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LAS BIENAVENTURANZAS DEL OBISPO

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Podría confundirse con una beatería. Lo cuenta La Croix y también Exaudi. El papa Francisco acude a la Asamblea que celebran los obispos italianos. Se dice que, a Francisco, el papa del fin del mundo, no le siguen con demasiado entusiasmo los obispos italianos. Francisco ha aprovechado siempre estos contactos para establecer un diálogo sincero con ellos, sin discursos ni periodistas. Y ayer se sabe que les entregó un díptico. Una imagen del buen pastor y el texto de unas Bienaventuranzas del obispo, sacado (ahí está su habilidad) de la homilía del arzobispo de Nápoles en el consagración de sus obispos auxiliares. Así se va alineando el episcopado italiano en la línea sinodal pues ya están comprometidos con el sínodo que se celebrará el próximo mes de febrero en Florencia. Ojalá, una vez más, fueran imitados por los obispos españoles que en su mayoría, como le pasa a Osoro, no saben hablar al pueblo si no es con la mitra en la cabeza y leyendo papeles. AD.

Durante un encuentro estrictamente privado con los obispos italianos reunidos en Roma para la 75ª Asamblea General Extraordinaria de la Conferencia Episcopal Italiana, el Papa Francisco distribuyó a los presentes una tarjeta con la imagen del Buen Pastor y el texto de las “Bienaventuranzas del Obispo”.

Este es el texto.

Bienaventurado el obispo que hace de la pobreza y del compartir su modo de vida, porque con su testimonio construye el reino de los cielos.

Bienaventurado el Obispo que no teme enjugar su rostro con lágrimas, para que en ellas se reflejen los dolores del pueblo, los trabajos de los sacerdotes, encontrando en el abrazo con los que sufren el consuelo de Dios.

Bienaventurado el obispo que considera su ministerio un servicio y no un poder, haciendo de la mansedumbre su fuerza, dando a cada uno el derecho de ciudadanía en su propio corazón, para habitar la tierra prometida a los mansos.

Dichoso el obispo que no se encierra en los palacios de gobierno, que no se convierte en un burócrata más atento a las estadísticas que a los rostros, a los procedimientos que a las historias, buscando luchar junto al hombre por el sueño de justicia de Dios porque el Señor, encontrado en el silencio de la oración diaria, será su alimento.

Dichoso el obispo que tiene corazón para la miseria del mundo, que no teme ensuciarse las manos con el barro del alma humana para encontrar el oro de Dios, que no se escandaliza por el pecado y la fragilidad de los demás porque es consciente de su propia miseria, porque la mirada del Crucificado resucitado será para él un sello de perdón infinito.

Bienaventurado el obispo que destierra la duplicidad de corazón, que evita toda dinámica ambigua, que sueña con el bien incluso en medio del mal, porque podrá alegrarse del rostro de Dios, descubriendo su reflejo en cada charco de la ciudad de los hombres.

Bienaventurado el obispo que trabaja por la paz, que acompaña caminos de reconciliación, que siembra en el corazón del presbiterio la semilla de la comunión, que acompaña a una sociedad dividida en el camino de la reconciliación, que toma de la mano a todo hombre y mujer de buena voluntad para construir la fraternidad: Dios lo reconocerá como hijo suyo.

Dichoso el obispo que por el Evangelio no teme ir a contracorriente, poniendo una cara “decidida” como la de Cristo en su camino hacia Jerusalén, sin dejarse frenar por incomprensiones y obstáculos, porque sabe que el Reino de Dios avanza en la contradicción del mundo.

 

Redacción de Atrio

Traducción realizada con la versión gratuita del traductor www.DeepL.com/Translator

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