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LA SEÑAL: UN NIÑO POBRE / CREEMOS QUE DIOS ESTABA CON JESÚS

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NOCHEBUENA

LA SEÑAL: UN NIÑO POBRE

Lc 02, 01-14

Lucas nos muestra aquí un ejemplo perfecto del género literario "Evangelio". Esto consiste en "contar lo que sucedió, aunque los ojos no lo vieron". Lo que vieron los ojos fue un nacimiento en condiciones materiales penosas. Lucas "sabe más" (cree), y sabe que sucedió más: la gran alegría para todo el pueblo; ha nacido el salvador.

La presencia de Dios suscita en los pastores temor: es característico de todo el Antiguo Testamento. El ángel muestra ya el cambio de situación: no temáis, Dios es el Salvador. Y el anuncio se hace ante todo a unos pastores. Los pastores eran gente marginal, incluso mal vista: su oficio es sospechoso. El primer anuncio de Jesús se hace a "pecadores", a gente tenida por tales.

No podemos leer estos textos como si fueran simplemente relatos de lo que sucedió. En todos estos textos de la infancia de Jesús, la historia tiene menos importancia que el significado de lo que está sucediendo.

La señal es un niño pobre, nacido en lo marginal de un pueblo pobre, anunciado a gente marginal. No en Jerusalén, no en el Templo, no en la clase levítica o sacerdotal, no de padres fariseos. Hijo de trabajadores pobres, anunciado a despreciados pastores, su primera cuna es un pesebre.

Hemos contemplado muchas veces esto y hemos admirado –quizá– la humildad y la pobreza de Jesús y su familia. Pero todo esto está narrado por Lucas con un calificativo: todo esto es la señal. En esa señal reconocemos la presencia de Dios salvador.

Hay varias y significativas señales en este acontecimiento, tal como Lucas lo narra. La marginalidad de José y María, que no encuentran posada en Belén. Son demasiado pobres, o el lugar es un sitio demasiado público para que María dé a luz. Sea como sea, el pesebre muestra claramente que Jesús nació en una cuadra. Es de noche cuando nace Jesús. Y se hará de noche en pleno día cuando Jesús muera en la cruz.. El signo de Jesús va a ser la luz: signo que revela a Dios. La reacción de los pastores ante la presencia de lo divino es el temor: pero Jesús va a librarnos del temor a Dios. Jesús va a mostrar "otro Dios" que no inspira temor.

Una señal, que Jesús nazca así es una magnífica señal. Jesús "nace con buen pie". Si hubiera nacido en Jerusalén, en el Templo, hijo de sacerdotes o de reyes, todos podríamos decirnos: "más de lo mismo", Dios se hace presente en el poder, en lo sagrado, en lo ritual, de arriba abajo, entre inciensos y aclamaciones de los de siempre... más de lo mismo. Pero Jesús no es más que niño pobre e indefenso, sin más protección que el cariño de sus padres, sin más adoradores que cuatro marginados.

Es notable el contraste entre la miseria de la cuadra donde María ha dado a luz y los pastores con la Gloria Divina y el coro de los ángeles cantores. Y es precisamente ese contraste lo que nos sirve de mensaje, lo que nos lleva a la pregunta clave de la Nochebuena: ¿dónde está tu Dios?

El signo de los signos en la Nochebuena es la luz en medio de la noche. Hemos entendido la luz de forma teatral, barroca: del pesebre salían rayos de luz, Jesús resplandecía, como Dios resplandece... Lo que resplandece es la pobreza de la familia de Jesús, la trivialidad del acontecimiento, la marginalidad de los que reciben el mensaje.

En la narración de Lucas, todo es sorpresa, todo es contraste. El nacimiento de Jesús está sometido a un edicto de los opresores romanos. La descendencia del Rey David ha venido a menos y ni en Belén son nadie. El parto les coge de sorpresa y no pueden disponer un lugar decente para que nazca el niño. Y no se entera nadie, más que los más pobres del contorno.

Pero la Gloria del Señor resplandece en todo eso. Como resplandecerá en toda la vida de Jesús.

A nosotros nos complace reconocer la presencia de Dios en el poder y en lo extraordinario. Creemos reconocer la divinidad de Jesús en sus milagros, nos parece lógico que camine sobre el mar y calme las tempestades, nos parece razonable que resplandezca físicamente en la Transfiguración... Y deberíamos reconocer la presencia de Dios en la falta de poder de Jesús, en su fatigoso caminar de pueblo en pueblo, en su terror en Getsemaní, en su no-poder bajar de la cruz.

Nos parecería razonable que ante Dios se postren todos los reyes de la tierra y que se le rinda culto con inciensos y cánticos en los santos templos. Pero Jesús se pasa la vida con los marginales, es rechazado por el Templo y sus servidores y morirá condenado a muerte por blasfemo y abandonado hasta de la mayoría de los suyos.

La señal de Dios no es el resplandor ostentoso, el poder a la manera humana, la grandiosidad del templo. Lo que resplandece es la sencillez, su poder es la compasión que le lleva a curar, su templo son sus amigos pobres. El nacimiento de Jesús, desapercibido para todos los poderes y anunciado a los marginales, es la señal de que todo ha cambiado. Es la señal de que, por fin, Dios está con los que le necesitan, de que Dios está para salvar, no para oprimir.

Y ningún poder opresor tiene nada que ver con Dios, ni el opresor civil ni el opresor de las conciencias. Hará muy bien Herodes en intentar matar al niño. Harán muy bien, treinta y pico años más tarde, los sacerdotes en matarlo. Herodes y los sacerdotes, reconocerán muy bien la señal y su peligro. Dios no está con ellos para asegurar su poder, sino con las víctimas de su poder para liberarlos.

Es asunto nuestro reconocer la señal. Es asunto nuestro sentir alegría o escándalo ante esta señal. Jesús va a ser alegría para los marginales y escándalo para los poderes, especialmente para los poderes religiosos. Pero va a ser sobre todo liberación.

Reconocer la señal depende, antes que nada, de que sintamos necesidad de liberación, de que nos sintamos oprimidos. Si nos sentimos oprimidos por nuestros pecados, reconoceremos con gozo a Jesús libertador. Si nos sentimos oprimidos por una religión de temor, de preceptos y misterios, de poderes sagrados, lo de Jesús romperá nuestras cadenas. Si tenemos miedo a Dios, el Dios de Jesús será para nosotros Buena, estupenda, Noticia.

 

NAVIDAD

CREEMOS QUE DIOS ESTABA CON JESÚS

Jn 01, 01-18

Juan escribe su evangelio muy tarde, al final del siglo primero. La redacción de este evangelio es obra de sus discípulos, no del mismo Juan, pero la Iglesia ha visto siempre en él el mensaje del discípulo preferido de Jesús. El autor coloca al principio este formidable prólogo: es un himno de enorme contenido, toda una síntesis de la fe en Jesús de aquellas comunidades.

Se hace un paralelo entre la aparición de Jesús y la Creación. El Espíritu de Dios que planeaba sobre el Caos es el principio del Libro del Libro del Génesis. Ahora, el Espíritu de Dios es La Palabra, el Logos, Aquel Espíritu puso orden en el Caos sacando la luz de las tinieblas; la palabra viene a manifestar la luz, a sacar de la oscuridad a los hombres. En el principio, la palabra de Dios hizo la vida; ahora, La Palabra volverá a ser vida de los hombres.

Pero los hombres se cierran a la luz: es el drama fundamental que sirve de argumento a este evangelio: La luz, por naturaleza, brilla en las tinieblas, pero –misteriosamente– las tinieblas son capaces de rechazar la luz. Éste será el argumento de la vida de Jesús rechazado por su pueblo, y el argumento tremendo de la vida humana, capaz de preferir el pecado a Dios.

Después se toman imágenes del Libro del Éxodo. Como el Señor puso su Tienda en medio del campamento de Israel y se hacía visible en la Nube, así Jesús es la presencia de Dios que vuelve a poner su tienda, que acampa entre nosotros y es un peregrino más que avanza con su Pueblo.

Y se termina con una frase tremenda: A Dios nadie le ha visto jamás. Ni Abraham ni Moisés ni los Profetas... nadie lo ha visto jamás. Pero en Jesús nuestros ojos pueden verlo y tocarlo, tan claramente se manifiesta en ese Hombre la plenitud del Espíritu de Dios.

Podemos ver a Dios viendo a Jesús. Tema central de la fe cristiana, mensaje fundamental de la Navidad. Los que nos decimos cristianos somos admiradores de Jesús y damos un paso más: vemos en Jesús una excepcional presencia de Dios, tanto que pensamos que es una presencia de Dios única, irrepetible, sin comparación con ninguna otra.

Lo formula ya la primera cristología de que disponemos, la de los Hechos de los Apóstoles: es "el hombre lleno del Espíritu", "Dios estaba con Él".

Nuestra admiración, nuestra fascinación por Jesús, nos lleva a la pregunta ineludible: ¿quién es este hombre? Nuestra fe consiste en responder a esta pregunta: es la obra de Dios, es el hombre en el que el Espíritu resulta visible. En sus palabras y en sus obras reconocemos algo más que palabras y obras de un hombre admirable. Reconocemos la Palabra, la Obra de salvación del mismo Dios.

Sigue siendo verdad que nadie ha visto a Dios. Dios está más allá de la capacidad de nuestros ojos. También está más allá de la capacidad de nuestro cerebro. Todo lo que pensemos acerca de Dios será siempre una lejana caricatura: es demasiado grande para que le abarque nuestra mente. Pero tenemos un medio de saber cómo es: mirar a Jesús.

Lo admirable del mensaje es que Jesús no deja de ser un hombre. Navidad es la fiesta del niño que nace, como todos los niños, que va a crecer y a aprender, como todos los niños. Más tarde le veremos comportarse como un humano más, y morir como mueren todos los humanos.

Y es el quicio fundamental de los que nos llamamos cristianos: creer en Jesús, visibilidad de Dios, sin poner en duda, sin disfrazar la humanidad de Jesús.

Disfrazar, esa es la palabra: me temo que muchas veces pensemos que Jesús es Dios disfrazado de hombre, que en cualquier momento puede quitarse el disfraz, como un extraterrestre disfrazado de humano, que de repente se arranca el disfraz y se muestra como es en verdad.

Esta fue la tentación en que cayeron muchos de los evangelios apócrifos de la infancia, que mostraban a Jesús niño con extraordinarios (y temibles) poderes. Esta es la más antigua de las herejías, definir a Jesús como un ser divino con apariencia humana (docetismo). Nosotros sabemos que la humanidad de Jesús no es apariencia, no es disfraz: Jesús es un hombre, nacido de una mujer, que morirá desangrado en la cruz. Toda creencia en Jesús que ponga en duda, disfrace o disminuya su humanidad, estropea irremediablemente nuestra fe.

Es necesario tomar en serio la expresión del cuarto evangelio: la Palabra se hizo carne. Creemos en La Palabra hecha carne, hecha carne y sangre, de carne y hueso, no vestida de carne ni disfrazada de carne. Creemos que en un ser humano, tan humano como nosotros, podemos ver a Dios.

Es un Buena Noticia sin precedentes. A Dios no se le busca por intrincadas especulaciones intelectuales, ni en misterios recónditos, accesibles a unos pocos iniciados. Para saber cómo es Dios no hace falta más que mirar a Jesús. Y esto lo podemos hacer cualquiera. Jesús es Dios visible a todo el que quiera mirar, comprensible para cualquiera.

Estupenda noticia. No en vano fueron los pastores los primeros en tener acceso a él. No en vano le reconocerán y le seguirán gente sencilla, pescadores del lago. Y no carece de significado que no le reconocerán los sacerdotes ni los teólogos ni los santos de la época. Ellos ya conocían a Dios, no podían admitir que un hombre como aquél, un galileo sin cualificación alguna se arrogara la inaudita pretensión de hacer visible a Dios.

Esto significa "Creo en Jesucristo, Dios y hombre verdadero". Jesús de Nazaret, el hijo de María, el carpintero de Nazaret, es el hombre ungido por Dios con su propio Espíritu, que es visible en sus obras, obras del Espíritu, en sus palabras, Palabras del Espíritu. Creer esto o no creerlo constituye el test fundamental de la fe de los que nos decimos cristianos.

Hoy se nos ofrece la oportunidad de someter nuestra fe al test definitivo: si somos sinceros, si lo analizamos bien, comprobaremos probablemente que nos inclinamos a uno de los dos extremos: o bien pensamos que Jesús es Dios, y por tanto su humanidad es un disfraz de quita y pon, que Jesús puede quitarse cuando quiera; o bien admiramos a un hombre excepcional, sin dar el paso de admitir que en Él llegamos a ver, escuchar y tocar la presencia del Espíritu.

 

José Enrique Galarreta

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