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LO QUE REALMENTE IMPORTA DEL CRISTIANISMO

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En estos tiempos de conato de reformas emprendidas por el actual papa, algunas incluso osadas para el parsimonioso proceder de los estamentos de poder de la Iglesia católica, observamos con cierta perplejidad que el desfile episcopal y el cortejo cardenalicio siguen intactos, incluso en su materialidad ornamental más cruda. De ahí que en el mundo católico primen todavía el privilegio y el poder eclesial, pues quien detenta la autoridad es el que ordena y manda y, para colmo, el que más sustenta un status de vida social de clase claramente aristócrata. Aunque esto importe mucho a los dirigentes eclesiales, pues es el medio en el que sus ocupantes se solazan y chapotean a gusto, les resulta indiferente a muchos de los hombres de nuestro tiempo y, más en concreto, a muchos cristianos les trae sin cuidado, pues lo valoran solo como espectáculo colorista.

Por lo que a mí se refiere, los seguidores de este blog tienen ya constancia de que tales desfiles episcopales y cortejos cardenalicios, dicho sea sin amargura ni irreverencia, me parecen más una manifestación carnavalesca descafeinada o un sambódromo brasileño carente de gracejo humorístico que una congregación de fieles para la oración. ¿Es necesaria la ostentación de tanta riqueza, ornamentación y poderío para retirarse a orar? Jesús, que lo hacía con mucha frecuencia, se retiraba discretamente para que nada ni nadie perturbara su íntima conversación con el Padre.

Pero, si eso no es lo que preocupa en tiempos tan oscuros y tibios como los que hoy vivimos, ¿qué es lo que importa? ¡Hombre!, así a bote pronto, uno podría responder, en una palabra y sin temor a meter la pata, que lo que importa realmente del cristianismo, ahora y siempre, es Jesús de Nazaret, sin pararse a calibrar si eso dice mucho o poco.  De hacerse una encuesta preguntando por las tres cosas más importantes del cristianismo, es posible que los encuestados destacaran más de media docena de temas cruciales. Pero, por muchas vueltas que le demos, cualquier postura debe apuntar en dirección a Jesús de Nazaret como fuente de inspiración y como roca indestructible sobre la que debemos construir una forma de vida que mejore el presente y el futuro de la trayectoria humana, pues el cristianismo no es ni un yacimiento arqueológico ni un museo, sino una forma de vida siempre abierta a la acción del Espíritu. Su fortaleza sigue siendo un ser humano que se manifestó como “hijo de Dios” y se enfrentó vigorosamente a los poderes abusivos de su mundo, sobre todo a los religiosos, a sabiendas de que su actitud le acarrearía inevitablemente una muerte afrentosa a una edad muy joven. Jesús era muy consciente del peligro que acechaba su predicación y de que moriría por ello.

¿Corren hoy peligro de muerte por sus prédicas nuestros obispos y cardenales cuando, en su pretendida comunión con el papa, detentan la autoridad religiosa y se comportan como potentados? Que así ocurra con algunos de ellos parece, en el mundo muelle y confortable en que se ha instalado la mayoría, solo una honrosa excepción. Escribo esto el viernes, día 9 de septiembre, justo cuando acaba de morir la reina Isabel II en su cama a la edad de 96 años y he visto, en comentarios hechos en Facebook, que algunos se ensañan contra las monarquías, asegurando que todos los reyes son usurpadores al considerarse superiores a los demás o ser tratados como tales, pues el único “rey legítimo” – dicen- es Jesús de Nazaret. Por lo que se ve, cada cual va a lo suyo y tira de la manta para cubrirse. Lo digo porque el auténtico cristianismo predica que el rey Jesús se hizo “servidor” no solo para lavar los pies de sus seguidores, sino también para dar la vida por ellos. El emblema de lo humano no es la realeza sino el servicio. Entre un hombre y otro, cualquiera que sea su rol social, no hay más diferencia de peso que el cúmulo de valores y contravalores que cada cual lleva a la espalda. En otras palabras, cúmulo de amor u odio, de vida o muerte.

Volviendo al meollo de nuestra reflexión de hoy, digamos que, para acopiar buenos materiales y construir como es debido sobre la roca que es Jesús, debemos reconocer que muchos desarrollos teológicos de nuestra fe y muchos preceptos morales, a cuyo yugo nos hemos visto sometidos tan férreamente durante siglos, en vez de hacer brillar la religión cristiana como luz que guía este mundo, han servido para deformar u ocultar su auténtico rostro.  ¡Cuánta discusión teológica, cuánta definición dogmática y cuánta imposición moral han producido, a lo largo de la historia del cristianismo, el efecto contrario al perseguido! Discernir lo acontecido y tener el coraje de llevar a buen puerto las conclusiones lógicas, deducidas tras un juicio serenamente crítico, es seguramente la obra más importante que debemos emprender quienes hoy pretendemos que se imponga el modelo humano Jesús y que su magna obra de redención siga teniendo relieve en la sociedad de nuestro tiempo.

Cuando hoy miro el cielo tratando de escudriñar el áureo trono del Dios en quien creo, el ser más ignoto, aunque sea el más manoseado y la estrella rutilante de muchas de nuestras conversaciones y tertulias, mis ojos solo aciertan a ver su inmensa gloria, pareja con su bondad. Tanto el Dios del Antiguo Testamento, tan celoso de sí mismo, tan iracundo y terrible para los detractores de su nombre,  como incluso el “Dios catequético” de Jesús, que preserva rasgos de un juez implacable para subrayar el error que cometen quienes no aceptan sus consignas, se transforman por completo en un Dios sumamente alegre, comunicativo y cercano, que espera paciente al final del camino el retorno del hijo extraviado para recibirlo con un gran abrazo paternal y con una fiesta derrochadora, dando rienda suelta a su alegría de padre jubiloso por el reencuentro. A quien quiera hablarme de otro Dios, le rogaré cortésmente que vaya con su cuento a otra parte, pues la vida del cristiano es un proyecto muy estimulante y su muerte ha de verse solo como la inmensa alegría que dimana de la irrupción divina definitiva en nuestro ser y como el cumplimiento de la esperanza que nos ha sostenido en pie a lo largo de toda nuestra trayectoria histórica.

A quien prefiera crecer en su ser de cristiano convirtiéndose en ermitaño, cosa que parece estar en boga hoy como contrapeso a los excesos consumistas de nuestro tiempo, o tratando de mejorarlo a base del cilicio que ahorma la sexualidad y del ayuno que achica el estómago, le diré que está en su derecho de hacerlo, si bien le advertiré que, para no volverse loco y desesperarse por una posible equivocación, su ascética y mortificada conducta deben ayudarle a perdonar a fondo e incondicionalmente a sus semejantes y a ponerse por completo a su servicio. De hacerlo por otros fines, por muy honorables o místicos que le parezcan, en algún momento tendrá que vérselas con el llanto inconsolable y el crujir de dientes cuando le ardan las carnes por el error cometido. ¡Cuidado que la vida es dura y costosa para que, tras afrontar el martirio a que nos somete cada día, encima uno deba no solo flagelarse a diario, sino también vivir con el horroroso temor de convertirse al final de la vida en combustible inextinguible de un espantoso horno infernal! ¡Hay que ser ignorantes o estar rematadamente locos para pensar así! Los cristianos que lo hacen o son masoquistas redomados o están madurando para serlo. Afortunadamente, para los tiempos de crítica fundada y honesta que vivimos, el flagelo y la amenaza de castigos eternos han perdido por completo su razón de ser incluso como persuasión catequética.

Concluyo con lo que realmente me parece esencial e imprescindible de nuestra fe cristiana: a los cristianos actuales se nos ha encomendado la encomiable misión de hacer presente en nuestro tiempo al “rey” Jesús como el servidor que lava nuestros pies, predica la primacía omnímoda del amor e incluso se inmola sacrificialmente, partiendo y compartiendo su cuerpo como pan de vida y su sangre como bebida de salvación. Francamente, no acierto a explicarme en absoluto qué tenga que ver todo eso con los desfiles episcopales y cortejos cardenalicios de que hoy ha partido nuestra reflexión. Y menos aún con los pesados mamotretos de teología que hemos estudiado y con los códigos morales que hemos seguido escrupulosamente, sobre todo si somos conscientes de que todos ellos se apoyan, para mayor inri, en la amenaza de castigos eternos para quienes se nieguen a llevar sobre sus hombros tan pesadas cargas. Es hora de dejar atrás tanta negatividad, tanta amenaza, tanto castigo, tanto contravalor, para encarar el cristianismo como la fuente de agua viva y de alegría perenne que es por la cercanía de un Dios que nos da en todo momento el ser y nos sostiene en el esfuerzo irrenunciable de mejorarlo sin prisa, pero sin pausa.

 

Ramón Hernández Martín

Religión Digital

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