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LLEGARON DE NOCHE... Y SALIERON AL ALBA

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Conmovido al recordar a los mártires, tras la visión emocionada de la película “Llegaron de Noche “. Por cierto Lucía, protagonista del film, vive en estos momentos fuera de su patria. Una emigración forzosa para proteger su vida perseguida por buscar y decir la verdad. Recordando también protagonistas con tanta vida o labor anónima y a tantos testigos impresionantes en esta labor callada, eficaz y fiel con los emigrantes, refugiados, expulsados. Y que nos exige trabajar por la comunión y por la inclusión, empujados sobre todo por el Evangelio. Una película con tres mujeres anónimas, Elba, Celina y Lucía, que sostienen junto a muchos otros, el relato recordado para recordarlo a otros. Tres mujeres. Que no se olvide.

De hecho hubo un primer título esbozado para la película que era “La mirada de Lucía”. Esa que se repite varias veces en un plano casi fijo de la película, entre las hojas de las persianas que no pueden encerrar la fuerza de dicha mirada y que se te clava en el corazón por lo que ve y por cómo nos mira.

El mismo nombre de Lucía ya apunta a su origen latino, que algunos traducen por «brillante» o «luminoso». Cuentan que en la antigüedad se les daba a las niñas nacidas al alba, en las primeras luces matutinas. Santa patrona para los que tienen la necesidad de ver. “Que Santa Lucía te conserve la vista” se suele decir. A Lucía, la testigo de los asesinatos de la UCA, se le ha conservado muy bien. Y sus ojos “han hablado” la verdad.

Me correspondió muchas veces comentar en prédicas y escritos el asesinato de mis compañeros y las dos mujeres. Esta vez me vino una frase intuitivamente cuando vi el definitivo título de la película: Me inventé una prolongación: “Llegaron de noche …y salieron al alba". Es decir, ellos, los militares salvadoreños, llegaron de noche –ellos, los que siempre son noche–. Y los “Otros” (los que siempre son “día”), las VÍCTIMAS, aparecieron al amanecer en un jardín… cuando las rosas que los recuerdan reciben las primeras gotas de rocío, aquellas que cambian la sangre por la transparencia y la claridad.

Siempre por los aniversarios de aquellas fechas o para suavizar la emoción doliente recurro previamente a la misma canción: Al Alba de Luis Eduardo Aute. Hoy tras ver la película lo he vuelto a hacer.

Y es que a uno, no quisiera que se le borraran las luces que algunas canciones encendieron en mi ánimo juvenil en tiempos sociopolíticos quizás más grises. O que colorean los grises de hoy día.

Por eso de vez en cuando susurro para mis adentros, como si quisiera volver a encender otras luces, la canción «Al alba» que por los años setenta (exactamente, en septiembre de 1975) compuso Luis Eduardo Aute. Un canto a la vida pero envuelto en una canción de amor, de despedida para siempre y como un alegato –me dijeron– contra la injusticia frente a unas condenas a muerte de entonces. Rosa León la grabó y el mismo Aute declaró que fue de las canciones que más veces interpretó.

Llegaron de noche. Como si se actualizara la canción: Si te dijera amor mío/que temo a la madrugada /no sé qué estrellas son esas /que hieren como amenazas/ni sé que sangra la luna /al filo de su guadaña

Pero fue al alba cuando les mataron. A los jesuitas y a Elba, y a Celina bajo la mirada de la luna y la de Lucía. Su muerte pues, es amanecer (no fue); es (no fue) señal de esperanza.

En su momento escribí, por mor del mismo acontecimiento, una carta a Elba, trastocando el nombre de «Alba», la madre y servidora fiel que murió con ellos. Porque los niños me han enseñado a jugar con los nombres. Y al suyo (¡Ay querida Elba!) sólo se necesitaba cambiar la «e» por la » a» y así podríamos llamarle Alba. Mientras que a Celina y a Lucía les mantenemos las mismas letras. No recuerdo ahora el nombre de la hija de Lucía, pero ahí está la pequeña de ojos grandes. Otra mujer, esta vez, anunciando el futuro y la esperanza.

Al alba, Elba y su hija Celina, unieron sus nombres (¡femeninos!) a los de Ellacuría, Segundo, Ignacio, Juan Ramón y Joaquín.

Su nombre y el de su hija –en su ser casi anónimo y humilde– (las primeras noticias del asesinato ni siquiera mencionaban a estas dos mujeres) son los que añaden mayor timbre de gloria a los títulos que nuestros compañeros tenían: Ellacuría, rector; Ignacio Martín-Baró S.J., vicerrector y fundador de IOP, Segundo Montes, licenciado, etc. Y Lucía centra ahora la película asociada al honorable título de empleada como los de Celina y Elba. Ella es Testigo fiel de un asesinato atroz necesitado todavía de justicia.

Desde hace más de treinta años escribo cartas privadas o públicas a Elba (Alba) con una pregunta que a mi entender sigue siendo interpeladora hoy mismo. ¿Sabes, Alba, que todavía hay aquí en España y allá en América curas y cristianos a quienes les cuesta salir afuera, como nos recuerda el Papa Francisco? Seguros en sus espacios, y con «sus» gentes», les incomoda el diálogo con los otros, con los distintos, con los diferentes. Cuesta hacer realidad la insistencia del Papa para el diálogo continuo con todos en una Iglesia que salga “al jardín” del acompañamiento a los pobres.

Qué ironía. Dios mío, que trágica ironía. Aquellos que pretendían encerrar para siempre, resulta que los expusieron a la luz del día. A la vista de todos. Como si esas manos asesinas, al masacrar afuera vuestros cuerpos, (a algunos los mataron “dentro”) sirvieran de instrumento para publicar sus vidas vueltas hacia el mundo, en su sitio: en el jardín y no en el dormitorio. Al alba y no en la noche.

Los cuerpos –el cuerpo femenino y materno de Elba y Celina, y el de los demás– arrastrados afuera, a la calle, al jardín, al mundo…: ¡qué gran homilía sin palabras! La vida cristiana es de puertas afuera: En diálogo con otras razas, con otras culturas, con otras religiones, con increyentes...

¡El cristiano es “para”…el mundo! Para más amar y seguir a Cristo

El recuerdo cruel -¿entendéis ahora lo de mi recuerdo gris?- se transforma en sentimiento agradecido: ¡gracias a ti, Lucía, a Celina y a Elba y al de los jesuitas asesinados (¡compañeros del alma, compañeros!) porque voceáis con vuestro cuerpo –hoy rosas– y con vuestras vidas que el «compromiso bajo la cruz en la lucha de nuestro tiempo no puede desprenderse de la lucha por la justicia que la misma fe exige».

Miles de buitres callados/van extendiendo sus alas/no te destroza amor mío/esta silenciosa danza. / Maldito baile de muertos/pólvora de la mañana.

«En este aniversario les recordamos especialmente como personas que lucharon para que no hubiera excluidos de esa gran familia que es y debe ser la humanidad. La humanidad es una, y nadie puede ser excluido de la misma. Bajar de sus cruces a los crucificados de la historia, en frase feliz de Ignacio Ellacuría, es luchar por la inclusión en el modo de vida humano que la igual dignidad de la persona exige» son palabras que tengo como recuerdo de José María Tojeira. Era su Superior de entonces y es buscador infatigable de la justicia y la reconciliación junto a tantos otros.

Hoy recuerdo a mis compañeros asesinados en El Salvador. Y mi mirada se nubla en la contemplación del jardín de las siete rosas, con el rocío de la mañana y con mis lágrimas, porque este alba puede ser también la última para muchos de los que atraviesan el mar o los desiertos , o sufren y mueren la tierra azul y amarilla de Ucrania y en tantas otras rutas

El esposo de Lucía era panadero en su tierra. Y quizás la noche anterior (retomo mi recuerdo de Elba-Alba), en su trabajo en la casa de los jesuitas, cualquiera de ellas les hubiera servido, un pan cocido, caliente especialmente preparado para ellos; para esos compañeros de Jesús, que al alba, correrían su misma suerte.

Poco imaginarían que sus cuerpos iban a ser también partidos y repartidos como el otro pan cocido, como el otro pan caliente, que las manos de los sacerdotes consagraban y entregaban hecho cuerpo de Cristo en la eucaristía.

Que el gallo cante la venida del alba para que por medio de Santa Lucía se cieguen de luz todos los ciegos. Con esa luz que estáis gozando ahora (lo pedimos con todas las fuerzas), contemplando el Rostro del Padre.

Hoy lo voy a tener muy presente cuando parta y reparta una VIDA que se entregó a mediodía y que resucitó al alba. Al alba. La que venció a los que llegaron de noche.

 

Jose Luis Pinilla Martin S.J

Religión Digital

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