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SINODALIDAD Y CONVERSIÓN. RETOS Y DESAFÍOS PARA UNA IGLESIA SINODAL

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La Iglesia sinodal hacia la que estamos caminando es una comunidad de comunidades fraternas y misioneras al servicio de la sociedad del tercer milenio. La sinodalidad (comunión, participación y misión) se desarrolla desde una eclesiología de la comunión. Supone una espiritualidad del “nosotros eclesial” frente al individualismo del “yo” y una corresponsabilidad de todos en la misión evangelizadora de la Iglesia. Es un «nosotros» inclusivo, en el que cada «yo» es un actor protagonista. La sinodalidad supone que todos los bautizados toman en serio su bautismo, se sienten partícipes de su comunidad eclesial y agentes responsables de los proyectos pastorales. Toda la Iglesia es misionera. Eclesiología del pueblo de Dios, “Iglesia en salida”. Una Iglesia centrada en la misericordia y el servicio al necesitado. Esta es la Iglesia del concilio Vaticano II.

Para llegar a ser una Iglesia sinodal necesitamos una conversión personal (cambio de mentalidades) y una reforma de estructuras o institucional. Ya sabemos que la sinodalidad supone aprender a ser y actuar de otra manera a como venimos haciendo en nuestra Iglesia. Vivir este estilo y práctica sinodal implica cultivar y desarrollar actitudes espirituales que ya hemos visto: la escucha, el diálogo, la empatía, el compartir, la libertad interior y la libertad de expresión. También la humildad, la búsqueda de la verdad y, sobre todo, la fe y la confianza en que Dios espera de nosotros este cambio. Hemos de confiar en el Espíritu que actúa en cada uno de nosotros y en el grupo que camina junto, porque no podemos olvidar que este proceso sinodal es, ante todo, una experiencia espiritual, del Espíritu, un camino abierto y no trazado de antemano. Tenemos que estar abiertos a la sorpresa que nos depara este proceso, tejido por los encuentros, el diálogo, la enseñanza mutua, el compartir experiencias que amplían y modifican la visión estrecha de cada uno. Este camino sinodal es un camino de humanización y fraternidad que nos hace ser «familia» y construir comunidad.

El cambio de mentalidades o de las ideas previas acerca de la Iglesia, su misión (su manera de ser y actuar), el papel de los personas, clero y laicos, en ella, la reformas de su estructura y organización (enseñanza, santificación y gobierno) que nos propone el modelo de Iglesia sinodal (una Iglesia Comunión vs Iglesia Jerárquica-piramidal) el papa Francisco nos avisa de que es fácil de decir y no tan fácil ponerlo en práctica. Es evidente. Por eso hay que trabajarlo. No es dado, hay que querer, buscar y ejercitar. Aprender a cambiar cambiando. Con esta convicción: La sinodalidad, la reforma de la Iglesia y la conversión personal (clero y laicos) permanente son interdependientes. Están intrínsecamente relacionadas.

La sinodalidad implica que se reduzca la distancia histórica ente la jerarquía que decide, habla y enseña y el laico/a que oye, obedece y aprende. Este cambio de ser y actuar en la Iglesia afecta, consecuentemente, a los laicos y a la jerarquía. Uno no cambia si el otro no lo hace. En una Iglesia sinodal todos enseñan y todos aprenden. En una Iglesia sinodal la jerarquía está al servicio del pueblo de Dios (pirámide invertida). Ministro viene de minor, menor, servidor. Un ministerio es un servicio a la comunidad. “El que quiera ser grande sea el servidor de todos y el que quiera ser primero sea el esclavo” (Mt20,25-27)

Nathalie Becquart, subsecretaria del Sinodo sobre Sinodalidad, en un artículo publicado en la revista Razón y Fe, 2021, t. 283, nº 1450, pp. 175-183, con el título La Sinodalidad, un camino de conversión comunitaria, escribe: “La sinodalidad es un camino de discernimiento en común, a la escucha del Espíritu. Es una llamada a la conversión personal, comunitaria y eclesial. También es un camino de conversión espiritual y pastoral… Para poner en práctica la sinodalidad, hay que preparar a los pastores en una pastoral sinodal. También los pastores tienen que convertirse. La Iglesia necesita hoy pastores formados en esta mentalidad sinodal para que ejerzan un nuevo estilo de liderazgo que puede caracterizarse como liderazgo colaborativo, ya no vertical y clerical, sino más horizontal y cooperativo. Se trata de un liderazgo de servicio que se traduce en una nueva relación con el poder y en una nueva forma de ejercer la autoridad que la concibe como un servicio de la libertad”.

La Comisión Teológica Internacional, en su obra (de referencia necesaria) sobre La sinodalidad en la vida y la misión de la Iglesia, publicado en 2018, en una sección dedicada a la “espiritualidad de la comunión y la formación para la vida sinodal, afirma que para que la Iglesia llegue a ser ‘la casa y la escuela de la comunión’ necesita la conversión: “ Sin conversión del corazón y de la mente, y sin un adiestramiento ascético en la acogida y la escucha recíproca, de muy poco servirían los mecanismos exteriores de comunión”. En su capítulo 3ª La vocación sinodal del Pueblo de Dios encontramos propuestas para la realización de la sinodalidad a nivel de los sujetos, las estructuras, los procesos y los acontecimientos y el capítulo cuarto habla de la conversión necesaria para la sinodalidad desde una espiritualidad de comunión y una escucha y diálogo para el discernimiento comunitario. En este capítulo sobre La conversión para una sinodalidad renovada leemos: “La renovación sinodal de la Iglesia pasa indudablemente a través de la revitalización de las estructuras sinodales, pero ante todo se expresa en la respuesta a la gratuita llamada de Dios a vivir como su Pueblo que camina en la historia hacia la consumación del Reino”. Y en Para la renovación sinodal de la vida y de la misión de la Iglesia, «Toda la renovación de la Iglesia consiste esencialmente en el aumento de la fidelidad a su vocación. Por lo tanto, en el cumplimiento de su misión, la Iglesia está llamada a una constante conversión que es también una «conversión pastoral y misionera», consistente en una renovación de mentalidad, de actitudes, de prácticas y de estructuras, para ser cada vez más fiel a su vocación. Una mentalidad eclesial plasmada por la conciencia sinodal acoge gozosamente y promueve la gracia en virtud de la cual todos los Bautizados son habilitados y llamados a ser discípulos misioneros. El gran desafío para la conversión pastoral que hoy se le presenta a la vida de la Iglesia es intensificar la mutua colaboración de todos en el testimonio evangelizador a partir de los dones y de los roles de cada uno, sin clericalizar a los laicos y sin secularizar a los clérigos, evitando en todo caso la tentación de un excesivo clericalismo que mantiene a los fieles laicos al margen de las decisiones. La conversión pastoral para la puesta en práctica de la sinodalidad exige que se superen algunos paradigmas, todavía frecuentemente presentes en la cultura eclesiástica, porque expresan una comprensión de la Iglesia no renovada por la eclesiología de comunión. Entre ellos: la concentración de la responsabilidad de la misión en el ministerio de los Pastores; el insuficiente aprecio de la vida consagrada y de los dones carismáticos; la escasa valoración del aporte específico cualificado, en su ámbito de competencia, de los fieles laicos, y entre ellos, de las mujeres”. Con razón este documento, tiene como su conclusión el capítulo: “Caminar juntos en la parresía del Espíritu”. Porque esta conversión no es fácil.

La próxima reflexión será sobre “Sinodalidad y laicado”.

 

África De la Cruz Tomé

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