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DE LO JUSTO Y DE LO INJUSTO

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Relativismo significa desconfiar por principio de toda proposición absoluta y de toda posición dogmática, de cualquier tipo que sea. Un cierto relativismo moral es intelectualmente sano y se justifica tanto filosófica como psicológicamente.

Sin embargo, la actitud relativista no puede ser paralizante cuando la verdad es inequívoca y se impone la necesidad de acción o reacción.

Dos actitudes a primera vista contradictorias. No lo son, si interviene la prudencia aristotélica.

 

El curioso esquema del juicio de Antígona

Antígona es una tragedia de Sófocles y una de las obras monumentales del teatro universal.

Resumo: Antigona ha perdido a su hermano en el campo de batalla. Pero ha sido -supuestamente- traidor a la patria. Pese a las leyes de la ciudad que lo prohíben, Antigona decide enterrar a su hermano con los ritos debidos para evitar que su alma sea condenada a errar eternamente. Antigona es acusada ante el rey Creón, quien la condena a morir enterrada viva. Antígona se suicida.

El coro en la tragedia de Sófocles enuncia un simple silogismo que pone en evidencia los dos pilares en que se funda el razonamiento legal de Creón:

· Antígona ha transgredido las leyes de la ciudad enterrando a su hermano. (Un hecho establecido).
· El que transgrede gravemente las reglas de la ciudad merece la muerte. (Un principio regulador del comportamiento).
· Luego Antígona merece la muerte.

De dos maneras se puede atacar la conclusión. O se cuestiona la veracidad de los hechos o bien se hace tambalear la aplicabilidad universal de la ley.

Al posicionarnos ante un caso cualquiera, conviene que nos planteemos dos preguntas muy diferentes: la primera sobre la veracidad de las alegaciones acusatorias; y una segunda, sobre las bases éticas o legales de valoración de esos casos o escenarios.

No es ni mucho menos evidente que el hombre real funcione siempre de acuerdo con las dos condiciones de validez del silogismo.


Primera pregunta:
¿interpretamos correctamente los hechos y situaciones?

Nuestras representaciones del mundo exterior que nos rodea están muy lejos de ser un exacto retrato de lo real.

Es ya un milagro que llegue a organizarse el caos originario de los muchos millones de señales electroquímicas que las sensaciones del mundo exterior, fuente del conocimiento, desencadenan en nuestro cerebro. Pero no es el cerebro una máquina fotográfica que produce el retrato único y fidedigno de lo que tiene delante. El cerebro añade mucho de su parte.

Pensamos -y vivimos - mayormente de oídas. Nuestro cerebro, en cada operación de lo que se llama "reconocimiento de forma" y para cada interpretación de una situación a la que se enfrenta, necesita el concurso de memorias asociativas anteriormente almacenadas en sus redes neuronales. Concretamente, necesitamos de algo que ya habíamos leído u oído a los demás. Pero de algo que no hemos podido verificar y validar por nosotros mismos.

Por inercia, aceptamos sin crítica estas memorias preexistentes, confiando por ejemplo en las opiniones que hemos leído en algún periódico. Y es que para el manejo de nuestra vida diaria tenemos que confiar, aun sin ser conscientes de ello, en diferentes nociones religiosas, cosmológicas, metafísicas, morales, etc. que ya poseemos, aunque sean frecuentemente elementales e infundadas.

Sin esta confianza en memorias no verificables, quedaríamos estancados para la acción y no seríamos capaces de elaborar prácticamente nuestras acciones y reacciones.

De hecho, lo que nuestro cerebro realmente controla no es tanto la verdad de los enunciados como si son o no compatibles y coherentes con los otros previamente almacenados.

 

Justo un granito de filosofía

No tenemos conciencia plena del carácter efímero de nuestra actividad cerebral. Hay en el hombre la obsesión de anclarse en lo permanente, en la eternidad. Pero no hay verdades eternas, inamovibles, como quería Platón y la inmensa cohorte de pensadores sobre los que él ha influido. ("Toda la filosofía occidental es una nota al pie de página de la obra de Platón", decía N. Whitehead).

La filosofía analítica ha abierto la veda contra las verdades absolutas al analizar las bases de la construcción de la ciencia. Ni siquiera hay proposiciones de valor absoluto en Matemáticas ni hay enunciados estables y definitivos en Física. Abandonemos toda esperanza de encontrar enunciados científicamente eternos en Ciencias sociales.

No es para desesperar. Hay que aceptar las cosas como son. La última raíz de todo ello es la tendencia a no admitir la contingencia de nuestro ser y de los productos de nuestras actividades cognitivas.


Primera conclusión:
seamos precavidos al formarnos una opinión

Por todo eso, hablando no ya de ciencias, sino de las interpretaciones que aparecen en una alegación judicial por ejemplo, no es aventurado decir que no existe la verdad única inapelable.

Cualquier postura respecto al problema palestino o a los nacionalismos debiera pasar por el filtro del análisis de las fuentes de información y en el relativismo del conocimiento. Porque el carácter de verdad absoluta de nuestras percepciones e interpretaciones es cuestionable ya de principio. Mucho más si partimos de presupuestos filosóficos, religiosos o históricos que no hemos verificado ni podemos verificar.

El relativismo es el remedio a la credulidad ciega del dogmatismo inculto e inmaduro que podemos observar en toda la amplitud de nuestro espectro político, tanto en las derechas como en las izquierdas. El dogmatismo del ciudadano perezoso, que vive no de sus propias ideas sino a costa de las ideas que le proporcionan otros.

Pero hasta los propios Quijotes de alma limpia se equivocan infinitas veces porque interpretan mal el entorno y ven gigantes donde hay molinos. La culpa de los desvaríos de Alonso Quijano la tenían los mitos de caballería. La culpa de los desvaríos de los Quijotes del XXI la tienen hoy los mitos inconsistentes que las ideologías y los medios de comunicación propagan y que las gentes consumen, muchas veces sin ningún discernimiento.

Respecto a alegaciones de si Hamás disparaba cubriéndose con escudos humanos o los israelitas bombardeaban las escuelas, o las acusaciones mutuas de marido y mujer o entre partidos políticos, etc. ¿cómo condenar a unos u otros si las alegaciones no están bien establecidas y si las fuentes de información que poseemos no ofrecen garantías de imparcialidad y de seriedad?

Lo menos que la seriedad intelectual nos puede exigir es que formulemos juicios condicionales. No absolutos.

Nota. Una cosa es la veracidad de las alegaciones y otra la calificación ética y legal de esas alegaciones. Por eso este artículo tiene una Parte II. Segunda pregunta: ¿que es justo y que es injusto? un cierto relativismo moral.

 

Blas Lara

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