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LA SEÑAL DEL CRISTIANO

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Jn 13, 31-35

«En esto conocerán que sois mis discípulos, en que os améis los unos a los otros»

El cronista del Génesis nos muestra a Dios insuflando su espíritu en las narices del muñeco de barro, y aunque solo sea una imagen, nos transmite su voluntad —la voluntad de Dios— de que el mundo participe de su espíritu; un espíritu que nos capacita para amar y nos capacita también para intuir a Dios en el amor humano.

A veces tratamos de conocer a Dios a base de asertos, con el entendimiento, y ése no es el camino. Solo podemos acercarnos a Dios desde el corazón. Erich Fromm decía que «la consecuencia lógica de la teología es el misticismo», porque Dios no es objeto de conocimiento. Lo que encuentran los místicos en lo más íntimo de su ser no es comprensión de Dios, sino amor. Describen su experiencia como plenitud absoluta; como la del enamorado al fundir su espíritu con el de su amada.

Jesús —rebosante de ese espíritu— centra su vida y su enseñanza en el amor, en la entrega, en la misericordia… y no es de extrañar que Juan —tan cercano a él— nos brinde hoy la joya que leemos en el evangelio: «En esto conocerán que sois mis discípulos…». No nos conocerán por nuestras conjeturas teológicas o filosóficas (tan doctas como estériles), ni por ser piadosos, ni por frecuentar el templo ni por cosa parecida. Nos conocerán por ser fraternos.

Como decía Ruiz de Galarreta: «Cristiano es quien se siente amado por Dios y responde amando».

Y es que el sueño de Jesús —el Reino— es una comunidad de hermanos que se aman, se perdonan y se ayudan mutuamente.  Y una vez más, es de admirar su genialidad al extender las relaciones que se establecen en el seno de la familia al conjunto de la humanidad. En una familia lo obligatorio es siempre mucho menos de lo que se está dispuesto a hacer por los otros, y Jesús nos invita a crear esa familia universal en la que todos nos veamos concernidos por la suerte de los demás.

Mateo expresa esta idea de manera espléndida en la parábola del juicio final que sitúa en el huerto de los olivos justo la víspera de la pasión. Una parábola soberbia, con una escenografía colosal, en la que Jesús resume toda su enseñanza: «Venid benditos de mi Padre… porque tuve hambre y me disteis de comer. Tuve sed y me disteis de beber. Fui peregrino y me acogisteis. Estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, encarcelado y me asististeis»…

Y este texto nos interpela especialmente porque no tiene nada de abstracto, ni metafórico, ni simbólico, ni oscuro. Es el núcleo más íntimo del mensaje evangélico dicho en el lenguaje más llano que cabe imaginar. Es la norma de vida que, generalizada, cambiaría la faz de la tierra;  que transformaría de tal modo la sociedad, que la convertiría, sin eufemismos, en el Reino de Dios.

 

Miguel Ángel Munárriz Casajús

Para leer el comentario que José E. Galarreta hizo en su momento, pinche aquí

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