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EL AÑO DE LA FE

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El Papa ha anunciado la celebración a partir de octubre de 2012 del Año de la Fe.

De entrada podría uno preguntarse si esas motivaciones para un año y para toda la Iglesia tienen alguna efectividad. ¿Alguno puede constatar algún efecto especial de la celebración, por ejemplo, del Año Sacerdotal convocado en 2010? Pero el hecho es que al comienzo de curso diócesis y parroquias anunciarán este evento y pondrán en marcha actividades para llevarlo a cabo.

El papa ha hecho esta convocatoria con el Motu Propio Porta Fidei. Es un documento un tanto largo y, como era de esperar en un buen teólogo, bastante matizado. Pero por desgracia destaca al Catecismo de la Iglesia Católica como un instrumento central para esa celebración y, con tal motivo, la Congregación para la Doctrina de la Fe, en sus recomendaciones a las conferencias episcopales, pone el acento en la formación: "una ocasión privilegiada para promover el conocimiento y la difusión de los contenidos".

Desgraciadamente va a ser una ocasión privilegiada perdida porque las iniciativas que se tomen van a girar sobre la doctrina. Ya se ve que se traza un marco en el que fe es fundamentalmente creer unas verdades y no ante todo seguir a Jesucristo.

Vistas las cosas así, las diócesis, las parroquias, los creyentes tendrán a lo largo del año diversas iniciativas y actividades pero la Iglesia jerárquica no tendrá ninguna. Puesto que el acento en la doctrina, ella ya sabe todo lo que hay que saber. Precisamente es la guardiana de esa doctrina.

Pero si el Año de la Fe se tomase en serio y la fe se considerase en primer lugar como el seguimiento de Jesús, sería inevitable que la jerarquía tomase una serie de decisiones.

Señalaré algunas:

Como sólo Dios es santo, el Papa debe dejar de llamarse Santo Padre, el Vaticano no puede ser la Santa Sede ni las visitas pastorales santas visitas pastorales...

Como Jesús dijo que el mayor debe ser como el menor y el que manda como el que sirve, los obispos deben quemar todos sus atributos de mando, todos sus dorados y púrpuras, todas sus mitras y báculos, todos los anillos y escudos...

Puesto que no hay que llamar padre a nadie y uno sólo es nuestro Padre y uno nuestro Señor, el Año de la Fe sería el momento de acabar con todos los títulos cortesanos; monseñor, excelentísimo, reverendísimo, eminencia...

Jesús advirtió que no había nada que buscar en los palacios. Por tanto los obispos que aun viven en ellos deben abandonarlos.

Jesús dijo que no había que imitar el proceder de los fariseos. Así pues, fuera las largas vestiduras, los besamanos y las reverencias por las calles, los primeros puestos en los banquetes...

Puesto que san Pablo trabajó con sus manos para no ser gravoso a las comunidades y lo dio como un ejemplo a imitar (2 Tes 3,9), que se fomente y se facilite el trabajo civil de los curas.

El mismo san Pablo aseguró que para la libertad nos liberó Cristo (Gal 5,1) que hemos sido llamados a la libertad (5,13) y que donde está el Espíritu de Dios, allí hay libertad (2 Cor 3,17). Por tanto hay que sustituir la persecución, las condenas y los boicots por la cercanía y el diálogo.

Y para que no sigamos como hijos de la esclava sino de la libre hay que dar libertad en las celebraciones litúrgicas. Que, por cierto, deben ser gratuitas: "gratis lo recibistes, dadlo gratis"

Ya no hay judío ni griego, varón ni mujer (Gal 3,28) Pues ya es hora de acabar con las diferencias en la Iglesia entre hombres y mujeres.

Jesús repitió varias veces un dicho ya antiguo: "misericordia quiero y no sacrificios" (Mt 9,15). Por tanto que el Año de la Fe acabe con los sacrificios y haga un esfuerzo de misericordia y de acompañamiento a los que sufren, especialmente con la crisis económica.

Pero nada de todo esto se va a hacer y, por el contrario, todo va a girar en torno a la doctrina (la del Catecismo Católico). No hay más que ver el folleto ad hoc de la Archidiócesis de Madrid. Así pues, el Año de la Fe no será "una ocasión privilegiada" sino una ocasión perdida. Lástima grande.

 

Carlos F. Barberá

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