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ISAÍAS 2, 1-5 / ROMANOS 13, 11-14

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Domingo 1º de Adviento


ISAÍAS 2, 1-5

Visión de Isaías, hijo de Amós, acerca de Judá y Jerusalén:

Al final de los días, estará firme el monte de la casa del Señor en la cima de los montes, encumbrado sobre las montañas. Hacia él confluirán los gentiles, caminarán pueblos numerosos. Dirán: Venid, subamos al monte del Señor, a la casa del Dios de Jacob.

El nos instruirá en sus caminos, y marcharemos por sus sendas.

Porque de Sión saldrá la Ley, de Jerusalén la Palabra del Señor.

Será el árbitro de las naciones, el juez de pueblos numerosos. De las espadas forjarán arados, de las lanzas, podaderas. No alzará la espada pueblo contra pueblo, no se adiestrarán para la guerra.

Casa de Jacob, ven, caminemos a la luz del Señor.

 

Isaías es uno de esos genios que aparecen de vez en cuando en la historia de la humanidad. Vivió en Jerusalén hacia el año 750. Eran años espantosos para el reino de Judá. Desde el Nor-Este, el temible imperio asirio es una terrible amenaza para Siria, Israel y Judá. Los asirios lo destruyen todo, son unos guerreros sanguinarios.

Pero, peor aún, Isaías ve que el Pueblo y sus reyes no son fieles al Señor, no cumplen la Ley... y teme que van a ser destruidos, como castigo por su infidelidad.

En medio de tanta angustia, Isaías tiene sin embargo el valor de anunciar al pueblo que, si son fieles al Señor, el final será el triunfo, el triunfo del Señor: Jerusalén será restaurada, se venerará al Señor en su santo templo, y el pueblo será "El Pueblo Santo", "El Pueblo de Dios", que será luz de las naciones.

La Iglesia ha entendido estas palabras de Isaías como una visión profética del triunfo definitivo de Dios.

Al final, Dios reinando sobre todas las cosas. Pero no es un reino exterior, un estallido de poder. Tampoco es un triunfo político de Israel, aunque el pueblo de Israel lo creyó a veces así. Se trata de que Dios reina en los corazones humanos, instruidos en sus caminos. Los humanos caminaremos según la voluntad de Dios. Esto hará la paz. Es un resumen de la historia: los humanos caminan en tinieblas, caminan en el pecado; llegará el día en que se vuelvan a la luz.

La imagen es el Monte. Para todo lector de la Biblia, el Monte, el Monte de los Montes es el Sinaí, porque en ese monte Dios Libertador dio a los hombres La Ley, la ley que les ha de salvar del pecado. Pero el monte es también el Monte de Sión, Jerusalén. La historia discurre de Monte a Monte: del Sinaí, en que Dios ofrece al hombre La Ley, para que al cumplirla no sea esclavo del pecado; al Monte de Sión, cuando la humanidad encuentre a Dios y se realice su Reino.

Es una visión del fin de los tiempos, en positivo, no como destrucción y catástrofe sino como culminación, plenitud: "Dios será todo en todos", "todos los pueblos caminarán a su luz". Insistimos muchas veces en el final como catástrofe, pero la Biblia está llena de imágenes de triunfo final de Dios, de plenitud de la humanidad que encuentra finalmente la luz de Dios.

 

ROMANOS 13, 11-14

Daos cuenta del momento que vivís; ya es hora de espabilarse, porque ahora vuestra salvación está más cerca que cuando empezamos a creer. La noche está avanzada, el día se echa encima: dejemos las actividades de las tinieblas y pertrechémonos con las armas de la luz. Conduzcámonos como en pleno día, con dignidad. Nada de comilonas ni borracheras, nada de lujuria ni desenfreno, nada de riñas ni pendencias. Vestíos del Señor Jesucristo y que el cuidado de vuestro cuerpo no fomente los malos deseos.

Pablo escribe esta carta probablemente desde Corinto hacia el año 57-58. Considera terminada su tarea en Asia y en Europa oriental y se encamina hacia Roma y Occidente, con intención de llegar, quizá, hasta España.

Ya ha escrito varias cartas que conocemos: a los de Tesalónica, de Corinto, de Galacia, quizá también a los de Filippos.

Roma cuenta ya con una comunidad cristiana importante; no sabemos quién la fundó, aunque es verosímil que fueran judíos que vivían en Roma y tomaron contacto con el Evangelio en sus peregrinaciones a Jerusalén. La ciudad de Roma, capital del Imperio y gran Urbe, ejerce un enorme atractivo sobre los cristianos. Cuando desaparezca Jerusalén, año 70, Roma compartirá con Antioquía y Alejandría una especie de "primado de honor" entre las diversas iglesias y será, desde luego, la cabeza de las Iglesias de Occidente.

No sabemos muy bien cuál fue el motivo de la carta, que es un gran documento doctrinal que podría haber sido remitido a cualquier comunidad cristiana.

Releamos despacio el texto de hoy: "Daos cuenta del momento en que vivís". "La noche está avanzada, el día se echa encima". Pablo no comparte la idea de muchos de los primeros cristianos, que pensaban que el fin de los tiempos era inminente. Lo sabemos por las cartas a los de Tesalónica, que leímos al final del ciclo C. Pero, de todas formas, a nosotros no nos interesa esa interpretación. Nos da igual cuándo se va a acabar el mundo. Hasta podemos decir que nos da igual también cuándo se va a acabar nuestra vida. Lo que nos interesa es que se va a acabar.

En este texto se da una versión muy bella del final. El final no es pasar de la luz a la oscuridad, sino al revés; el final es que se acaba la noche y llega el día. Precioso: esta vida es la noche: la muerte de cada uno -y el final de este universo quizás- es el amanecer, la llegada del día, de la luz, que es Dios. Esto cambia todos los valores. Todo lo que apetecemos tiene un valor muy relativo, porque se acaba. Pero la vida no se acaba. Entonces, ¿para qué vivimos? ¿Cómo hay que vivir?

 

José Enrique Galarreta, S.J.

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