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CAMINO DE ESPINAS

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Lc 4, 21-30

«… lo llevaron a un barranco del monte sobre el que estaba edificada la ciudad…»

Tenemos tendencia a pensar que la vida pública de Jesús tuvo dos etapas distintas; la primera gloriosa en Galilea con multitudes que le seguían entusiasmadas, y la segunda dramática en Jerusalén, donde fue sometido a pasión y muerte.

Pero ésta es una percepción errónea, o al menos incompleta, porque la predicación de Jesús estuvo siempre marcada por la incomprensión. Ni sus discípulos más cercanos le entendían, y aunque le seguían fascinados, tuvo que morir para que le entendiesen y creyesen en él (Jn 20,8). En esta situación, no es difícil imaginar que en muchos momentos Jesús se habría sentido frustrado y fracasado.

¿Pero, por qué no le entendían?...

Pues porque eso era lo natural. Su misión era proclamar a Abbá —el Padre que nos ha engendrado por amor y nos perdona siempre y sin condiciones—, y precisamente en el origen de la misión estaba también el origen del problema; porque Abbá tenía poco que ver con el Dios que proclamaban los doctores y los santos de Israel.

Ambos colectivos habían rechazado su mensaje desde el principio y se habían posicionado inequívocamente en su contra. Y no les faltaba razón. Habían consagrado su vida al Dios de Abraham, al Dios de Moisés, en definitiva, al Dios de la Tradición, y aquella nueva doctrina era para ellos la mayor de las imposturas. No les cabía duda de que aquel nazareno que la pregonaba era un farsante; y además un farsante peligroso, porque si triunfaba, ellos —junto a los sacerdotes— serían los más perjudicados.

Pero, aparte de escribas y fariseos, para cualquier israelita la conversión a Abbá suponía abandonar al Dios de sus padres, renunciar a la tradición y lanzarse al vacío, y éste era un plato demasiado fuerte para el que no estaban preparados. Por eso, todo cuanto le oían decir lo amoldaban a la horma de sus tradiciones, y todo acababa interpretándose en clave política. Les entusiasmaba lo de Jesús, pero no podían aceptar que aquello pudiese entrar en conflicto con sus creencias milenarias.

Como decía Ruiz de Galarreta: «Los judíos estaban dispuestos a aceptar que “Jesús era el Mesías”, pero Jesús les invita a otra aceptación: aceptar que “el Mesías era él”, y no lo que esperaban, sino otra cosa muy distinta…»

La consecuencia fue que sufrió un permanente acoso, que en Nazaret trataron de despeñarlo, que los fariseos le acusaron de blasfemo y de actuar en nombre de Belcebú, y que sus familiares se lo quisieron llevar porque pensaban que estaba loco. Finalmente, una muchedumbre quiso proclamarle rey, y al negarse, se produjo tal desbandada entre sus seguidores que tuvo que replantearse todos sus planes.

Cuando subió a Jerusalén por la Pascua, ocurrió que los levitas lo prendieron, el sanedrín lo condenó a muerte y los romanos lo crucificaron… Ciertamente no fue un camino de rosas, pero tuvo el coraje de mantener su compromiso hasta el final.

 

Miguel Ángel Munárriz Casajús

Para leer el comentario que José E. Galarreta hizo en su momento, pinche aquí

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