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EL REINO DE JESÚS

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Mt 20, 20-28

Marcos 10 recoge el mismo episodio ignorando la acción de la madre; son los dos hermanos los que se dirigen directamente a Jesús con su petición. Es una muestra clara de la incomprensión de los discípulos.

Siguen a Jesús, les fascina, están dispuestos hasta a dar la vida por él... pero aún no se han enterado de que Jesús no es el Mesías/Rey que ellos esperaban. Piensan en un reino como los de la tierra y piden ser personajes importantes (los más importantes) en ese reino. Para ellos, un reino es como el de Herodes: poder, honores... es decir lo más opuesto al Reino de Dios.

Esta incomprensión durará hasta el final. Lucas 22 muestra que persiste al entrar en el cenáculo, buscando los primeros puestos. Y Hechos 1,6 presenta la misma mentalidad justo en el momento anterior a la Ascensión.

Es por tanto un interesante tema de reflexión "la conversión" de los discípulos, su cambio progresivo, obra del Espíritu que los irá cambiando, haciéndoles pasar de la oscuridad de la Antigua Ley a la luz de la Buena Noticia.

El párrafo fundamental de este texto evangélico es sin duda el final:

«Sabéis que los jefes de las naciones las dominan como señores absolutos, y los grandes las oprimen con su poder. No ha de ser así entre vosotros, sino que el que quiera llegar a ser grande entre vosotros, será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros, será vuestro esclavo; de la misma manera que el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos.»

Es decir, que Jesús usa la palabra "reino" contraponiéndolo a los reyes de este mundo. Los jefes de los reinos de este mundo dominan en provecho propio, imponen, desde fuera y desde arriba.

En el Reino de Jesús todo es al revés: desde dentro, por conversión, no por imposición; desde abajo, desde el servicio, no desde la prepotencia.

Aplicar esto a la iglesia de hoy y a los modos de hacer y el estilo de la jerarquía es ya un tópico. Creo que nos importa mucho más aplicarlo a cada uno de nosotros; estamos aquí para servir, para lavar los pies, para dar de comer al hambriento.

Desde párrafos como éste hay que repensar todo nuestro concepto de religión, lo que significa seguir a Jesús y la sinceridad de nuestro seguimiento.

Hay un pequeño tema marginal pero interesante: la deformación que hacemos de los santos. Lo expresaré con una broma: si le preguntan de qué color era el caballo blanco de Santiago, usted debe responder: "Santiago nunca tuvo caballo; el que tenía caballo era el rey Herodes, el que asesinó a Santiago".

Porque la manía de usar la palabra "reino" en sentido civil nos ha hecho trasladar a los santos (y a los papas, y a los templos) los signos de poder civil que son precisamente los que aborrece Jesús y los que más desfiguran a la Iglesia, aun cuando no constituyen sus peores problemas.

Luego viene la imagen de Santiago matamoros. Ya no faltaba más que poner en un caballo y matando moros con la espada al mismo Jesús. Imagen que tiene mucho que ver con el patronazgo.

No está mal que recurramos a los santos, desde luego, aunque esto suponga que nos fiamos más de los santos que de Abbá mismo. Pero generalmente recurrimos a ellos para conseguir bendiciones materiales, y muchas veces para que nos ayuden "contra otros", más o menos como el Antiguo Testamento recurre a Yahvé para que machaque a los enemigos.

Creo que es hora de que nuestra fe madure, prescinda de intermediarios, y pida a Dios ante todo su Espíritu y que hagamos su voluntad.

Finalmente, si fue Santiago el primero en traer la fe en Jesús a España, es motivo de agradecimiento profundo. Y si no fue él (no vamos meternos en disquisiciones históricas) es una buena ocasión para recordar a los que lo hicieron, reflexionar sobre su carisma evangelizador, y dar gracias a Dios por su fe y su valentía.

 

José Enrique Galarreta

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