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EL PADRE ES CAPAZ DE ENTREGAR A SU PROPIO HIJO

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Mc 9, 2-10

No vamos a entrar en el tema de la historicidad del género. No hay un acuerdo entre los exegetas. Pero el significado del texto es claro. Una manifestación de la presencia de Dios en Jesús, conectada con el Antiguo Testamento, con la Pasión y con la Resurrección. Se hacen presentes varios elementos muy significativos:

Los signos de la divinidad: el monte, la nube, la luz, la voz. Nos parece estar en el Sinaí y oír la voz "Yo soy el Señor tu Dios, no tendrás otro dios".

Los personajes: Moisés y Elías, los dos que han "visto a Dios" en la cumbre del Sinaí. Son los dos personajes representativos de "la Ley y Los Profetas"

Jesús se retira al monte: como en el monte de la tentación, como cuando se retira a orar antes de las grandes decisiones, como en la víspera de la pasión (acompañado de los mismos tres discípulos).

En medio de la gloria, se habla de la cruz y la resurrección: como casi siempre, el triunfo de Jesús pasa por la cruz, no por la glorificación humana.

En conjunto, se presenta, pues, a Jesús como "El Mesías", la plenitud de la Antigua Alianza, el cumplimiento de la promesa. "Este es mi Hijo amado: escuchadle", como escuchasteis a Moisés y a los Profetas.

Se presenta también la tentación de un mesianismo fácil, esplendoroso y triunfal. No es así: la presencia del Hijo es para compartir el pecado y la muerte. Y el amor salvador de Dios será más fuerte.

No es una salvación "desde fuera", una manifestación de esplendores que lo transforman todo por magia. Es la encarnación de Dios, que para salvar al hombre no "escatima" ni a su propio hijo. Y este es el Hijo.


R E F L E X I Ó N

La escena de la Transfiguración se sitúa, en los tres sinópticos, en el contexto de los anuncios de la Pasión. Los discípulos estaban dispuestos a aceptar que Jesús era el Mesías esperado, pero no estaban dispuestos a esperar un Mesías como Jesús. Que el Mesías acabase crucificado por sus enemigos estaba fuera de todas sus expectativas.

El anuncio de la Pasión rompía todas esas expectativas, sembraba en ellos la duda, como sucedió de hecho cuando la muerte en cruz supuso la más terrible crisis de su fe en Jesús. En este momento, en que Jesús empieza a dirigirse ya a Jerusalén, consciente de lo que allí le puede suceder, los evangelistas sitúan esta manifestación de su fe en Jesús, vistiéndola de todos los signos de la presencia de la divinidad.

Solamente después de la inenarrable experiencia de la resurrección pudieron los discípulos creer en el crucificado. Y esa experiencia es la que se expresa anticipadamente en la Transfiguración, como si se nos pusiera sobre aviso antes de acercarnos a la cruz.

La muerte en cruz de Jesús no será su fracaso, sino su triunfo: el triunfo de su consecuencia hasta el final, el triunfo de su entrega total, el triunfo de su opción por los más marginales, el triunfo de su concepción de la vida y su jerarquía de valores.

Durante las horas que Jesús pasará en la cruz, sus enemigos le desafiarán: "baja de la cruz y creeremos en ti". Si hubiese podido bajar de la cruz, nosotros no podríamos creer en él, porque ya no sería uno de nosotros. Pero no podía bajar. El hombre lleno del Espíritu, el Hijo Predilecto, carga con la cruz como todos; por eso podemos creer en él.

Esta imagen de Jesús es una revelación indispensable para nosotros. No son los resplandores los que manifiestan al Espíritu, sino su capacidad de cargar con la cruz como todos.

Y es fundamental percibir que el Espíritu no le evita la cruz, sino que le hace capaz de ser coherente hasta la muerte. Los simbólicos resplandores del Tabor no hacen más que recordarnos que el Espíritu está en él.

Jesús es el mejor cumplidor de sus propias enseñanzas. "El que busca su vida la echa a perder; el que la pierde la gana". "Si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, se queda solo; si muere, da fruto". Jesús es el que ha echado a perder su vida, a los ojos y criterios de muchos. Jesús crucificado es un grano de trigo enterrado. Pero en su capacidad de ir hasta el final radica su credibilidad, de ella nace nuestra fe en él, nuestra fe es el fruto.

Los discípulos ponían la credibilidad del Mesías en exhibiciones de poder. Pero la credibilidad está en su coherencia absoluta en su lucha contra todo mal humano, contra la enfermedad y la ignorancia, y en su opción radical por los más marginales contra los poderes de los que decían representar a Dios. Por eso tuvo que morir, y por eso nos resulta creíble.

La escena de Jesús Transfigurado representa plásticamente que "Dios estaba con él", para que, cuando le veamos crucificado, sigamos creyendo que Dios está con él.

Esto nos obliga a cambiar nuestra imagen de Dios. Nos hemos preguntado por el origen del mal y su existencia nos hace dudar de Abbá. En este domingo se nos da una respuesta que no satisface nuestra curiosidad sobre el mal, pero nos informa de la posición de Dios respecto a nuestro mal. Dios es el que no escatima ni a su propio hijo predilecto, en su esfuerzo por salvar. No hay aquí explicaciones filosóficas sobre el problema del mal, sino oferta y desafío a la fe. Jesús es así porque así es el Espíritu de su Padre. Creemos que el Padre es Abbá porque vemos cómo es su hijo.

Esta es la imagen que nos ofrece también la primera lectura. Abbá es como Abrahán, el que es capaz de entregar a su propio hijo. Y de aquí se deduce el himno triunfal de Pablo. Ninguna tribulación, ningún mal de la vida podrá hacernos dudar de Abbá, porque hemos visto su Espíritu en el Hijo, capaz de entregarse hasta la muerte por nosotros.

También nosotros necesitamos "transfigurar nuestra vida" y especialmente nuestra cruz. Ni Jesús ni nosotros hemos recibido información sobre la causa del mal, ni podemos responder a las preguntas sobre su origen, ni nos explicamos cómo Abbá puede ser compatible con nuestro mal, con tanto mal. No hemos recibido esta información, pero sí otra: que Abbá está con nosotros contra el mal, que se puede superar el mal, que se puede llevar la cruz y que es misión de los hijos aceptarla como parte de la vida y transfigurarla.

Nada de esto es una evidencia, ni se desprende de una lógica ni de una filosofía. Sólo sabemos lo que vemos en Jesús: que el Hijo Predilecto es capaz de ir hasta la muerte por salvar. En eso, y solamente en eso, conocemos el corazón de Dios, ya que Jesús es así precisamente porque está lleno del Espíritu.

Todas las demás explicaciones del mal del mundo pueden ser muy respetables, aunque probablemente todas sean insuficientes. Pero nosotros, los seguidores de Jesús, solamente sabemos del mal lo que Jesús sabía, y aceptar a Jesús crucificado es comportarse ante el mal como él.

Creemos en la doctrina de un sabio antiguo porque nos resulta convincente. Admiramos a un hombre extraordinario, de los que dejan huella. Todo eso es bueno y verdadero, pero la fe, además de todo eso, ve en Jesús algo más. Y este es el punto en que nuestra fe es hoy interrogada. ¿Creemos que en Jesús podemos ver cómo es Dios mismo, Dios con nosotros, presencia entre los hombres del amor salvador de Dios? Será esto lo que celebremos el Viernes Santo y el Domingo de Resurrección. Por eso le llamamos "el Hijo Único" porque en todos los demás se ve a Dios muy mal, pero "en Él reside toda la plenitud del Espíritu".

Ver la vida, la riqueza, la pobreza, el poder, el sufrimiento y el placer, el trabajo y el ocio, la juventud, la vejez y la muerte....ver todas las cosas con los ojos de Jesús - eso es convertirse - es una apuesta, un riesgo, nacido de un convencimiento, de un acercamiento personal profundo, de un enamoramiento, que es fruto de la oración, de la puesta en práctica cotidiana... es el crecimiento, la conversión continua, la peregrinación, el oficio de caminante...

¿Cuánto me fío de Jesús? Podemos volver a leer una palabra suya, que es como un desafío:

"El que escucha mis palabras y las pone en práctica es como un hombre inteligente que edificó su casa sobre roca: cayó la lluvia y vinieron los torrentes, y se desencadenaron los vientos contra aquella casa, y aguantó, porque estaba construida sobre roca. Pero, al contrario, el que oye mis palabras y no las pone en práctica es como un necio que ha edificado su casa sobre arena, y al venir la lluvia y los vientos, la casa se derrumbó, porque estaba cimentada sobre arena."

 

O R A C I Ó N

Podemos recitar este fragmento de la Primera Carta de Juan. Es un "Credo" mucho más profundo que el que decimos en la Misa, que casi es solo un puñado de afirmaciones dogmáticas. Este es un acto de confianza, una proclamación de nuestra aceptación de la GRAN NOTICIA.

Lo que era desde el principio

lo que nosotros hemos oído,

lo que hemos visto con nuestros ojos,

lo que hemos contemplado,

lo que nuestras manos han tocado

del Verbo de la Vida,

lo que hemos visto y oído,

os lo anunciamos...

Ved qué gran amor nos ha tenido el Padre,

para que se nos llame "hijos de Dios", pues lo somos...

Queridos, desde ahora somos hijos de Dios,

y aún no se ha manifestado lo que seremos.

Sabemos que, tras esta manifestación, seremos semejantes a Él,

porque le veremos cara a cara...

En esto se ha manifestado el amor de Dios por nosotros:

Dios ha entregado su hijo único al mundo

para que nosotros vivamos por él...

No es que nosotros le hayamos amado primero,

sino que es Él el que nos ha amado y ha enviado a su hijo....

Queridos, si Dios nos ha amado tanto,

nosotros debemos también amarnos unos a otros.

A Dios nadie le ha visto nunca;

si nosotros nos amamos, Dios permanece en nosotros

y su amor se realiza en nosotros....

Y nosotros, nosotros hemos contemplado y testificamos

que el Padre ha enviado a su hijo, el salvador del mundo.

 

José Enrique Galarreta

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