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UN PRETEXTO PARA EL PODER

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Los escándalos de abusos sexuales, que numerosos clérigos han cometido con niños y el interés de la jerarquía por ocultar esos escándalos, han puesto en evidencia que la Iglesia, por mucho miedo que le tenga al sexo, le teme bastante más al deterioro de su imagen pública.

Lo que, en definitiva, viene a indicar que el miedo mayor de la Iglesia es el miedo a perder su poder, ya que el poder de una institución está siempre asociado a la imagen social y a la credibilidad que merece ante sus adeptos. Quiero decir con esto que la Iglesia le teme tanto al sexo porque, en última instancia, a lo que realmente le tiene más miedo es a perder su poder. No está demostrada históricamente la incompatibilidad de la religión con la vida sexual.

La religión más antigua que se conoce, la de Mesopotamia, admitía el amor libre y la prostitución que practicaban muchas de sus sacerdotisas,

al igual que entre los funcionarios de aquella religión no estaba excluida la homosexualidad (Jean Bottéro, La religión más antigua: Mesopotamia). Los orígenes del puritanismo religioso, en la cultura de occidente, datan de final de la época arcaica, a partir de Píndaro y Jenofonte, y sobre todo de Pitágoras. Para estos hombres, la actividad "psíquica" y la "corporal" varían en razón inversa: la psikhé despliega la máxima actividad cuando el cuerpo está dormido.

Parece que Grecia tomó estas ideas de los chamanes del Norte de Europa y Asia. El hecho es que, para Pitágoras y sobre todo Empédocles, la pureza, más bien que la justicia, es el medio cardinal de la salvación (Eric Robertson Dodds, Los griegos y lo irracional).

Sabemos que, durante siglos, se tuvo el convencimiento de que el sexo impurificaba para el acceso a lo sagrado, cosa que queda patente en las leyes relativas a la pureza cultural que se exigía en Israel.

Sin embargo, es notable que en los evangelios no se tiene en cuenta una ética del sexo. Ni el Nuevo Testamento ofrece una enseñanza completa y sistemática sobre la moral sexual (A. Humbert, Les péchés de sexualité dans le N. T.: Studia Moralia).

En realidad, en los autores cristianos de los primeros siglos, tuvo más influencia el puritanismo helenista que la tradición evangélica. Es la corriente de pensamiento que, a través de la tradición eclesiástica medieval, ha marcado de forma decisiva la moral cristiana.

El hecho es que la moral sexual eclesial cuenta con un estatuto especial, que la distingue de otras áreas del comportamiento humano. Por ejemplo, es sabido que, en asuntos de sexo, para la moral católica tradicional, no existe "parvedad de materia": tan pecado mortal puede ser una caricia como un atropello sexual (Jacques Pohier, Dieu fractures).

Pero, sin duda, el factor determinante en este orden de cosas es la relación entre sexualidad y poder (Wilhelm Reich). De forma que la represión sexual tiene por objetivo crear sujetos dóciles y sumisos al poder constituido.

Todos los dictadores, de derechas o de izquierdas, han sido represores rigurosos del sexo. Y es que, como bien se ha dicho, dominar el espacio más íntimo del sujeto supone dominar la persona en su práctica totalidad (Carlos Domínguez, Creer después de Freud).

Y no es sino indicativo del mismo fenómeno el rigor sexual de los grupos más integristas, la intolerancia de la Iglesia con la homosexualidad, los anticonceptivos, las relaciones prematrimoniales.

Cosa que se pone de manifiesto especialmente en el mantenimiento a ultranza de la ley del celibato, por más que la misma Iglesia sepa que son muchos los clérigos que por eso se ven obligados a llevar una doble vida.

O, lo que es peor, decisiones tan aberrantes como mantener ocultos los delitos de pederastia, porque como sabemos, las denuncias que llegaban a Roma sobre este asunto eran frecuentes. Hasta que la bomba le ha estallado a la Iglesia en sus propias manos.

Los abusos sexuales de menores, y el ocultamiento que de ellos ha hecho la jerarquía, son no sólo un delito muy grave, sino además la prueba más patente de que lo que de verdad le importa al poder eclesiástico no es defender la dignidad de las personas, sino su propio poder para someter conciencias y mantener una imagen pública que se ha derrumbado quizá para siempre.

 

José M. Castillo

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