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ISAÍAS 66, 10-14 / GÁLATAS 6, 14-18

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Domingo 14 del Tiempo Ordinario


ISAÍAS 66, 10-14

Festejad a Jerusalén, gozad con ella todos los que la amáis,

alegraos de su alegría lo que por ella llevasteis luto;

mamaréis de sus pechos

y os saciaréis de sus consuelos

y apuraréis las delicias de sus ubres abundantes.

porque así dice el Señor:

yo haré derivar hacia ella, como un río, la paz,

como un torrente en crecida las riquezas de las naciones.

Llevarán en brazos a sus criaturas

y sobre las rodillas las acariciarán;

como a un niño a quien su madre consuela, así os consolaré yo,

en Jerusalén seréis consolados.

Al verlo se alegrará vuestro corazón

y vuestros huesos florecerán como un prado;

la mano del Señor se manifestará en sus siervos.

El fragmento está tomado de la tercera y última parte del libro, bastante parecida a la segunda. Esta parte contiene denuncias proféticas contra la idolatría, al estilo general de muchos profetas, y varios poemas apocalípticos, algunos en tonos positivos, como el que hoy leemos, y otros amenazadores contra los enemigos de Yahvé. Estos poemas, en conjunto, recaen en el privilegio de Israel y en la concepción más bien nacionalista de la salvación.

En este fragmento concreto, llama la atención la abundancia de imágenes de consuelo, y, hasta cierto punto, la aparición de la figura de la madre que da el pecho a sus hijos, en seguridad, abundancia y cariño. El texto lo refiere a Jerusalén, pero quizá no sea excesivo ver en esta imagen un primer anuncio de "Abbá", lleno de la ternura de la madre.


GÁLATAS 6, 14-18

Dios me libre de gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, en la cual el mundo está crucificado para mí, y yo para el mundo. Pues lo que cuenta no es la circuncisión ni la incircuncisión, sino la criatura nueva.

La paz y la misericordia de Dios vengan sobre todos los que se ajustan a esta norma: también sobre Israel. En adelante, que nadie me venga con molestias, porque yo llevo en mi cuerpo las marcas de Jesús. La gracia de nuestro Señor Jesucristo esté en vuestro espíritu, hermanos. Amén.

Es, posiblemente, la expresión más importante de toda la carta. "El mundo" mira a Jesús como se mira a un crucificado, con todo el desprecio que merece el que ha sido públicamente desprestigiado, ajusticiado como un criminal peligroso.

No nos limitemos a la escena de la cruz: el mundo mira a Jesús, a sus criterios y valores, como peligrosos y despreciables. Y los que tienen esos mismos valores y criterios, serán mirados así, con desprecio y con temor, como locos peligrosos.

Pero los que participan de la locura de Jesús miran a su vez de la misma manera a los criterios del mundo: como locura peligrosa.

El planteamiento lleva pues a una opción: ¿quién está loco, quién es peligroso? ¿qué criterios y valores son locura? ¿ los de Jesús?. Se plantea pues aquí el dilema último de los creyentes. Más aún, el dilema definitivo del ser humano.

 

José Enrique Galarreta, S.J

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