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TEOLOGÍA DE LA GRATITUD

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Cuando el cristiano experimenta que su vida reposa en las manos de Dios, su existencia se transforma en acción de gracias. Es entonces cuando se hace consciente de la necesidad de orientarse al amor al prójimo, especialmente al más necesitado. Estamos de camino litúrgico a Pentecostés, el mejor momento para ahondar en la “teología de la gratitud” (Francesc Ramis) capaz de convertir nuestra vida en acción de gracias. Es decir, la manifestación más palpable de la madurez cristiana.

Si los primeros cristianos atrajeron seguidores no fue por su fe, sino por su manera de convivir y compartir. No fue por su doctrina, sino por la praxis que se derivaba de ella, por sus gestos de amor en respuesta a la iniciativa del Espíritu. Cuando el cristiano cree, agradece y ama; punto. Solo así podemos anunciar con credibilidad la fe que profesamos.

Hemos perdido buena parte de la frescura de la Eucaristía al anquilosarla en liturgias simbólicas, necesarias siempre que no ahoguen la vivencia que representan. Es preciso recuperar la importancia de abrimos a la escucha como lo hicieron los discípulos de Emaús que volvían desencantados hasta que escucharon al Resucitado y le reconocieron al partir de nuevo el pan. El culto posterior no fue un mero recuerdo, sino la celebración gozosa de la presencia viva de Jesús en medio de la comunidad a la cual insta a continuar con su Mensaje. La primera Carta de Pablo a la comunidad de Corinto sigue siendo la fórmula empleada para la Eucaristía actual: haced esto en memoria mía, hacer presente al Señor en nuestras vidas con su misma actitud y hechos. ¿Son así nuestras celebraciones? ¿De verdad que celebramos algo con espíritu fraternal y comunitario?

Aquellos primeros seguidores no fueron unos iluminados puristas sino hombres y mujeres que se mantenían abiertos y acogían a cualesquiera que estuviera dispuesto a seguir a Jesús y su Mensaje sin imponer limitaciones culturales o sociales, empezando por la circuncisión: gentes de la periferia, esclavos y mujeres, soldados, samaritanos, enfermos, pobres y marginados de todo tipo, extranjeros e incluso algunas personas cultas que dieron el paso al frente para dejarse transformar viviendo aquél cristianismo incipiente. Y lo vivían muy conscientes de lo que Dios hace por cada uno de nosotros… ¡a través de nuestras manos! Lo que Henri Nouwen llamaba a la Eucaristía “mundana” y vida “eucarística” desde la experiencia de la vida como un don.

La Buena Noticia para que sea contagiosa, requiere de la credibilidad de los hechos. Nos escucharán en la medida que seamos creíbles. Y cuando no es así y actuamos de manera contraria a lo que anunciamos, se resiente y se paraliza la comunidad cristiana. En este tiempo recio y difícil que nos exige un plus para alejarnos de la tentación de la comodidad existencial como uno de los grandes obstáculos para no reconocer el camino. ¿Qué es la sinodalidad a la que nos convoca el Papa sino un salir de nuestra zona de confort para abrirnos con otra actitud a una Pascua comunitaria más auténticamente cristiana?, ¿una invitación a ensayar la autoridad que da la escucha y el servicio, en lugar de centrarnos en la norma hueca y el poder?

En la Eucaristía, la Palabra nos hace conscientes del poder transformador del amor de Dios y de su Espíritu que anida en nosotros. Comulgar después de escuchar la Palabra debiera crear comunidad verdadera entre nosotros para compartir el descubrimiento de quien está en el partir del pan y lo que esto significa. Eucaristía, en fin, es escuchar e invitar de nuevo a que Dios se quede con nosotros, como los amigos de Emaús. Y de seguido, salir a compartir la Buena Noticia mirando la existencia con ojos nuevos, de manera agradecida, alegre y sobre todo contagiosa. Sabemos que la oscuridad es pasajera porque una buena parte de su negrura somos capaces de clarearla e iluminarla con la actitud eucarística adecuada, agradecida siempre. Una y otra vez, abiertos al Espíritu que no deja de insuflar su fortaleza.

 

Gabriel Mª Otalora

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