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ISAÍAS 6, 1-8 / 1 CORINTIOS 15, 1-11

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Domingo 5º del Tiempo ordinario


ISAÍAS 6, 1-8

El año de la muerte del rey Ozías, vi al Señor sentado sobre su trono alto y excelso; la orla de su manto llenaba el templo. Y vi serafines en pie junto a él, y se gritaban uno a otro diciendo:

¡Santo, santo, santo
el Señor de los ejércitos,
la tierra está llena de su gloria!

Y temblaban las jambas de las puertas al clamor de su voz, y el templo estaba lleno de humo. Yo dije:

- ¡Ay de mí, estoy perdido! Yo, hombre de labios impuros, he visto con mis ojos al Rey y Señor de los ejércitos.

Y voló hacia mí uno de los serafines con un ascua en la mano, que había cogido del altar con unas tenazas, la aplicó a mi boca y me dijo:

- Mira: esto ha tocado tus labios, ha desaparecido tu culpa, está perdonado tu pecado.

Entonces escuché la voz del Señor que decía:

- ¿A quién mandaré? ¿Quién irá por mí?

Contesté:

- Aquí estoy; mándame.

El año 742 terminan los cuarenta años de reinado de Ozías, años de prosperidad. Se van a suceder tres reyes, Jotán, Ajaz y Ezequías, bajo los cuales, el reino de Judá va a ser infiel a Yahvé, y se va a enfrentar a la terrible amenaza de los asirios.

Isaías vive y profetiza durante estos reinados, fustigando implacablemente los vicios del pueblo, del rey y del culto, y procurando que no se hagan alianzas políticas, sino que se fíen de Yahvé, que sean fieles a Él, como única garantía de salvación.

Toda esta vida de profeta comienza en esta escena, en la que se revela a Isaías la santidad de Dios y se le elige como mensajero. Es la base de toda la predicación y la teología de Isaías: la admiración ante la absoluta santidad de Dios y, en consecuencia, la conciencia del pecado, intolerable ante Dios. Por esto, el pueblo será castigado y Jerusalén destruida, pero quedará un resto, fiel al Señor, que heredará la Promesa.

Este texto muestra por tanto el resumen de toda la misión de Isaías, un hombre tocado hasta lo más íntimo por la santidad de Dios y lo intolerable del pecado del hombre.

Sin embargo, no podemos menos que comparar este mensaje con el de Jesús. El Señor como un rey en un trono excelso, con un manto que llena el Templo... sólo verlo es causa de muerte para el ser humano... El texto se trae a este domingo por el tema de la elección, que se va a dar de nuevo en el evangelio. Pero estas imágenes tienen poco que ver con Jesús.

 

1 CORINTIOS 15, 1-11

Os recuerdo el Evangelio que os proclamé, y que vosotros aceptasteis, y en el que estáis fundados, y que os está salvando, si es que conserváis el Evangelio que os proclamé; de lo contrario, se ha malogrado vuestra adhesión a la fe.

Porque lo primero que yo os trasmití, tal como lo había recibido, fue esto: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; que se le apareció a Cefas, y más tarde a los Doce, después se apareció a más de quinientos hermanos juntos, la mayoría de los cuales viven todavía, otros han muerto; después se le apareció a Santiago, después a todos los apóstoles; por último, como a un aborto, se me apareció también a mí.

Porque yo soy el menor de los Apóstoles, y no soy digno de ser llamado apóstol, porque he perseguido a la Iglesia de Dios. Pero por la gracia de Dios soy lo que soy y su gracia no se ha frustrado en mí. Antes bien, he trabajado más que todos ellos. Aunque no he sido yo, sino la gracia de Dios conmigo. Pues bien, tanto ellos como yo, esto es lo que predicamos; esto es lo que habéis creído.

En la esencia de nuestra fe en Jesús está la transmisión = la tradición. En la carta a los Corintios se muestra esta dimensión tan importante: no estamos predicando una teoría de alguien inconcreto o legendario. Estamos trasmitiendo la fe de los testigos, los que le vieron y le oyeron, los que aceptaron seguir con su proyecto.

En el amplio contenido doctrinal de la carta, el capítulo quince se dedica por entero a una catequesis sobre la resurrección. Este fragmento muestra un apretado resumen de la fe de Pablo.

Pablo se considera el último y más indigno de los apóstoles, elegido por Dios por pura misericordia, pero proclama también que ha trabajado más que todos, y que la fe en Jesucristo que todos profesan es la misma.

En el contexto de las otras dos lecturas, nos resulta sobre todo interesante la descripción que el mismo Pablo hace de su propia vocación, y la insistencia en que la llamada es pura gracia, sin base alguna en sus propios méritos.

 

José Enrique Galarreta, S.J.

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