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TRASMITIR LA PALABRA

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Lc 10, 38-42

«Sentada a los pies del señor, escuchaba su palabra»

Jesús deja la comodidad de Nazaret y se lanza a los caminos a proclamar la buena noticia. Le siguen los que se sienten necesitados y le acosan los sabios, los santos, los ricos y los importantes. Siente la necesidad de subir a Jerusalén para universalizar su mensaje, asume el riesgo, se enfrenta a los poderosos, lo prenden, lo torturan y lo crucifican. Pero, consciente de la necesidad de que prevalezcan sus palabras más allá de su muerte, hace un testamento inequívoco y sus discípulos más cercanos nos lo trasmiten: «Id por el mundo y proclamad el evangelio a todas las gentes».

Los primeros cristianos —sabedores sin duda de la trascendencia de la misión que han recibido— proclaman la Palabra con tal fuerza que despiertan el recelo de las autoridades y llegan las persecuciones. Mueren a millares de forma brutal, pero gracias a su compromiso y su sacrificio, nosotros hemos tenido la oportunidad de conocer a Jesús y conocer el evangelio veintiún siglos después.

Y no solo gracias a ellos, porque a lo largo de la historia se ha creado una cadena de infinidad de cristianos que (con mayor o menor acierto) han trasmitido de padres a hijos esa herencia de valor incalculable que nos mueve a compartir y a perdonar; que nos humaniza y da sentido a nuestra vida; que nos señala, como ningún otro, el camino de la felicidad: «El ciento por uno en esta vida, y además la vida eterna» —dijo Jesús…

Pero nosotros —gente culta e ilustrada donde la haya— hemos roto la cadena milenaria de transmisión de la Palabra. Hemos hurtado a nuestros hijos, a los hijos de nuestros hijos, y a los hijos de los hijos de nuestros hijos, el legado precioso del que hemos disfrutado desde que éramos niños. Les hemos privado de los criterios que han dado sentido a nuestra vida dejándoles a merced de los criterios del mundo.

Puede que nos falte fe, o que ya no valoremos como antes su importancia porque hayamos descubierto otras filosofías que nos mueven a relativizar los criterios evangélicos, o que no queramos adoctrinarles para no vernos señalados por una sociedad que se dice tolerante, pero que es implacable con quienes discrepan… Da igual, el hecho es que con nuestros remilgos hemos dado la espalda a la misión y roto la cadena.

Hay unos sectores de la Iglesia muy preocupados porque no hay vocaciones, y hay otros que lo están porque las instituciones siguen ancladas en el pasado… Y sin duda son inquietudes legítimas y loables, pero resultan nimias comparadas con la quiebra de los cauces tradicionales de trasmitir el evangelio.

Nietzsche tenía razón; Dios ha muerto en nuestra cultura. Y no es de extrañar, porque nosotros, en lugar de permanecer fieles a la misión de proclamar la Palabra, nos limitamos a repetir las consignas de laboratorio de quienes sabemos a ciencia cierta que quieren destruirla.

 

Miguel Ángel Munárriz Casajús

Para leer el comentario que José E. Galarreta hizo en su momento, pinche aquí

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