impositivas, una catolicidad verdaderamente universal; ni respetan siempre las exigencias de una corresponsabilidad adulta, ni incluso a veces los derechos básicos de la persona humana o de los diferentes pueblos.

No faltan con frecuencia en sectores de la curia romana prejuicios, atención unilateral para las informaciones, e incluso posturas más o menos inconscientes de etnocentrismo cultural europeo frente a América Latina, África y Asia.

(Carta citada de P. Casaldáliga a Juan Pablo II)

 

3ª) EL ECLESIOCENTRISMO

De la visión dada en el apartado anterior, brota esta nueva raíz de incredibilidad: la institución eclesial no sabe coexistir en democracia.

Comenzamos a redactar estas líneas en torno a la fiesta de Cristo Rey cuyo significado puede iluminar lo que queremos decir. Cristo Rey no es una fiesta de reivindicación eclesial, sino más bien de sumisión creyente a la sabiduría incomprensible de Dios. Pues un Rey Crucificado es una idiotez para los ilustrados y un escándalo para los piadosos, como ya recordó san Pablo.

Según la célebre expresión de la liturgia medieval "Dios reina desde el patíbulo" de la cruz. Porque un reino "de verdad y de vida, de libertad y gracia, de justicia de amor y de paz" (como canta el Prefacio de la misa de Cristo Rey) no se consigue a través del poder y de la espectacularidad, sino de la entrega amorosa de la propia vida. Esta es la sabiduría de Dios.

Dos eclesiologías

De acuerdo con este espíritu, es fácil contraponer dos eclesiologías que pugnan entre nosotros:

· una concibe a la comunidad creyente de acuerdo con los lenguajes evangélicos de fermento, sal, semilla...
· la otra concibe a la Iglesia más bien como fortaleza, como "zona residencial" de un planeta enfermo, como poder institucional ("sociedad perfecta") que competirá con el poder de los estados, y no para conquistar su libertad sino para imponer sus modos de ver.

Creemos que sólo la primera de estas eclesiologías responde al proyecto de Jesús: "el camino de la Iglesia es el hombre" (Juan Pablo II, RH 14), y su misión por tanto irá por la línea del "perderse en la masa para fecundarla", como hacen la levadura o la sal.

Parece como si la institución eclesial pensara al revés: que el camino del hombre es la Iglesia y la misión de ésta es "obligarlos a entrar para que se llene la casa", dicho sea con una expresión evangélica sacada de contexto (Lc 14,23).

Esto hace que la Iglesia de hoy dé tantas veces la sensación de no saber estar en la democracia.

Para el primer modelo, el valor fundamental que une a creyentes y no creyentes es la fraternidad universal, en la que tanto insistieron el Vaticano II y Pablo VI.

El cristianismo aportará a ese valor un fundamento y una plenitud: la filiación divina de todos los hombres. Y este fundamento se convierte, a su vez, en una exigencia sobre el modo de realizar esa fraternidad: a través de "la libertad de los hijos" (cf. Rom, 8,21; Gal 4,31).

El cristiano puede pensar que una fraternidad sin filiación es manca (y hasta podría ser muerta); pero sabe también que una filiación sin fraternidad es falsa y puede ser hasta hipócrita. Y cree que allí donde hay, o se busca, una fraternidad auténtica, puede darse una aceptación de la "filiación" no expresa o anónima, y que sólo Dios conoce.

En cambio, para el modelo de la fortaleza, la fraternidad sólo es una forma apendicular, y algo degradada, del ser persona. Entonces la Iglesia, sintiéndose en posesión del tesoro de la filiación divina que es nuestra más profunda verdad, se contemplará a sí misma -valga la expresión- como "primer mundo" del espíritu, que mira al resto del mundo como "subdesarrollado".

La filiación se convierte aquí, insensiblemente, no en fundamento de la fraternidad sino en excusa contra ella. Y la fraternidad deja de ser un criterio verificador de la filiación divina, para convertirse en un engaño que se le tiende a ésta. Lo horizontal es obstáculo (o al menos tentación) para lo vertical.

El primer modelo no puede rezar el Padrenuestro sin vértigo porque lo comprende como llamada a una fraternidad universal: el adjetivo "nuestro", añadido a la invocación de Dios como Padre, es sin duda incómodo, pero muy prometedor.

En cambio, el otro modelo reza tranquilamente el Padrenuestro porque atiende sólo al nombre de Padre, y reduce el adjetivo a sólo aquellos que rezan como él.

O con otras palabras: si "vosotros sois la sal de la tierra" (Mt 5,13), la gloria de la sal no está en ella misma sino en que el alimento pueda ser mejor paladeado. La sal existe sólo para los alimentos, no para sí misma. Y la gloria de la Iglesia sólo puede ser el sabor humano del mundo.

Por el contrario, para el segundo modelo, la gloria de una fortaleza (o de una zona residencial) es que la barriada no la alcance. De ahí la desautorización de términos y proyectos como el de "inserción", que han ido buscando en los últimos años las diversas formas de vida religiosa.

Entendemos que el segundo modelo convierte a la Iglesia en "sinagoga" (con lo que, paradójicamente, la "mundaniza" en el sentido negativo del término porque se apoya en esa tentación tan mundana de que la seguridad nos hace fuertes).

La Iglesia reclama "plataformas para evangelizar" y esta formulación genérica puede ser bien entendida. Pero luego resulta que "evangelizar" se reduce, más que al anuncio y puesta en práctica del señorío de Jesús, a "hablar bien de la Iglesia".

Un ejemplo de esto en España, creemos verlo en lo que sucede con la COPE: una emisora católica que, en nuestra opinión, no evangeliza (a veces hasta escandaliza por su falta de caridad) pero, eso sí, habla siempre bien de la Iglesia.

El primer modelo deja a la Iglesia en una cierta intemperie que es la de esa libertad que brota de la verdad (Jn 8,32): porque la verdad de que los hombres somos hijos de Dios es la verdad de que, por eso, somos todos hermanos. Lo cual es tan bello y cierto como difícil de realizar. Esa intemperie es la que la Iglesia está llamada a vivir, creyendo en Dios y no en sí misma o en su propia seguridad.

Por eso, Vaticano II optó claramente por el primer modelo: "la razón de ser de la Iglesia es actuar como fermento y alma de la sociedad" (GS 40).

Vaticano II

Somos conscientes de la gran dificultad de cuanto venimos diciendo. Pero creemos también que, si la Iglesia opta por el segundo de los modelos descritos, perderá otra hora histórica porque será como la sal desalada, o como la luz que ya casi no ilumina, porque la han metido bajo un apagavelas para que no la apague el viento, en vez de convertirla en hoguera a la que el viento ya no apaga sino que propaga.

Y tememos que, aunque Vaticano II significó una opción clara y decidida por el primero de los modelos descritos, hoy la Iglesia esté retirándose descaradamente al segundo. Por eso citaremos, a toda velocidad, unos cuantos textos del Vaticano II en favor de lo que acabamos de decir.

1. La Iglesia del Vaticano II se sentía:

· "íntima y realmente solidaria del género humano y de su historia (GS 1)";
· "instituida no para dominar sino para servir" (Ad OH 7). Y por ello
· deseosa de "ofrecer al género humano su sincera colaboración para lograr la fraternidad universal" (GS 3); pero a la vez
· humilde como para decir a los fieles que "no siempre tiene a mano la respuesta adecuada a cada cuestión" (GS 33), y que "no piensen que sus pastores están siempre en condiciones de poder darles inmediatamente solución concreta a todas las cuestiones aun graves, que surjan" (GS 43).

2. Esta conciencia de su misión la llevaba a confesarse

· preocupada "no sea que imitemos a aquel rico que se despreocupó por completo del pobre Lázaro (GS 27);
· culpable "en parte no pequeña, en la génesis del ateísmo" (GS 19),
· "llamada por Cristo a esa perenne renovación de la que ella, en cuanto institución terrena y humana necesita constantemente" (UR 6).

3. Y por todo eso buscaba relacionarse con el mundo

· desde la convicción de que "la verdad no se impone de otra manera sino por la fuerza de ella misma, que penetra suave y fuertemente en los espíritus" (DH 1); y de que el hombre que yerra sigue conservando la dignidad de la persona humana (DH 11);
· desde el reconocimiento de que "el mundo puede ayudarla mucho, a través de las personas individuales y de toda la sociedad humana" (GS 40) y también de "los muchos beneficios que ha recibido de la evolución histórica del género humano" (GS 44);
· y sabiéndose necesitada de la ayuda que "los hombres de toda clase o condición... sean o no creyentes, pueden prestarle" (GS 44) en las grandes cuestiones actuales.

4. Desde ahí la Iglesia se profesaba públicamente

· reconocida "por el dinamismo de la sociedad actual: sobre todo la evolución hacia la unidad y el proceso de una sana socialización civil y económica" (GS 42), y por "el dinamismo en la promoción de los derechos humanos... que brotan de la fuerza del evangelio" (GS 41). Ello la llevaba a sentirse
· "no ligada a ninguna forma particular de civilización humana ni a sistema alguno político, económico o social" (GS 42). Y finalmente:
· "dispuesta a renunciar al ejercicio de ciertos derechos legítimamente adquiridos, tan pronto como conste que su uso puede empañar la pureza de su testimonio" (GS 76)

Una Iglesia así nos parece que es la que Dios quiere; por eso la buscamos nosotros. Porque todo esto no es contrario a "la vocación del hombre a la unión con Dios" (GS 19), sino más bien el camino hacia ella. Por eso Pablo VI, en el discurso de clausura habló del "valor religioso de nuestro concilio", precisamente porque había sido promotor del ser humano.

La imagen actual

Hoy hay pastores que, en privado, pueden sentirse así y admirar las palabras del Concilio. Pero, a la hora de actuar públicamente, parecen olvidar esos sentimientos y dan más bien otra imagen de Iglesia:

Una Iglesia distanciada del género humano al que considera enemigo y perdido, a menos que vuelva a ella. Por eso le preocupa más su autoridad que su servicio. No teme para ello acercarse más al rico epulón que al pobre Lázaro.

Cree que debe dar su colaboración al género humano de manera impositiva y no dialogal, porque se figura estar en posesión de respuestas a todas las preguntas de la historia.

Se siente por eso llamada a imponer la verdad de manera autoritaria, y está más atenta a proclamar los beneficios que ella ha aportado al género humano que los que ha recibido de éste. De ahí que la renuncia a privilegios que le parecen útiles para su misión, aunque empañen la pureza de su testimonio, se le antoja una tentación de ingenuidad.

Todo eso, por supuesto, es humanamente comprensible y muy natural. Pero nos atrevemos a decir, con un manido juego de palabras, que no es muy sobrenatural. Y que, en la comunidad cristiana, deberíamos aplicarnos las palabras de Jesús: "entre vosotros no sea así" (Lc 22, 26).

Tampoco pretendemos que lo dicho no deje espacio para analizar y buscar dialogalmente los caminos mejores, más cercanos al ideal evangélico, ante cada problema que se plantea.

Pongamos un par de ejemplos.

La iglesia española todavía no ha sabido educar a los fieles en el principio elemental de que aquello que es legal en una sociedad laica y democrática, no tiene por qué coincidir con la moral cristiana. Sigue empeñada en que lo moral y lo legal coincidan, desconociendo cuál es el sentido de la ley civil, y reivindicándose a sí misma como legisladora.

Entonces ocurre una de estas dos cosas: o los cristianos (en lo que afecta al dinero y a la propiedad) se atienen a lo permitido por la ley, que está muy lejos de lo que pide la moral cristiana, o (en casos de moral sexual) salen a la calle con la idea de derribar gobiernos cuyas leyes les parecen contrarias a la moral.

En ambos casos lo que se pone de manifiesto es una incapacidad de la institución eclesial para formar cristianamente a sus fieles por ella misma, y sin el recurso al poder civil.

Otro ejemplo: la iglesia española debería reconocer que no ha hecho demasiado por cumplir el compromiso que contrajo de caminar hacia su propia autofinanciación, para no dar la sensación antievangélica de que depende de un estado -laico por otro lado-.

Es cierto que la Iglesia realiza una gran labor social muy útil al estado, a pesar de los dolorosos conflictos que han tenido lugar últimamente entre instituciones beneméritas (como Cáritas o Manos Unidas) y la jerarquía.

Es cierto también que muchas voces públicas y mediáticas resultan sectarias cuando dan este problema por resuelto remitiéndose al "enorme patrimonio" de la Iglesia: pues la gran parte de ese patrimonio es improductivo, y además consume bastante en gastos de mantenimiento y adecuación (calefacción etc.).

La Iglesia no pide una entrada para acceder a templos como santa María del Mar o la catedral de León, tal como cobra el estado para visitar el Museo del Prado...

Falta coraje para abordar cada situación concreta con análisis, diálogo y publicidad, buscando aquello que -con Paulo Freire- podríamos llamar "el inédito viable" evangélico.

Juan Pablo, hermano, permítame todavía una palabra de crítica fraterna al propio papa. Por más tradicionales que sean los títulos "Santo Padre", "Su Santidad"... -como otros títulos eclesiásticos de Eminentísimo, Excelentísimo- resultan evidentemente poco evangélicos e incluso extravagantes, humanamente hablando.

"No os dejéis llamar padre o maestro" dice el Señor. Como sería más evangélico –y también más accesible a la sensibilidad actual- simplificar la indumentaria, gestos, distancia, dentro de nuestra Iglesia

(Carta citada de P. Casaldáliga a Juan Pablo II).

 

Xavier Alegre
Josep Jiménez
José Ignacio González Faus
Josep Mª Rambla


Un cuaderno de Cristianisme i Justicia

www.fespinal.com

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