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HABACUC 1, 2-3 y 2, 2-4 / 2 TIMOTEO 1, 6-8 y 13-14

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Domingo 27 del Tiempo Ordinario


HABACUC 1, 2-3 y 2, 2-4

¿Hasta cuándo clamaré, Señor, sin que me escuches,
te gritaré "violencia", sin que me salves?
¿Por qué me haces ver desgracias,
me muestras trabajos, violencias y catástrofes,
surgen luchas, se alzan contiendas?
El Señor me respondió así:
Escribe la visión, grábala en tablillas
de modo que se lea de corrido.
La visión espera su momento,
se acerca su término, no fallará;
si tarda, espera,
porque ha de llegar sin retrasarse.
El injusto tiene el alma hinchada
pero el justo vivirá por su fe.

Es un profeta casi desconocido, que ejerce su ministerio a finales del siglo VII (del 622 hasta quizá el 597). Contemporáneo por tanto de Jeremías y quizá también o inmediatamente posterior a Nahum. Tiempo de terribles conmociones internacionales: el poder espantoso de los asirios, crueles destructores de pueblos, cede ante la fuerza emergente de los caldeos de Babilonia. (Destrucción de Nínive 612) Hacia el año 600, primeros ataques de los caldeos a Jerusalén. 598, destrucción de Jerusalén.

Habacuc, conmocionado por tantas catástrofes internacionales, parece pedir cuentas a Dios. Y mantiene una fe que parece irracional: no prevalecerá el mal, aunque sea tan aparentemente omnipotente y presuntuoso. En los momentos más difíciles es cuando es necesario fiarse enteramente de Dios.

El libro de Habacuc, cortísimo (55 versos), merece leerse de un tirón. Poético, vibrante, profundamente religioso. El texto está atraído aquí por la primera parte del evangelio.

 

2 TIMOTEO 1, 6-8 y 13-14

Aviva el fuego de la gracia de Dios que recibiste cuando te impuse las manos; porque Dios no nos ha dado un espíritu cobarde, sino un espíritu de energía, amor y buen juicio. No tengas miedo de dar la cara por nuestro Señor, y por mí, su prisionero. Toma parte en los duros trabajos del evangelio, según las fuerzas que Dios te dé. Ten delante la visión que yo te di con mis palabras sensatas, y vive con fe y amor cristiano. Guarda este tesoro con la ayuda del Espíritu Santo, que habita en nosotros.

Seguimos leyendo los piadosos consejos de Pablo a su discípulo Timoteo, colaborador fiel en muchas misiones y finalmente responsable de la iglesia de Éfeso, tan importante y con tantos conflictos. La exhortación que hoy leemos es genérica, anima a dar la cara, a no desanimarse, en medio de las innumerables dificultades del ministerio que el mismo Pablo le había encomendado.

 

José Enrique Galarreta, S.J.

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