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EL OBISPO ESTÁ EN ESPAÑA PARA RECAUDAR FONDOS PARA LA RECONSTUCCIÓN DEL SEMINARIO DE BANGASSOU

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Monseñor Juan José Aguirre Muñoz (Córdoba, 5 de junio de 1954), misionero comboniano, obispo español y titular de la diócesis de Bangassou (Reública Centroafricana), está en Madrid para ayudar a organizar una comida solidaria en favor de la reconstrucción del seminario menor de Bangassou, desmantelado. La diócesis subsiste gracias a la Fundación Bangassou, un inmeso río de solidaridad en palabras del misionero.

Hablamos con él sobre la guerra de Ucrania, las guerras, en general. La destrucción y los corazones rotos. Denuncia los distintos niveles de acogida en los países, según de dónde lleguen las personas. De la pederastia en la Iglesia. Y del efecto bálsamo de las vistas del Papa a los lugares heridos. "Hay unas 25 a 30 guerras o conflictos graves actualmente en el mundo, siempre horribles como la de Ucrania". Centro África no es una excepción. "La cuestión religiosa es una cortina de humo para esconder fines económicos y razzias de minerales".

"Cuando yo fui a África por primera vez hace 43 años no me acogieron con vallas, todo lo contrario, África fue como un alfarero que me enseñó a vivir de nuevo y a rezar, me enseñó el valor de la acogida sin condiciones". "Aquí, en general, solo los deportistas africanos son acogidos como lo fui yo en África"

-¿Cuál es el objetivo de la comida del día 12 de marzo en el Círculo de la Amistad de Córdoba y cómo se puede colaborar?

-He venido hace semanas para ayudar a organizar una comida solidaria en favor de la reconstrucción del seminario menor de Bangassou. Hace 5 años acogimos a 2000 hermanos musulmanes amenazados de un genocidio por rebeldes no musulmanes que los querían exterminar. Los acogimos a 50 metros de mi casa sin condiciones, mis curas, las monjas y yo sabíamos de la factura a pagar y lo hicimos con el Evangelio en la mano. Estuvieron 4 años y medio. Volvieron a sus barrios reconstruidos pero se llevaron nuestras sillas, mesas, puertas, ventanas, hasta el altar de la capilla. Con esta comida solidaria, el pueblo cordobés empatiza con este proyecto de Bangassou pues queremos reconstruirlo todo. En ese seminario se formó de niño el actual Cardenal de Bangui y hasta algunos actuales ministros del país.

-¿Sin la solidaridad recabada por la Fundación Bangassou su diócesis podría subsistir?

-La Fundación Bangassou es una ayuda grandísima desde hace 23 años que soy obispo de Bangassou. Nos ayudan también las cofradías de varias provincias, ayuntamientos y diputaciones, la Iglesia de Córdoba, organismos varios, Manos Unidas y Ayuda a la Iglesia que sufre, conventos de clausura y muchas personas particulares, familias de muchas provincias, mi propia familia, mi hermano Miguel, mi sobrino Pablo, mis Combonianos… Un inmenso río de solidaridad.

-¿Le duele la invasión de Ucrania? ¿Le duelen tanto o más las guerras olvidadas de África, algunas muy cerca y hasta dentro de Centroáfrica?

-Esta guerra de Ucrania es horrible por los desastres que produce, las heridas que abre y el futuro incierto que crea. Hay unas 25 a 30 guerras o conflictos graves actualmente en el mundo, siempre horribles como la de Ucrania. La de Arabia Saudita contra el Yemen es abominable y encima allí no les damos las armas al agredido sino que se las vendemos al agresor y le ponemos la alfombra roja cuando vienen a comprar fragatas de guerra, balas y fusiles automáticos.

Guerras de baja intensidad como la de Centroáfrica, en donde yo estoy metido hasta el cuello, guerras a cámara lenta, guerras en donde no se usan drones como en el Yemen o en Ucrania sino la violación colectiva de mujeres como arma de guerra, o el fuego o el hambre, sembrar el terror en definitiva. Así pasa en la guerra del este del Congo que dura ya 30 años, guerra brutal por el control del coltán con el que fabricar los componentes electrónicos de los drones, entre otras muchas utilidades. En el norte de Mozambique, en Siria por el Isis, en Asia, en el norte de Burkina o en el Malí en donde el agresor es aún el infame estado islámico, una minoría de radicales que avergüenzan a millones de musulmanes moderados.

La agresión de paramilitares extranjeros, de corte islámico, en la más completa impunidad, siempre con fines económicos financiados y armados por terceros países, eso hemos vivido en Centroáfrica desde hace 10 años. En una guerra dar armas para que se defiendan los agredidos puede hacer parte de la ética de la guerra, como también encontrar salidas para los desplazados, para la gente más vulnerable. Hay que buscar mediadores discretos que lleven discusiones para buscar la paz, para que la agresión impune acabe, mediadores que consigan que la población civil sea protegida.

-¿Qué siente ante los riesgos que corren los africanos al tener que asaltar las vallas de Melilla o de Ceuta o cruzar el Estrecho en pateras?

-Me da mucha pena porque veo diversos niveles de acogida. Estos africanos de la valla, sobre todo los de África negra, nos enternecen cuando son niños, pero cuando ya han crecido y están en las puertas de Melilla, o el Tánger nos interesan menos. Muchos acaban vendidos como esclavos o carne humana en los puertos del mundo de los petrodólares o en el submundo de Internet... Sin embargo están huyendo de situaciones de muerte como en Ucrania y son también los hermanos que el evangelio nos pide de acoger. Europa ya acogido a muchos. Pero lo de la valla de Melilla me da grima y tristeza. Son hermanos. Son muy pobres y vulnerables. Me desagrada también la violencia que veo en algunos de ellos. Cuando yo fui a África por primera vez hace 43 años no me acogieron con vallas, todo lo contrario, África fue como un alfarero que me enseñó a vivir de nuevo y a rezar, me enseñó el valor de la acogida sin condiciones. Aquí, en general, solo los deportistas africanos son acogidos como lo fui yo.

-¿Tras tantos años de conflicto, Centroáfrica es viable como país libre? ¿Qué componente religiosa hay en el conflicto centroafricano?

-La guerra en Centroáfrica busca el poder, la posesión de riquezas naturales como el litio, manganeso, wolframio, diamantes y oro y otras muchas materias primas de las que carecen en muchos países ricos. Tendrán que pasar años antes de que Centroáfrica sea protagonista de su propio desarrollo y de sus riquezas naturales. La cuestión religiosa es una cortina de humo para esconder fines económicos y razzias de minerales. Aunque más de uno quiso también que Centroáfrica se convirtiera en un estado islámico que tuviera la sharia como religión del poder. Pero el componente religioso es secundario, creo yo.

-¿La guerra, la malaria y el Sida siguen matando en Africa?

-Llevamos 10 años de guerra larvada, en momentos de baja intensidad, en momentos de explosiones de crudeza. El covid nos afectó a muchísimos pero de manera asintomática. Ha habido también una selección natural en la población. Nuestros problemas siguen siendo la malaria, el sida, las diarreas infantiles y la desnutrición. Ahora se detectan también muchos accidentes cardiovasculares… La guerra en Centroáfrica ha creado muchos shocks postraumáticos, muchas heridas del corazón… En el centro de nuestras predicaciones está el perdón. Sin él, la vida se convierte en una mochila llena de piedras.

-¿La plaga de la pederastia afecta también a la Iglesia africana?

-Si por supuesto. Es un crimen aprovecharse de personas vulnerables, si es un religioso es doble crimen porque al abuso indigno se añade la confianza con que la víctima se ha acercado a su agresor. Hay muchos casos de pederastia en familias, en el barrio, miles de casos en las grandes ciudades, en ambientes militares… y millones, yo creo que por desgracia, quedan en la impunidad. En nuestra conferencia episcopal damos siempre la prioridad a las víctimas y protección. Creo que en el continente africano algunas heridas sanan antes, como si los africanos estuvieran hechos de otra pasta, tienen en general una resiliencia extraordinaria. He aprendido mucho de ellos en ese sentido…

-El anunciado viaje del Papa a Congo y Sudán ¿aportará esperanza a todo el continente?

-Una visita papal es siempre una bocanada de aire fresco, un impulso hacia adelante. Su presencia toca a todos los componentes de la sociedad, no deja indiferente a nadie, zarandea todas las conciencias… Será así para el Sudán y el Congo.

Del Sudán, la guerra civil marcó a toda una generación. Miles de mujeres siguen aún en el norte de Uganda cuando huyeron de Sud Sudán, muchas de ellas violadas por los policías de la frontera y que viven desde entonces en campos de desplazados de miles de personas. Testigos son un puñado de congregaciones religiosas que viven con ellos. Todos recordamos con emoción aquella foto de Papa Francisco de rodillas delante de los presidentes del norte y de Sur Sudán, besando sus zapatos para pedirles que buscaran la paz.

Y en el Congo, la guerra del este, la zona del coltán vecina a Rwanda, Uganda y Burundi, el caos de todo el país, la corrupción increíble y, en medio de todo una conferencia episcopal corajuda, que denuncia sin miedo e intercede por los pobres, una Iglesia vivísima que endulza el caos ambiente. Miles de misioneros y misioneras viven en aquel país sembrando paz, pidiendo justicia, evangelizando humildemente en unas condiciones caóticas… El Papa Francisco será un revulsivo para todos.

 

José Manuel Vidal

Religión Digital

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