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NUESTROS ACTOS DE FE

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Lc 17, 5-10

El evangelio es un fragmento de Lucas en que se recogen varios temas sin conexión entre sí. El evangelio de hoy recoge dos: el poder de la fe y la pequeña parábola del siervo.

La fe moviendo montañas se repite cuatro veces en los evangelios. Dos en Mateo, una en Marcos y la que hoy leemos.

‒ Mt 17,20. "Porque yo os aseguro: si tenéis fe como un grano de mostaza, diréis a este monte "desplázate de aquí allá' y se desplazará, y nada os será imposible" (En el contexto de la curación del niño epiléptico, al que no habían podido curar los discípulos "por su falta de fe")

‒ Mt 21,21. "Yo os aseguro, si tenéis fe y no dudáis, no sólo haréis lo de la higuera, sino que si decís a este monte 'quítate y arrójate al mar', así se hará. Y todo cuanto pidáis con fe en la oración, lo recibiréis" (En el contexto de la higuera estéril)

‒ Marcos 11,22. "Tened fe en Dios: yo os aseguro que quien diga a este monte: 'quítate y arrójate al mar' y no vacile en su corazón sino que crea que va a suceder lo que dice, lo obtendrá. Por eso os digo, todo lo que pidáis en la oración, creed que ya lo habéis recibido y lo obtendréis" (En el mismo contexto de la higuera)

Evidentemente, Lucas lo ha sacado de contexto. En los dos textos realmente paralelos de Marcos y Mateo, el dicho de Jesús viene a propósito de la higuera que se seca por la maldición de Jesús, y se refieren a la eficacia de la oración y el símil es la montaña.

En Lucas el símil es la morera y se trata de la fe en sí. Parece muy probable que Lucas haya recogido el dicho de Jesús, atestiguado por una tradición múltiple, y lo ha encajado donde ha podido. También la repetición del dicho en Mateo, en circunstancias y con aplicación diferente, muestra que el dicho de Jesús se ha conservado como antiguo, auténtico, aunque su localización no es evidente para los evangelistas.

El tema tiene además una presencia importante en otros contextos. La fe del centurión, "tu fe te ha salvado", "hombres de poca fe... ", la atribución de la curación a la fe que Jesús hace frecuentemente (ej. el paralítico del tejado). Se ha querido ver en esto algo así como "el poder de curación de la fe, de la autosugestión"... es una reducción poco convincente. Jesús está subiendo de ese poder, que ciertamente existe, a la dimensión religiosa de la actitud ante Dios.

También se han aplicado estas frases a la omnipotencia de la oración, y se han combinado con las pequeñas parábolas de la viuda que pide justicia al juez inicuo o la del amigo importuno. En ellas, la perseverancia en pedir consigue lo que desea.

Pero el mensaje de las parábolas no está en la necesidad de la insistencia (negada por otra parte en Mateo 6,7-9) sino en la bondad de Dios, (si una persona corrupta o un amigo comodón cederá al fin, ¡cuánto más Dios, que no es ni corrupto ni comodón).

Es un mensaje parecido al de Mateo 7,9, Marcos 11.11, las pequeñas parábolas de la culebra y el escorpión, y su mensaje: "si vosotros que sois malos sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, cuánto más vuestro Padre..."

La segunda parte es sólo de Lucas, sin paralelo en Marcos o Mateo. Una parábola un tanto extraña. Se refiere sin duda a nuestra actitud ante Dios; insiste en el tema, tan importante, de no arrogarnos méritos: a esto y a más estamos obligados.

No está justificando la servidumbre, sino tomando pie de las cosas comunes para elevarse a nuestra situación ante Dios. No tiene Dios que estarnos agradecidos por lo que hacemos, sino al revés, nosotros tenemos que estar agradecidos por poder ser útiles y responder a lo que Él nos da.

Dado que los dos temas son tan diferentes, me parece más normal dedicarnos sólo a uno de ellos, y elijo el primero.


Mover montañas. Mantener la fe.

Debemos huir de aquella concepción que atribuye a la oración insistente un efecto todopoderoso. Si fuera verdad que la oración insistente consigue siempre lo que pide, seríamos nosotros, nuestras conveniencias y deseos, lo que regiría el mundo.

Afortunadamente, no es así; no manejamos a la Providencia. Nuestra oración de petición termina siempre, como la de Jesús: "Pero no se haga mi voluntad sino la tuya".

Jesús no está hablando de forzar la voluntad de Dios, ni mucho menos de encontrar conjuros eficaces para lograr nuestros deseos. Está hablando de dirigirse a Dios con plena confianza, de nuestra necesidad, derecho, deber, de exponer a Dios, como hijos al padre, todos nuestros deseos.

Nuestra fe no consiste en que a los creyentes les sale todo bien porque Dios está con ellos para evitarles los males de la vida. Nuestra fe consiste en que Dios está con nosotros para saber vivir, aun en medio del mal. No manejamos la providencia, ni entendemos el gobierno del mundo. Pero tenemos Palabra más que suficiente para vivir en este mundo (que a nuestros ojos parece tan "mal gobernado"). Y éste es nuestro primer acto de fe. Creer en Dios a pesar del mal del mundo.

Y sin embargo, aunque parezca paradójico, la fuerza de la fe se manifiesta incluso a niveles pre-religiosos, como poder inexplicable que mueve montañas, incluso las montañas de la enfermedad y, más aún, las montañas del desengaño de la vida, de la oscuridad y sin razón de la historia personal y de la gran Historia.

Pero sin duda la mayor y más pesada de todas las montañas es el pecado, la condición pecadora del ser humano, que le arrastra constantemente a la destrucción de su propia vida y de las vidas de los otros, convirtiendo la historia personal y la Historia global en un sin-sentido de maldad, de opresión, de acumular, poseer, imponerse, ...a todo lo cual se suele llamar "triunfar", cuando en realidad es degenerar y producir la desgracia propia y ajena. Es una terrible montaña. Ante la realidad implacable de la in-humanidad del mundo, la gente de buena voluntad se siente empequeñecida e impotente como ante una inamovible cordillera.

Éste es el desafío último: ¿qué es más fuerte, el bien o el mal? ¿Qué es más eficaz, el evangelio o la ley del más fuerte? ¿Quién tiene razón como guía de la vida humana, el sentido mercantil, la venganza, el yo por encima de todo... o las bienaventuranzas? Es aquí donde necesitamos toda la fe.

Nuestra adhesión a Jesús, irrisión para los sabios y locura incluso para mucha gente que se dice religiosa, parece una contradicción insensata de todos los criterios que generalmente dominan el mundo, una inversión de todos los valores habituales que rigen las actuaciones.

Poner la otra mejilla, amar a los enemigos, preferir dar a recibir, temer la riqueza, preferir servir a ser servido... ¿cómo vamos a andar así por el mundo? ¿qué fuerza tiene todo eso frente a la omnipotencia de la ganancia sin freno, del dominio del más poderoso, de la eliminación del adversario, de la acumulación de armamentos y su consiguiente enorme negocio... ? ¿De verdad se puede creer en la fuerza de "el Espíritu" ante el poder demostrado y avasallador de "la carne"?

Y ésta es, precisamente ésta, la oferta de Jesús, el Salvador.

Ante todo, la fe en que son esos valores que parecen indefensos los que han de salvar lo humano, los que tienen futuro. Lo que, por otra parte, casi no es motivo de fe, porque está a la vista: está a la vista que los valores de la fuerza, del dinero, de la mentira, de la violencia, de la venganza, llevan a la destrucción, están llevado a la destrucción, han producido destrucción, muerte, dolor y deshumanización. Y está a la vista que los valores de la honradez, la sencillez, la solidaridad, el respeto... producen armonía, crecimiento, humanidad. Casi no hace falta fe.

Es evidente también que esos valores de Jesús son absurdos para el poderoso, sea individuo, colectividad, empresa o nación. Son patrimonio de gente sencilla, que ha conservado el corazón libre de todos esos demonios, que son sensibles a la compasión, que practican casi naturalmente el "no hagas a otros lo que no quieras que te hagan a ti", que han conservado el placer de compartir aunque no tengan casi nada. Esos que provocaron la exclamación de Jesús cuando "lleno del Espíritu" exclamó:

"Te doy gracias Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado todo eso a los ricos y poderosos y se lo has revelado a la gente sencilla".

Y éste es uno de los sentidos menos entendidos y más profundos de las "parábolas vegetales" de Jesús. El sembrador, el grano que crece de noche, la semilla de mostaza, la levadura... El Reino de Dios es tan imparable como la vida misma. La vida vegetal, que parece frágil ante lo mineral, duro y estéril, es, en realidad, poderosa. Un poco de agua y el desierto se convierte en jardín.

 

FE EN NUESTRA FE

No pocas veces los creyentes somos pusilánimes, no nos creemos verdaderamente que nuestra fe, nuestro modo de vivir, sean capaces de cambiar el mundo. Y es hoy el día de hacer un acto de fe. El reino de Dios viene, está aquí, es capaz de cambiar los corazones y la sociedad, lo estamos construyendo, es nuestra misión por la que vivimos.

 

LA MONTAÑA DE MI CONVERSIÓN

Pero la montaña más cercana que hay que mover es nuestro propio corazón. Abrirlo enteramente a La Palabra, dejarse cambiar por Dios, es nuestra primera tarea. También eso es motivo de nuestra fe: creer que es posible, no resignarse nunca a la mediocridad, aspirar continuamente a ser más hijos.

Las dos cosas piden nuestra fe, nuestra confianza en que no es simplemente nuestra obra, sino la obra de Dios. La pregunta última es: ¿Creemos en el Espíritu?

 

ORACIÓN


Creo, Señor, ayuda mi poca fe.

Creo en Tí, el Padre con quien puedo contar siempre,

Creo en Jesús, Camino estrecho, Verdad segura, Vida verdadera,

Creo en el Espíritu, que me libera de la tierra.

Creo en la Iglesia, que dice sí a Jesús

y camina desde sus pecados construyendo el Reino.

Creo en la bondad y en la limpieza de corazón,

creo en la exigencia y en la pobreza,

creo que el perdón es mejor que la justicia,

creo que es mejor dar que recibir,

creo que servirte es servir a los hombres,

creo que mi vida tiene valor y sentido

creo que me quieres y me ayudas,

creo en Tí Señor, ayuda mi poca fe.

 

José Enrique Galarreta

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