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SABIDURÍA Y NECEDAD

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Lc 4, 16-21

«Me ha enviado a sanar a los quebrantados de corazón, a pregonar libertad a los cautivos y vista a los ciegos, a poner en libertad a los oprimidos»

En un momento determinado de su vida, Jesús deja su oficio y abandona Nazaret para dedicarse a una vida de profeta itinerante. Alcanza la fama en el entorno del lago de Genesaret, y cuando regresa a su tierra es rechazado por sus antiguos vecinos. Nada de particular, sobre todo teniendo en cuenta la cantidad de farsantes que se lanzaban entonces a los caminos de Galilea a predicar cualquier ocurrencia.

Vamos pues a fijarnos en el texto de Isaías leído por Jesús en la sinagoga.

Desde la más remota antigüedad, y en todos los ámbitos geográficos y todas las culturas, han surgido personas con una especial intuición de Dios —o una especial comunicación con Dios— que nos han revelado su sabiduría; la sabiduría de Dios.

En este hecho se da además una circunstancia reveladora, y es que aunque en el mundo encontramos culturas muy distintas, los principios morales y sapienciales son idénticos en todas las grandes religiones y los grandes sistemas filosóficos, lo que nos mueve a pensar que su origen tiene que ser el mismo; es decir, que Dios procura la felicidad de sus hijos y se vale de estos personajes para señalarles el camino.

Esta idea nos invita a revisar nuestro concepto de religión. Es habitual concebir la religión como un conjunto de normas o mandamientos de carácter ético cuyo cumplimiento nos acerca a Dios, pero quizá fuese más apropiado ver la religión como un cauce a través del cual los seres humanos vamos desentrañando la sabiduría de Dios; vamos encontrando las claves para lograr la felicidad que Dios quiere para nosotros.

¿Pero cuáles son esos grandes principios?... Pues en el fondo de todos ellos encontramos una misma idea: las actitudes humanitarias llenan de sentido nuestra vida, nos producen la plenitud del alma —del ánimo— y, en definitiva, nos producen felicidad… Muy sencillo y muy gratificante.

Pero llega un momento de la historia en que la humanidad en su conjunto empieza a dudar de estos grandes guías; en que pierde la fe que sus mayores tenían en sus criterios, y empieza a pensar que todas aquellas cosas que han soportado la vida humana a lo largo de los siglos, no son más que prejuicios que nos alienan, nos infantilizan y que debemos superar…

Y renunciamos a su sabiduría. Y cometemos la necedad de confiar nuestra vidas a unos guías que ni conocen el camino ni les interesa que nosotros lo conozcamos; que nos han arrebatado el sentido de nuestra vida y nos han convertido en algo muy parecido a un grupo de excursionistas perdidos en un bosque que camina en círculos a machetazos, arrasándolo todo y dejando por el camino un reguero de víctimas que no pueden aguantar el ritmo de los más fuertes.

 

Miguel Ángel Munárriz Casajús

Para leer el comentario que José E. Galarreta hizo en su momento, pinche aquí

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