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ÉXODO 17, 8-13 / 2 TIMOTEO 3, 14 - 4, 2

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Domingo 29 del Tiempo Ordinario


ÉXODO 17, 8-13

En aquellos días, Amalec vino y atacó a los israelitas en Raffidim. Moisés dijo a Josué:

- Escoge unos cuantos hombres, haz una salida y ataca a Amalec. Mañana yo estaré en pie en la cima del monte con el bastón maravilloso en la mano.

Hizo Josué lo que le decía Moisés y atacó a Amalec. Moisés, Aarón y Jur subieron a la cima del monte. Mientras Moisés tenía en alto la mano, vencía Israel; mientras la tenía bajada, vencía Amalec.

Y, como le pesaban las manos, sus compañeros cogieron una piedra y se la pusieron debajo para que se sentase; Aarón y Jur le sostenían las manos, uno a cada lado.

Así sostuvieron en alto las manos hasta la puesta del sol. Josué derrotó a Amalec y a su tropa, a filo de espada.

El pueblo de Israel está en el desierto del Sinaí, camino del Monte Horeb, como un mes después de la salida de Egipto y el paso del Mar. Pasan por un territorio controlado por los nómadas del desierto, los amalecitas, y éstos, naturalmente, les atacan. Históricamente se trata de una de las muchas peripecias guerreras que cuenta el libro del Éxodo.

Es un texto antiguo. Pertenece a la tradición "Elohista", es decir que fue compuesto hacia el año 650 aC., (recogiendo tradiciones anteriores, muy antiguas) y utilizado más tarde por los autores que dieron su forma definitiva al Pentateuco. Quizá formó parte en su origen de una crónica de guerra, probablemente conservada por la tribu de Efraím (la protagonista principal del Éxodo y el núcleo fundamental del Reino del Norte).

Pero los recopiladores se han preocupado de darle sentido: toda la epopeya del Éxodo tiene el mismo sentido: Si Israel es fiel a Dios, no tiene por qué preocuparse: El Señor vencerá a todos los enemigos.

Éste fue el tema básico del famoso paso del Mar: en la tradición Yahvista-Elohista (ya fundidas en nuestro texto), el pueblo ni se mueve, el Señor lo hace todo. El mismo mensaje se recibe en El Agua de la Roca, las codornices, el maná: Vosotros sed fieles a Dios, y él se encargará de todo.

La victoria sobre Amalec se lee, por tanto, desde la fe: mientras Moisés no se canse de orar, el Señor lucha por Israel. Si Israel se confía a sus solas fuerzas, sus enemigos vencen.

Esta lección será el núcleo de la fe del Círculo Deuteronómico, y la que inspire tanto el Deuteronomio como los libros que llamamos "históricos", como ya vimos el domingo pasado a propósito del Libro Segundo de los Reyes.

No podemos menos que hacer una reflexión sobre el peligroso primitivismo de este texto (paralelo a muchos otros del AT). Israel (Moisés) pide la victoria sobre sus enemigos: que Dios le ayude a matar, que Dios aniquile a sus enemigos. Y Dios se lo concede. Dios mata a los amalecitas.

Todo el AT está lleno de estas interpretaciones de Israel, semejantes a las que hacen todos los pueblos antiguos del mundo cuando están en guerra con sus enemigos, porque todos entienden que para eso está SU DIOS, para protegerles de sus enemigos e incluso para aniquilarlos. Y en eso se muestra que SU DIOS es más fuerte que los dioses de los otros.

Cuando esto no funcionó históricamente, cuando Israel fue arrasado y el Templo destruido, se entendió como castigo por la infidelidad. Lo que nos lleva a pensar que si Israel hubiera sido fiel, ahora todos estaríamos sometidos a ellos, y adoraríamos a Dios en el Templo de Jerusalén, según la Promesa (o estaríamos muertos, por el poder de Yahvé).

Y nada de esto es verdad.

Toda esa fe de Israel, la esencia del Deuteronomista, es falsa. Dios no es para que un pueblo triunfe, no hay ningún pueblo elegido sobre (ni contra) los demás, Dios no es propiedad de nadie, Dios no ayuda a matar a nadie, somos nosotros los que matamos contra Su Voluntad...

Esa "fe" de Israel ni es Palabra de Dios ni debería aparecer en nuestra Eucaristía, porque el mensaje de Jesús es exactamente lo contrario.

Al terminar la primera lectura se proclamará "Palabra de Dios", y la gente dirá que sí... Pues no. Ya es hora de que desmitifiquemos la expresión "Palabra de Dios" y leamos el AT como una prehistoria de Jesús, muchas veces muy lejana y muy contaminada de creencias que no son en absoluto Palabra de Dios.

 

2 TIMOTEO 3, 14 - 4, 2

Permanece en lo que has aprendido y se te ha confiado, sabiendo de quién lo aprendiste y que, desde niño, conoces la Sagrada Escritura. Ella puede darte la sabiduría que por la fe en Cristo Jesús conduce a la salvación.

Toda Escritura inspirada por Dios es también útil para enseñar, para reprender, para corregir, para educar en la virtud. Así, el hombre de Dios estará perfectamente equipado para toda obra buena.

Ante Dios y ante Cristo Jesús, que ha de juzgar a vivos y muertos, te conjuro por su venida en majestad: proclama la Palabra, insiste a tiempo y a destiempo, reprende, reprocha, exhorta, con toda comprensión y pedagogía.

Seguimos con la "lectura continua" de esta carta. No encontramos en este texto ninguna idea que no hayamos manejado ya en domingos anteriores.

 

José Enrique Galarreta, S.J.

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