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EL DECÁLOGO DEL BUEN TEÓLOGO, 'COMADRONA' DE LA FE

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Una de las primeras cosas que hice como decano fue bajar a las "catacumbas" de nuestro edificio, a los archivos de la Facultad de Teología. Para mi sorpresa, no encontré allí ningún documento polvoriento, sino una sala muy limpia y equipada con un moderno sistema de estanterías: ¡no es de extrañar, ya que también sirve de archivo para el rectorado! En un estante había una caja de archivo gris con la inscripción "Decanus ordinis theologorum: Discursos no pronunciados". Curioso como soy como historiador, abrí la caja para ver el contenido: dentro y bien ordenados alfabéticamente estaban todos los discursos que mis predecesores habían escrito desde la fundación de la Facultad en 1891, pero que por diversas razones no habían pronunciado.

Me llamó la atención un discurso en particular, sin fecha y firmado únicamente por un "Decanus anonymus". Cuanto más lo leía, más me convencía de que sería un buen discurso para la ceremonia de graduación. Como he estado muy ocupado en las últimas semanas y no he tenido tiempo de escribir mi propio discurso, pensé que, al menos por esta vez, podría hacer lo que no está permitido hacer bajo ninguna circunstancia en el mundo académico, es decir, difundir el trabajo de otra persona con tu propio nombre, porque eso sería "plagio".

Por otro lado, pensé, el decano anónimo podría alegrarse al final de que sus pensamientos se presentaran públicamente. El escrito anónimo se titula "El decálogo del buen teólogo", y dice lo siguiente:

1. "El que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el reino de Dios" (Jn 3,5)

Estas palabras del Señor en la conversación nocturna con Nicodemo nos recuerdan la profesión del teólogo: ser teólogo es una de las profesiones más hermosas del mundo, porque un teólogo es sencillamente una "comadrona" de la fe, alguien que tiene que realizar servicios de partería para que las personas nazcan de nuevo "de agua y de Espíritu", es decir, para que se reorienten según el Evangelio de Jesucristo. En la situación social actual, esto significa que, como teólogo, hay que dedicar tiempo a las conversaciones con las personas que preguntan por Jesús y por el Evangelio; y que hay que conducir estas conversaciones con una sabiduría especial: para desvelar las huellas de Dios que hay en la vida de cada persona, pero también para acompañar discretamente la obra de Dios, único Buen Pastor y Guía. Y debemos ser intelectualmente honestos al hacerlo, por ejemplo admitiendo que no tenemos respuestas a todas las preguntas, ciertamente no a la gran pregunta del sufrimiento de los inocentes. Sólo podemos expresar nuestra esperanza de que Dios mismo nos dé una respuesta.

2. "Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ese da fruto abundante; porque sin mí no podéis hacer nada“ (Jn 15,4)

La primera condición para ejercer la profesión de teólogo es que nosotros mismos permanezcamos unidos con "el" teólogo por excelencia: con Jesucristo, que se hizo hombre para mostrarnos más claramente que Dios es amor. Ser teólogo significa estar unido al Señor en la oración, en todas las formas de oración, incluso en la oración de la amarga queja, si tenemos un motivo para hacerlo. La oración es el alimento de la vida cristiana. El objetivo de la oración es que, como "recién nacidos de agua y de Espíritu", nos parezcamos cada vez más a Cristo. Todas las grandes figuras de la historia del cristianismo han practicado este tipo de oración.

Hermano Klaus

Lo encontramos en el "Fiat" de María ("hágase en mí según tu palabra", Lc 1,38), en la petición del Padre Nuestro "Hágase tu voluntad...", pero también en la oración del hermano Klaus, tan querido en Suiza:

"Mi Señor y mi Dios,

quita de mí todo

lo que me impide parecerme a ti.

Mi Señor y mi Dios

dame todo

lo que me conduce a ti.

Mi Señor y mi Dios

tómame...

y confórmame por completo a ti".

3. "Señor, dame esa agua: así no tendré más sed, ni tendré que venir aquí a sacarla” (Jn 4,15)

En estas palabras de la samaritana en el pozo de Jacob, Santa Teresa vio un símbolo para su propia vida de oración. El teólogo debe beber abundantemente de esta agua, es decir, debe guardar la Palabra de Dios en su corazón, meditarla y digerirla. Sólo los que han encontrado en Jesús "el camino, la verdad y la vida" pueden conducir a otros al agua de la vida. La profesión del teólogo en los distintos ámbitos (pastoral de parroquia, de los enfermos y prisioneros, educación religiosa, trabajo en los medios de comunicación, etc.) implica también el peligro del activismo. Entonces nos apresuramos de una cita a otra, de una tarea a otra, sin el tiempo necesario para atender a las personas y para el cuidado pastoral de nosotros mismos: no debemos olvidar precisamente este cuidado pastoral "de uno mismo". Si olvidamos lo que realmente nos sostiene y para qué hemos elegido la profesión de teólogo, entonces es como la sal "que se desvirtúa" (Mt 5,13). Puede que todavía parezca sal, pero ya no sirve para su propio fin.

4. "Haced y cumplid todo lo que os digan; pero no hagáis lo que ellos hacen, porque ellos dicen, pero no hacen” (Mt 23,3)

Como teólogos, debemos tener siempre muy presente la crítica de Jesús a los teólogos de su tiempo. La tradición profética está llena de ello. Lo peor de la historia de la iglesia, incluso en el presente, es el antitestimonio de los que trabajan en el ministerio. Hay que esforzarse por la unidad de la fe y de la vida, porque nada es más convincente que la propia forma de vida: las palabras entran por el oído, pero las obras por los ojos, y el corazón es más receptivo a lo que se ve que a lo que se oye. Y no olviden las terribles palabras del Señor a los que se convierten en un escándalo para los pequeños: "Al que escandalice a uno de estos pequeños que creen en mí, más le valdría que le colgasen una piedra de molino al cuello y lo arrojasen al fondo del mar" (Mt 18,6).

5. "Y, saliendo afuera, lloró amargamente” (Lc 22,62)

Como teólogos siempre seguís siendo también seres humanos, y como seres humanos caerrán a menudo, porque todos somos falibles: incluso como renacidos "de agua y de Espíritu", conservamos la naturaleza del hombre viejo con la tendencia a todo tipo de tentaciones, concupiscencia  y errores. La teología católica, que han aprendido en nuesra facultad, enseña que podemos caer, pero que siempre debemos levantarnos de nuevo y mirar hacia Dios. Incluso Pedro negó al Señor, hasta tres veces. Pero "salió afuera y lloró amargamente"... y se levantó.

6. "Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna” (Jn 6,68)

En la sociedad actual, caracterizada por el pluralismo religioso y la libertad de elección, es más necesario que nunca saber quién es Jesús y qué significa su Evangelio. No tenemos por qué ser cristianos, también podemos ser musulmanes o budistas con toda libertad. Por eso, es importante que consideremos la respuesta de Pedro a la pregunta de Jesús a los discípulos: "¿También vosotros queréis marcharos?" (Jn 6,67) como nuestra propia respuesta: "Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna".

7. "Mujer, ¿por qué lloras?” (Jn 20,13)

Una mujer, la Virgen María, fue la primera en recibir el mensaje de la encarnación de Dios; y otra mujer, María de Magdala, escuchó las primeras palabras del Resucitado: "Mujer, ¿por qué lloras?" A pesar de esta preferencia de Dios por las mujeres, éstas han sentido mucha desconfianza en la historia de la Iglesia. En el siglo XVI, las mujeres no podían estudiar teología ni leer la Biblia. Santa Teresa, que como María de Magdala había sentido la bondad de Jesús, le presentó su queja en la oración: "no aborreciste, Señor de mi alma, cuando andávades por el  mundo, las mujeres, antes las favoreciste con mucha piedad y hallaste en ellas tanto amor y más fe que en los hombres".

Hoy, las mujeres pueden estudiar teología y ejercer la profesión teológica; pero todavía tienen que luchar contra mucha desconfianza en una Iglesia que aún no ha sacado todas las consecuencias teológicas de la preferencia de Jesús por las mujeres. Deseo que las mujeres entre Ustedes no desesperen, no se amarguen, porque la Iglesia no está a su altura, sino que pongan su esperanza, como Teresa, en Jesús.

8. "Siento compasión de la gente, porque llevan ya tres días conmigo y no tienen qué comer“ (Mc 8,2)

"Misereor", "tengo compasión", son las palabras de Jesús cuando vio a la gente que le seguía y no tenía nada que comer. También tuvo compasión del ciego de Jericó (cf. Lc 18,38) y de muchos enfermos y sufrientes. Antes del Concilio, el cardenal Frings de Colonia utilizó la palabra "Misereor" para fundar la primera y mayor organización de ayuda de una Iglesia local. Este ejemplo sentó un precedente: más tarde se fundó "La acción de cuaresma" en Suiza y en otros países. "Un cristiano es aquel que muestra compasión y misericordia hacia todos", decían los Padres de la Iglesia. El Concilio Vaticano II lo expresó así al comienzo de la Constitución Pastoral "Gaudium et Spes" (nº 1): "Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo todo tipo, son también el gozo y la esperanza, el dolor y la angustia de los discípulos de Cristo. Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón." Como teólogos en el mundo de hoy, guíense por la compasión de Jesús y el Magisterio del Concilio.

9. "Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación” (Mc 16,15)

Pero no debemos olvidar que Jesús tenía una doble compasión por la gente. En otro pasaje del Evangelio de San Marcos tuvo "compasión" de la gente, "porque andaban como ovejas que no tienen pastor; y se puso a enseñarles muchas cosas (Mc 6,34). El anuncio del Evangelio como buena noticia del Dios que se hizo hombre, que es amigo del hombre (Tit 3,4), misericordioso (2 Cor 1,3), como "mensaje de libertad y fuerza de liberación" (Libertatis conscientia, n. 43) es en todo tiempo, también y especialmente en el nuestro, un acto de "compasión".

Y ustedes, como teólogos, también deberían practicar esta compasión. Especialmente en nuestra época, en la que la forma eclesiástica post-tridentina con las parroquias por doquier, que constituían el centro de la vida social, está llegando a su fin, es esencial que pasemos de la pastoral de espera y de instalación en las estructuras eclesiásticas a la pastoral de salida. Como teólogos de hoy, ya no pueden limitarse al cómodo pastoreo del rebaño, a la pastoral de "sacramentalización y contabilidad". Más bien, como el sembrador, hay que preparar el campo laboriosamente para la siembra y luego sembrar (Mc 4,3). Puede que sean otros, los que recojan los frutos, pero nosotros tenemos que hacer lo que debemos, y en estos tiempos difíciles ejercer la profesión de teólogo con honestidad.

10. "En verdad os digo, el que no reciba el reino de Dios como un niño, no entrará en él” (Lc 18,17)

Filósofos como Sören Kierkegaard o Paul Ricoeur hablan de una "segunda ingenuidad" que necesitamos hoy después de la Ilustración. Traducido teológicamente, esto significa que incluso después de estudiar teología, la fe de la infancia es necesaria. Para usar una imagen: Hace unos años comenzaron sus estudios en la Facultad de Teología de Friburgo, y hoy pueden coronarlos con el éxito que merecen. Cuando entraron en la Facultad, dejaron sus abrigos y sombreros, es decir, la fe infantil que les reconfortaba, en el guardarropa. Porque en la teología hay que enfrentarse a todas las preguntas y desafíos de la fe y buscar razones para nuestra esperanza (1 Petr 3,15): así que no debemos acostumbrarnos a tener demasiado calor, cuando hay tantas cuestiones por aclarar y hace tanto frío en el mundo.

Pues bien, si salen de la casa de la teología y se "olvidan" el sombrero y el abrigo en el guardarropa, entonces han estudiado una mala teología que ha secado las razones del corazón, "les raisons du coeur", de las que hablaba Blas Pascal. No olviden el sombrero y el abrigo, la fe infantil, y traten de llegar a una segunda ingenuidad, a una fe que ha pasado por el fuego de la crítica pero que sigue calentando nuestro corazón. No desvelo demasiado si les digo que todavía, peinando canas, sigo rezando al ángel de la guarda, como me enseñó mi abuela, y que cuando canto la Salve Regina con la gente de mi pueblo, que no ha estudiado teología, siento la misma emoción interior de la infancia. La fe es también una cuestión del corazón, no sólo del entendimiento. No lo olviden en su trabajo.

Todo esto estaba en el discurso anónimo que encontré en los archivos de la Facultad de Teología. Como me gustó tanto, se lo he contado. Pueden decir que todos los decanos de la Facultad de Teología de Friburgo estarían dispuestos a firmar este discurso; pero para que no siga siendo anónimo en los archivos de la Facultad, lo firmaré con mi nombre. Espero que sus estudios en nuestra Facultad les hayan enriquecido académica, espiritual y humanamente. Y espero que podamos seguir contando con Ustedes: como antiguos alumnos, amigos de "nuestra" facultad y como embajadores de la misma. No duden en decir por ahí que el decálogo del buen teólogo se observa en la Facultad de Teología de Friburgo... y pasen de vez en cuando a visitar a sus antiguos profesores.

 

Mariano Delgado

Religión Digital

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