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HECHOS 14, 20b-26 / APOCALIPSIS 21, 1-5a

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5º DOMINGO DE PASCUA


HECHOS 14, 20b-26

Pablo y Bernabé volvieron a Listra, a Iconio y a Antioquía, animando a los discípulos y exhortándoles a perseverar en la fe, diciéndoles que hay que pasar mucho para entrar en el reino de Dios.

En cada iglesia designaban presbíteros, oraban, ayunaban y los encomendaban al Señor en quien habían creído.

Atravesaron Pisidia y llegaron a Panfilia. Predicaron en Perge, bajaron a Atalía, y allí se embarcaron para Antioquía, de donde los habían enviado, con la gracia de Dios, a la misión que acababan de cumplir.

Al llegar, reunieron a la comunidad, les contaron lo que Dios había hecho por medio de ellos, y cómo había abierto a los gentiles la puerta de la fe.

Es conveniente situar esta lectura en su contexto. Hasta este capítulo, el Libro de los Hechos nos ha contado, en una primera parte, el nacimiento y las primeras persecuciones de la Iglesia, desde la Ascensión del Señor hasta el martirio de Esteban.

En una segunda parte, se empiezan a contar las primeras misiones, de Felipe y de Pedro, la conversión de Pablo y el bautismo de los primeros paganos. Bernabé y Pablo trabajan en la iglesia de Antioquía. Así llegamos a la tercera parte, en la que la iglesia de Antioquía, movida por el Espíritu, envía a Bernabé y Pablo a una misión por las ciudades cercanas. El fragmento que leemos muestra el final de esa misión.

Como vimos ya el domingo pasado, es muy significativo que durante esta misión Bernabé y Pablo predican primero a los judíos de las ciudades que visitan, pero son rechazados y extienden la predicación a los paganos.

Esto provocará una grave controversia en Antioquía, porque los cristianos convertidos del judaísmo exigen que los cristianos llegados del paganismo se circunciden y cumplan la ley de Moisés. Es lo que obliga a Bernabé y Pablo a acudir a Jerusalén para discutir el tema con los Apóstoles. Este será el tema del llamado "Concilio de Jerusalén".

Se plantea así la tesis fundamental del libro de los Hechos: Jesús no es de los judíos, ni preferentemente para los judíos; es para todos, y no es necesario pasar por el judaísmo para adherirse a Jesús.

Pablo y Bernabé fueron enviados en misión por la comunidad de Antioquia, y al regresar dan cuentas de su misión a la misma comunidad. Dato repetidamente ofrecido en este libro: la comunidad es la protagonista, la que toma las decisiones. Una comunidad en la que los maestros, los profetas, son servidores, no amos.

Todavía nadie en la Iglesia declara que tiene poder. ¿Volveremos alguna vez a estas raíces profundas de la Iglesia, sin dinero, sin poder, sin prestigio social?

 

APOCALIPSIS 21, 1-5a

Yo Juan, vi un cielo nuevo y una tierra nueva, porque el primer cielo y la primera tierra han pasado, y el mar ya no existe. Vi la ciudad santa, la nueva Jerusalén, que descendía del cielo, enviada por Dios, arreglada como una novia que se adorna para su esposo. Y escuché una voz potente que decía desde el trono:

- Esta es la Morada de Dios entre los hombres: acampará entre ellos. Ellos serán su pueblo y Dios estará con ellos. Enjugará las lágrimas de sus ojos. Ya no habrá muerte, ni luto, ni llanto, ni dolor. Porque el primer mundo ha pasado.

Y el que estaba sentado en el trono dijo:

- "Ahora hago el universo nuevo".

Nos situamos cerca del final de este Libro misterioso, atribuido antiguamente al apóstol Juan, y hoy más bien a uno de los discípulos de su círculo, escrito como sabemos para confortar a los cristianos sometidos ya a terribles persecuciones.

En esta parte se narran siete visiones de la batalla y la victoria final del Señor. Después del Juicio final, en que la Muerte y el Hades son arrojados al foso de fuego, surge la nueva Creación, representada en una Ciudad Celeste, que muestra el triunfo de Dios y la liberación de los elegidos de todo mal.

Llama la atención que se repiten casi al pie de la letra expresiones del Libro del Éxodo y del Levítico: Dios mora definitivamente entre los hombres, y esto es causa de la ausencia de todo mal.

Es, como todo el Libro, una visión simbólica, no un anuncio de lo que sucederá. No se anuncian sucesos históricos por venir, sino realidades religiosas: el triunfo final del Bien, de Dios, en sus Hijos; la realización de la plenitud humana en Dios.

 

José Enrique Galarreta, S.J.

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