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ISAÍAS 50, 4-7 / FILIPENSES 2, 6-11

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Domingo de ramos

El Domingo de Ramos es el anuncio de la Pasión. La procesión de los ramos con su contexto festivo no puede olvidar que el triunfo de Cristo no es una simple aclamación popular: Jesús triunfa en la cruz, ésa va a ser su victoria: es el triunfo sobre la muerte, el cumplimiento pleno de su misión. Esto se introduce con una lectura de Isaías, que no deja dudas sobre el sentido de la celebración.

 

ISAÍAS 50, 4-7

Mi Señor me ha dado una lengua de iniciado para saber decir al abatido una palabra de aliento. Cada mañana me espabila el oído para que escuche como los iniciados. El Señor Dios me ha abierto el oído y yo no me he rebelado ni me he echado atrás. Ofrecí la espalda a los que me golpeaban, la mejilla a los que mesaban mi barba. No oculté el rostro a insultos ni salivazos. Mi Señor me ayudaba, por eso no quedaba confundido; por eso ofrecí mi rostro como pedernal, y sé que no quedaré avergonzado

En este segundo libro de Isaías, llamado "el libro de la consolación", aparece un personaje al que se ha llamado "El Siervo de Yahvé", en cuatro cantos ( caps: 42, 49, 50, 52). Llamado por Dios desde el seno de su madre, aparece como un discípulo a quien Dios "le ha abierto el oído", para que él pueda instruir a todos. Su misión se realiza sin brillo ni éxito externo, está expuesto a ultrajes y desprecios; se ha entregado por los pecadores y carga con sus pecados, convirtiéndose, por su humillación y sufrimientos, en salvación para todos.

La Iglesia ha visto siempre en este personaje una anticipación profética de la figura de Jesús, y representa un mesianismo opuesto al que era más habitual en Israel: el mesianismo regio, triunfal, al modo y modelo de David.

El texto nos introduce pues, muy acertadamente, a la lectura de la Pasión, para que podamos entender mejor el sentido correcto del triunfo de Jesús.

 

FILIPENSES 2, 6-11

Tened entre vosotros los mismos sentimientos que Cristo: El cual, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios sino que se despojó de sí mismo tomando condición de siervo, haciéndose semejante a los hombres y apareciendo en su porte como hombre; y se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz. Por lo cual Dios le exaltó y le otorgó el Nombre, que está sobre todo nombre. Para que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en los cielos, en la tierra y en los abismos, y toda lengua confiese que Cristo Jesús es SEÑOR para gloria de Dios Padre.

La lectura de Pablo nos acerca con más profundidad a la teología de la Cruz, profundamente unida a la teología de la Encarnación. Cristo, despojado de su rango divino, hecho un hombre más hasta morir, exaltado por Dios en la Resurrección.

Este texto nos proporciona las claves para una interpretación fundamental de la pasión de Jesús: es la consecuencia última de su verdadera condición humana: humano como nosotros, sometido por tanto a la persecución del mal y llamado a dar su vida como entrega definitiva; y la de hombre lleno del Espíritu, al que ese Espíritu lleva a arrostrar su pasión y muerte con plenitud de entrega y de sentido.

Es importante recordar que el texto no hace historia sino teología. La historia no es que un ser divino se despoja de su divinidad y se hace parecido a los hombres. Es que un hombre está lleno del Espíritu de Dios. La teología es una interpretación de la historia, no al revés.

 

José Enrique Galarreta, S.J.

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