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LOS OBISPOS NI SON -NI ESTÁN- PARA BLOQUEAR

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El término “bloquear” procede del francés “bloc”, y este, a su vez, del neerlandés, con el significado de “obstruir el paso con un tronco”. En castellano hacen aún más bloque al “bloc” acompañándolo de expresiones tales como “paralizar la capacidad de actuación, o mental”, “impedir o frenar”, o “interrumpir el paso o el movimiento”.

Y con este preludio me dispongo a redactar estas sugerencias, prevalentemente surgidas  del ancho y fructífero noticiario que dentro de la Iglesia, y más en sus periferias -también en las civiles-, hacen aparecer cotidianamente los medios de comunicación  eclesiásticamente “oficiales”, o no.

Bloqueo a la sinodalidad

Y la opinión más generalizada que se percibe, es la de que, en los espacios religiosos en los que la sinodalidad está siendo estimulada merced al sumo interés patroneado por el papa Francisco, resultan ser precisamente los obispos quienes aparecen con mayor y más denodada frecuencia, ejerciendo de bloqueadores de no pocas -la mayoría- de las aportaciones-conclusiones a las que laicos y laicas llegaron, con su reflexión, estudios y la gracia de Dios.

La del diálogo-relación entre laicos y obispos -y viceversa- no fue ni es “Ciencia Sagrada”. Todavía está lejos de serlo y de ser como tal practicada. Hablan idiomas distintos. Unos, solo en latín medievalizado, curial y “de oídas”. Y otros lo hacen ya en “román paladino”, en su lengua vernácula, con la verdad por delante y sin ceremonias y ritos y sin necesidad de tener que oler sus palabras a incienso, rubricadas sempiternamente con el litúrgico, definitivo y semi dogmático AMÉN.

La dificultad llega a catalogarse de insondable e inmarcesible, cuando no son las palabras, sino los hechos, los medios e instrumentos de expresión, válidos y veraces, para hacer surgir el diálogo y buscar y encontrar caminos de entendimiento por el amor y la comprensión entre unos y otros. La vida de un clérigo, y aún más si este es obispo, con sus relevantes episodios y parafernalia, por “cristianas” que sean y así se presenten, no tiene absolutamente nada que ver con la de los laicos. Son distintas. Son “otras vidas”, la “otra vida” según los “Novísimos o Postrimerías” del catecismo. Vidas incomprensibles para unos y otros, por muchos y santos esfuerzos que ambos hagan, aunque hayan leído y lean los textos de la misma edición de los evangelios.

Un laico, por cristiano que sea, y un obispo, con sus mismos signos y deseos, viven -o le hacen vivir- en esferas tan distintas y distantes que ni en el planteamiento de sus problemas es fácil encontrarse, haciendo uso del mismo léxico. El precisamente teológico -y aún el catequístico- no resulta ser hoy vehículo para transportar ideas, y sentimientos, con la fidelidad y con la tranquilidad de conciencia de haber podido ser comprendido por el interlocutor, al igual que si lo hicieran los avecindados en otros planetas.

No  obstante, tal y como obispos y laicos se confiesan en los medios de comunicación social -pero sin claros propósitos de enmienda-, el hecho es que los obispos  sistemáticamente, y salvo las “honradas” excepciones de siempre, siguen ejerciendo de bloqueadores  de las iniciativas de laicos y laicas, dando la facilona e infeliz impresión de que esta es precisamente su misión y su oficio, y que tal pudo y debió ser la intención  del papa Francisco al convocar el santo sínodo y al programarlo de esta manera.

La verdad auténticamente eclesial es la de que el obispo, por obispo, no está para entorpecer

Pero resulta que la verdad auténticamente eclesial es la de que el obispo, por obispo, no está para entorpecer. Así lo salmodian los textos sagrados y la Iglesia desde sus orígenes primigenios, comenzando por los etimológicos. El obispo no es ni está para poner dificultades a todo y a casi todos, y a todas. No consagraron a los obispos para tal función y oficio, si bien es verdad que en la selección -que no elección- de la terna en la que su nombre ocupaba el correspondiente casillero, las posibilidades de los bloqueadores-saboteadores superaron con asiduidad a las de los “adelantados, avanzados o progres”.

El sistema “oficial” de “prudencia, sensatez, moderación y cautela” en la selección de “episcopalbles”, no es a su vez de “providencial”. Ni en consonancia con el Evangelio. Lo es más con el de “promotores o guardadores de sus intereses personales o de grupo, pero jamás de la Iglesia postsinodal.

La palabra “obispo”,  en griego como y en castellano, y más con el subtítulo y aplicación de “sucesor de los Apóstoles”, demanda con urgencia innegable “rebautizarse, confirmarse y  consagrarse”, de nuevo, con otra preparación, liturgia y Código de Derecho Canónico, sin Nuncio y con la participación de otros “hermanos en el episcopado”, de sus sacerdotes y del pueblo de la diócesis a pastorear.

 

Antonio Aradillas

Religión Digital

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