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ISAÍAS 52, 13 – 53, 12 / HEBREOS 4, 14 – 5, 10 / HECHOS 2, 14‑36

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El Viernes Santo no hay celebración de la Eucaristía, por una antigua tradición de la Iglesia, más o menos explicable. En su lugar se celebra una "Acción Litúrgica" que tiene cuatro partes: la lectura de la Palabra, la oración, la adoración de Cristo Crucificado y la comunión.

El centro de la celebración es Jesús crucificado. Se subraya el aspecto de la humillación de Jesús, el sometimiento a la cruz del hombre, por amor, para salvar.

 

ISAÍAS 52, 13 – 53, 12

He aquí que prosperará mi Siervo, será enaltecido, levantado y ensalzado sobremanera. Así como se asombraron de él muchos ‑pues tan desfigurado tenía el aspecto que no parecía hombre, ni su apariencia era humana‑ otro tanto se admirarán muchas naciones; ante él cerrarán los reyes la boca, pues lo que nunca se les contó verán, y lo que nunca oyeron reconocerán.

¿Quién dio crédito a nuestra noticia? Y el brazo de Yahveh ¿a quién se le reveló? Creció como un retoño delante de él, como raíz de tierra árida. No tenía apariencia ni presencia; (le vimos) y no tenía aspecto que pudiésemos estimar.

Despreciable y desecho de hombres, varón de dolores y sabedor de dolencias, como uno ante quien se oculta el rostro, despreciable, y no le tuvimos en cuenta.

¡Y con todo eran nuestras dolencias las que él llevaba y nuestros dolores los que soportaba! Nosotros le tuvimos por azotado, herido de Dios y humillado.

El ha sido herido por nuestras rebeldías, molido por nuestras culpas. El soportó el castigo que nos trae la paz, y con sus cardenales hemos sido curados. Todos nosotros como ovejas erramos, cada uno marchó por su camino, y Yahveh descargó sobre él la culpa de todos nosotros.

Fue oprimido, y él se humilló y no abrió la boca. Como un cordero al degüello era llevado, y como oveja que ante los que la trasquilan está muda, tampoco él abrió la boca.

Tras arresto y juicio fue arrebatado, y de sus contemporáneos, ¿quién se preocupa? Fue arrancado de la tierra de los vivos; por las rebeldías de su pueblo ha sido herido; y se puso su sepultura entre los malvados y con los ricos su tumba, por más que no hizo atropello ni hubo engaño en su boca.

Mas plugo a Yahveh quebrantarle con dolencias. Si se da a sí mismo en expiación, verá descendencia, alargará sus días, y lo que plazca a Yahveh se cumplirá por su mano. Por las fatigas de su alma, verá luz, se saciará.

Por su conocimiento justificará mi Siervo a muchos y las culpas de ellos él soportará. Por eso le daré su parte entre los grandes y con poderosos repartirá despojos, ya que indefenso se entregó a la muerte y con los rebeldes fue contado, cuando él llevó el pecado de muchos, e intercedió por los rebeldes.

Al final del llamado Libro de Isaías aparece en cuatro textos una figura un tanto enigmática, que se ha llamado "El Siervo de Yahvé". Es la viva contraposición del Mesías Davídico triunfante. Frente a la figura de la presencia poderosa de Dios que viene desde el poder, la figura del "siervo sufriente", el que carga con las culpas de otros. Es la teología de la cruz, en toda su crudeza.

En el texto de hoy, se trata del cuarto "cántico del Siervo". En él se expresa, con tremenda claridad, la teología de la cruz, en su primer estadio, profético. Resulta impresionante comprobar con qué sorprendente exactitud se puede aplicar a Jesús este texto escrito siglos antes. Con razón la Iglesia lo entendido como "profético", como un anuncio inspirado de lo que se realizaría en Jesús.

Pero es más significativa aún la inversión que el texto supone: la destrucción de todo mesianismo triunfal: el anuncio de que Jesús no es el Rey que viene con poder, sino el que quita el pecado del mundo por su cruz y su resurrección. No se trata de la presencia mesiánica triunfadora sino de la entrega incondicional, a través del sufrimiento incluso hasta dar la vida.


HEBREOS 4, 14 – 5, 10

Teniendo, pues, tal Sumo Sacerdote que penetró los cielos ‑Jesús, el Hijo de Dios‑ mantengamos firmes la fe que profesamos. Pues no tenemos un Sumo Sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras flaquezas, sino probado en todo igual que nosotros, excepto en el pecado. Acerquémonos, por tanto, confiadamente al trono de gracia, a fin de alcanzar misericordia y hallar gracia para una ayuda oportuna....

El cual... aun siendo Hijo, con lo que padeció experimentó la obediencia; y llegado a la perfección, se convirtió en causa de salvación eterna para todos los que le obedecen, proclamado por Dios Sumo Sacerdote a semejanza de Melquisedec.

Esta lectura nos es conocida en parte por el domingo quinto de cuaresma. La carta a los Hebreos compara a Jesús con el Sumo Sacerdote del templo de Jerusalén que, siendo hombre pecador como los demás, ofrece sacrificios por el pueblo. Así Jesús, uno de nosotros, asume la vida y muerte del hombre en sacrificio agradable a Dios.

El texto tiene un contenido muy semejante a la lectura de Pablo a los Filipenses que leímos el domingo de Ramos.

Es muy posible que toda esta simbología tan propia del Antiguo Testamento, nos resulte lejana. Pero era muy significativa para aquellas comunidades que estaban aún tan cerca de la Antigua Alianza, para las que los sacrificios del Templo tenían aún tanto valor.

Entender a Jesús desde los parámetros de los sacrificios del Templo era fácil y expresivo para ellos, no lo es tanto para nosotros. Leemos el texto por tanto con un sentido de comunión con aquellos seguidores de Jesús, tan lejanos a nosotros por su cultura y sus símbolos, y tan cercanos por la misma fe.

Sin embargo, todo este conjunto de expresiones simbólicas, tomadas del Templo y sus sacrificios, nos dicen muy poco, incluso nos llevan a una concepción sacerdotal-sacrificial que está lejos de la esencia del mensaje. Sería conveniente sustituir este texto por alguno de los muchos que pueden dar sentido más hondo a la lectura de la Pasión.

Proponemos el siguiente:


HECHOS 2, 14‑36

Entonces Pedro, presentándose con los Once, levantó su voz y les dijo:

«Judíos y habitantes todos de Jerusalén, escuchad estas palabras:

A Jesús, el Nazareno, hombre acreditado por Dios entre vosotros con milagros, prodigios y señales que Dios hizo por su medio entre vosotros, como vosotros mismos sabéis, a éste vosotros le matasteis clavándole en la cruz por mano de los impíos; a éste, pues, Dios le resucitó librándole de los dolores del Hades, pues no era posible que quedase bajo su dominio. A este Jesús Dios le resucitó; de lo cual todos nosotros somos testigos.

Sepa, pues, con certeza toda la casa de Israel que Dios ha constituido Señor y Cristo a este Jesús a quien vosotros habéis crucificado.»

Se trata de dar sentido a la lectura de la Pasión: no es importante fijarnos en la muerte cruenta ni basar nuestra contemplación simplemente en la compasión. La lectura de la Pasión es un desafío a la fe: lo fue para los discípulos y lo es para nosotros.

Es por eso importante hacer desde el principio un acto de fe en el crucificado, como la que propone Pedro. Se trata de la primera manifestación pública de fe de la comunidad de los que siguen al crucificado.

 

José Enrique Galarreta, S.J.

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