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2 SAMUEL 12, 7-10 y 13 / GÁLATAS 2, 16 y 19-21

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Domingo 11 del Tiempo Ordinario


2 SAMUEL 12, 7-10 y 13

Dijo Natán a David

- Así dice el Señor Dios de Israel: Yo te ungí rey de Israel, te libré de Saúl, te di la hija de tu señor, puse en tus brazos sus mujeres, te di la casa de Israel y Judá, y por si fuera poco, te añadí otros favores.

¿Por qué has despreciado tú la Palabra del Se­ñor haciendo lo que a Él le parece mal? Mataste a espada a Urías el hitita y te quedaste con su mujer. Pues bien, nunca se apartará la espada de tu casa, por haberme despreciado, quedándote con la mujer de Urías.

David respondió a Natán:

- He pecado contra el Señor.

Y Natán le dijo:

- Pues el Señor perdona tu pecado: no morirás.

El rey David se ha enamorado de Betsabé, casada con Urías, un general de sus ejércitos. Para conseguirla, David hace que el marido muera en la guerra, y se queda con su mujer.

El profeta Natán le re­prochó esta actitud, con la famosa parábola del pobre que tenía una sola oveja y un rico se la quitó para comer con sus amigos (quizá el único relato del Antiguo Testamento que puede ser llamado «parábola» en el mismo sentido que las de Jesús).

El relato se sitúa en este domingo recordando una de las facetas importantes del gran rey David: su condición de pecador, que no se disimula en la Escritura. Un rey gravemente pecador, que tiene que retornar constantemente al perdón de Dios y que, sin embargo, es el instrumento de Dios para el bien de su pueblo.


GÁLATAS 2, 16 y 19-21

Sabemos que el hombre no se justifica por cumplir la Ley sino por creer en Cristo Jesús. Por eso hemos creído en Cristo Jesús, para ser justificados por la fe de Cristo y no por cumplir la ley. Porque el hombre no se justifica por cumplir la ley.

Para la Ley estoy muerto, porque la Ley me ha dado muerte, pero así vivo para Dios. Estoy crucificado con Cristo; vivo yo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí.

Y mientras vivo en esta carne, vivo en la fe en el Hijo de Dios, que me amó hasta entregarse por mí. Yo no anulo la gracia de Dios. Pero si la justificación fuera efecto de la ley, la muerte de Cristo sería inútil.

Es uno de los momentos más intensos de la carta a los Gálatas. Pablo siente profundamente que él mismo es obra de Dios, que no es el cumplimiento de la Ley Antigua el que le hace apóstol, sino la elección de Dios.

Siente que el mundo le desprecia como se desprecia a los criminales ejecutados, y eso mismo siente él por los criterios y los valores del mundo. Pablo siente que es el mismo Cristo el que tra­baja por su medio y que su acción en las comunidades es la acción salvadora del mismo Jesús.

 

José Enrique Galarreta, S.J.

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