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ALÉGRATE, JERUSALÉN, PORQUE LLEGA TU LUZ

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Mt 24, 37-44

Estamos en el final de la vida de Jesús, en la última semana. Jesús se está enfrentando a los sacerdotes, a los jefes del pueblo y a los doctores. Va a ser rechazado. La palabra de Jesús se hace radical.

Quiere hacer ver a todos la importancia del momento que están viviendo. Están ante la luz, y van a preferir las tinieblas. Después de este texto vienen cuatro parábolas dramáticas: el mayordomo infiel, las diez vírgenes, los talentos, y el juicio final. Y todo con un mensaje apremiante: si no recibís la Palabra de Dios, os estáis perdiendo vuestra gran oportunidad.

Del tema de aquel momento, Mateo se proyecta al tema más amplio: la consumación, el final de la vida del hombre y del universo, cuando todo comparezca ante Dios y quede claro lo que es válido y lo que es inválido. Es una urgente llamada a tomar la vida absolutamente en serio, porque se acaba, porque se puede echar a perder, porque llega lo definitivo.

Todos estos textos insisten en un aspecto importante, uno de los ejes fundamentales de la fe: la urgencia de vivir bien, la urgencia de mirar al final. Expresamente, se habla de "La venida del Hijo del Hombre". Para nosotros, para cada uno, "Dios viene" significa "el fin de la vida es el encuentro con Dios".

Aquí tenemos, por tanto, el primer significado del Adviento. Adviento es "llegada". ¿Qué llega? La muerte, es decir, el encuentro con Dios, la Vida definitiva. Eso es lo que llega, y eso es lo que condiciona toda la vida. La expresión de Pablo podríamos interpretarla así: "Daos cuenta de a dónde va la vida", y sed consecuentes, no tiréis la vida, dedicaos a lo que merece la pena.

En este texto aparece la urgencia de la conversión, la importancia de la vida. La vida es pasajera, se va a terminar y no sabemos hasta cuándo tenemos tiempo: hay que aprovechar el tiempo de la vida. Y para que sepamos y podamos aprovechar la vida, salvar la vida, contamos con la luz y la fuerza de Dios, el Salvador, el que nos libera del pecado y de la muerte.

Así que para nosotros cobran un significado especial algunas frases que se usan corrientemente, por ejemplo: "carpe diem" o "sólo se vive una vez". Es verdad, carpe diem, pero en el sentido de "aprovecha el tiempo", y no "tira tu vida". "Sólo se vive una vez". Es verdad, ésta es nuestra oportunidad: es de locos tirarla, desaprovecharla, desperdiciarla.

¿Cómo hay que vivir, según esto? ¿Atemorizados? ¿Temerosos de encontrarnos con Dios? Ha sido frecuente una interpretación catastrofista y atemorizadora. Si el Hijo del hombre viene como un ladrón, parece que Dios nos acecha, que está esperando a cogernos en falta...

Incluso se han hecho interpretaciones de este tipo. Y se ha utilizado a Dios como una amenaza, y se ha resaltado de Él solamente la imagen de Juez... Esta imagen es verdadera, pero es insuficiente. Dios Juez significa que Él es la verdad definitiva: al final Él es la verdad. No es verdad que todo dé igual. La vida se puede tirar, se puede echar a perder. El ser humano es un proyecto que se puede realizar y se puede quedar en el camino. Todo esto es verdad, y hace de la vida algo absolutamente serio.

Pero Dios no es sólo, ni principalmente, eso. En la larga trayectoria de la Biblia, Dios se presenta siempre como "el que trabaja por el hombre contra el pecado". Es la tesis del Libro del Génesis, y, aún más explícitamente, del Libro del Éxodo. En este libro Dios es el Libertador. Y no principalmente porque saca a su pueblo de Egipto sino, sobre todo, porque le da la Ley para que, al cumplirla, deje de ser esclavo del pecado.

Y además, "camina en medio de su pueblo", en la Tienda del Encuentro. Este tema lo recoge Juan en el Prólogo de su evangelio: Jesús es La Palabra "que puso su tienda entre nosotros". Ésta es pues la imagen entera de Dios. Por una parte, la Ley, la norma, el sentido de la vida: apartarse de Él es equivocarse, poner en peligro nuestro proyecto de vida. Por otra parte, él es La Palabra, la Luz, el Pan, que nos ayuda para salvar la vida, para llegar a término.

Esto nos proporciona la oportunidad de recordar algo importante: cómo tenemos que leer, y cómo no debemos utilizar la Biblia. Si tomamos cualquier pasaje de la Biblia y aceptamos su contenido sin más, fuera de todo contexto, conseguiremos que la Biblia diga lo que nosotros queramos.

Por eso, hay que leer toda la Biblia, todo el Evangelio, y entender todo el mensaje. Cada pasaje es una parte. Dios es juez, sí, y Padre, y Médico, y Luz, y Pastor, y Agua, y Pan ... Si tomamos una sola de esas explicaciones, con exclusión de las demás, mutilamos el Mensaje.

Por tanto, hemos de leer el mensaje completo: la importancia de la vida, la urgencia de volvernos a Dios, la necesidad de salvar la vida, de no tirarla. Y, para todo eso, contamos con el Señor que viene. Así, la Navidad no es "Dios viene para castigar" sino "Dios viene para iluminar".

Por esto se colocan estos textos en el camino hacia la Navidad. Viene el Señor, preparaos, porque la salvación no es obra sólo de Dios: Dios nos ayuda en el trabajo de caminar bien, de no tirar nuestra vida... si nosotros lo queremos hacer.

Para quien solamente quiere dormir, la luz es un estorbo.

El primer mensaje del Año litúrgico es, por tanto, despertarnos. Recordarnos quiénes somos y qué es la vida. Y anunciarnos que, para caminar, contamos con la luz de Dios.

El Adviento empieza con dos mensajes paralelos: por un lado, la urgencia de tomar en serio la vida, la urgencia de caminar, de no quedarse dormido, de no atender a lo que no tiene valor; por otro lado, la primera revelación de quién es Dios, el que ilumina, el que ayuda a caminar. Ése es el que va a nacer, la luz que ilumina el camino.

 

José Enrique Galarreta

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