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HECHOS 10, 24‑48 / JUAN 4, 7-10

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HECHOS 10, 24‑48

Al siguiente día entró en Cesarea. Cornelio los estaba esperando. Había reunido a sus parientes y a los amigos íntimos. Cuando Pedro entraba salió Cornelio a su encuentro y cayó postrado a sus pies. Pedro le levantó diciéndole: «Levántate, que también yo soy un hombre».

Y conversando con él entró y encontró a muchos reunidos. Y les dijo: «Vosotros sabéis que no le está permitido a un judío juntarse con un extranjero ni entrar en su casa; pero a mí me ha mostrado Dios que no hay que llamar profano o impuro a ningún hombre. Por eso al ser llamado he venido sin dudar. Os pregunto, pues, por qué motivo me habéis enviado a llamar».

Cornelio contestó: « Hace cuatro días, a esta misma hora, estaba yo haciendo la oración de nona en mi casa, y de pronto se presentó delante de mí un varón con vestidos resplandecientes, y me dijo: "Cornelio, tu oración ha sido oída y se han recordado tus limosnas ante Dios; envía, pues, a Joppe y haz llamar a Simón, llamado Pedro, que se hospeda en casa de Simón el curtidor, junto al mar." Al instante mandé enviados donde ti, y tú has hecho bien en venir. Ahora, pues, todos nosotros, en la presencia de Dios, estamos dispuestos para escuchar todo lo que te ha sido ordenado por el Señor».

Entonces Pedro tomó la palabra y dijo: «Verdaderamente comprendo que Dios no hace acepción de personas, sino que en cualquier nación el que le teme y practica la justicia le es grato. « El ha enviado su Palabra a los hijos de Israel, anunciándoles la Buena Nueva de la paz por medio de Jesucristo que es el Señor de todos.

Vosotros sabéis lo sucedido en toda Judea, comenzando por Galilea, después que Juan predicó el bautismo; cómo Dios a Jesús de Nazaret le ungió con el Espíritu Santo y con poder, y cómo él pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el Diablo, porque Dios estaba con él; y nosotros somos testigos de todo lo que hizo en la región de los judíos y en Jerusalén; a quien llegaron a matar colgándole de un madero; a éste, Dios le resucitó al tercer día y le concedió la gracia de aparecerse, no a todo el pueblo, sino a los testigos que Dios había escogido de antemano, a nosotros que comimos y bebimos con él después que resucitó de entre los muertos.

Y nos mandó que predicásemos al Pueblo, y que diésemos testimonio de que él está constituido por Dios juez de vivos y muertos. De éste todos los profetas dan testimonio de que todo el que cree en él alcanza, por su nombre, el perdón de los pecados».

Estaba Pedro diciendo estas cosas cuando el Espíritu Santo cayó sobre todos los que escuchaban la Palabra. Y los fieles circuncisos que habían venido con Pedro quedaron atónitos al ver que el don del Espíritu Santo había sido derramado también sobre los gentiles, pues les oían hablar en lenguas y glorificar a Dios.

Entonces Pedro dijo: «¿Acaso puede alguno negar el agua del bautismo a éstos que han recibido el Espíritu Santo como nosotros?» Y mandó que fueran bautizados en el nombre de Jesucristo. Entonces le pidieron que se quedase algunos días.

Es un suceso que para nosotros no tiene relevancia aparente y, sin embargo, fue de suma importancia para las primeras comunidades de seguidores de Jesús. Pedro, lejos del ambiente y las presiones de Jerusalén, ha entrado a casa de Cornelio, un centurión romano, pagano por consiguiente, quebrantando la Ley. Pedro está ya convencido de que para seguir a Jesús no hay que pasar por la Antigua Ley, y obra en consecuencia. La presencia del Espíritu en aquella comunidad le ratifica en su creencia.

Esta actitud traerá graves problemas, por las protestas de los cristianos judaizantes de Jerusalén. Hasta el mismo Pedro vacilará, y será Pablo quien le recrimine sus indecisiones. El problema explotará a propósito de la comunidad de Antioquía, alborotada porque algunos cristianos judaizantes les han dicho que si no se circuncidan no se podrán salvar, lo que suscitará lo que hemos llamado el "Concilio de Jerusalén", en el que la cuestión quedará zanjada, aunque las iglesias judaicas seguirán fieles a los preceptos mosaicos mientras que las "griegas" prescindirán de ellos.

El tema es vital: se trata de entender lo de Jesús como una mera culminación de la Antigua Ley, con lo que sus seguidores serán simplemente una secta judaica como otras tantas, o si, por el contrario, la Nueva Alianza ha roto los viejos pellejos de la anterior, y ni Jesús, ni Dios, es "patrimonio preferencial" de los judíos.

De todas maneras, Lucas es muy inteligente al dar tanta importancia a este suceso: se trata de dejar claro que la apertura a los gentiles no es un atrevimiento de Pablo, sino del mismo Pedro, y por tanto está enraizado en Jesús a través del primero de sus Testigos.

 

JUAN 4, 7-10

Queridos, amémonos unos a otros, ya que el amor es de Dios, y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios. Quien no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es Amor.

En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene; en que Dios envió al mundo a su Hijo único para que vivamos por medio de él.

En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados.

Este párrafo es el centro mismo del mensaje de la carta, y el corazón del mensaje de todos los escritos dependientes del "discípulo amado". El mensaje central de Jesús es Dios/Abbá, y aquí se expresa en términos menos simbólicos, más conceptuales, como caracteriza a estos escritos.

La esencia de Dios no hay que buscarla en el poder, ni en la justicia, sino en el amor. Hemos recibido ya este mensaje varias veces en los domingos anteriores, pero ahora se constituye en el centro mismo de nuestra reflexión, como coronando todo el contenido de las celebraciones de Pascua. Hay varias frases que constituyen la esencia del mensaje de Jesús:

  • Quien no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es Amor.
  • En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene; en que Dios envió al mundo a su Hijo único para que vivamos por medio de él.
  • En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y nos envió a su Hijo...

 

José Enrique Galarreta, S.J.

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