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EL SÍNODO Y LOS MERCADERES DEL TEMPLO

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Sobre este proceso sinodal, cumbre de la reforma propuesta por
Francisco a la Iglesia católica e incluso a las personas no creyentes que
estén interesadas en un impulso de libertad, igualdad y fraternidad en el
mundo de hoy, tenemos que volver en ATRIO una y otra vez. Hoy, el
Director de
La Civiltà Catòlica, Antonio Spadaro, muy unido a Francisco,
nos explica el sentido profundo de esta propuesta. AD.

La apertura del Sínodo sobre la sinodalidad el 9 de octubre de 2021 invita a preguntarse qué significa ser Iglesia hoy y su significado en la historia. Esta pregunta está también en la base del camino sinodal que está emprendiendo la Iglesia italiana y de los que están en marcha o inician en Alemania, Australia e Irlanda.

Aquellos que han seguido las Asambleas del Sínodo de los Obispos en los últimos años ciertamente han visto cuánta diversidad da forma a la vida de la Iglesia Católica. Si alguna vez una determinada latinitas o romanitas constituyó y marcó la educación de los obispos -que, entre otras cosas, entendían al menos un poco de italiano-, hoy la diversidad emerge con fuerza en todos los niveles: mentalidad, lengua, abordaje de los temas. Lejos de ser un problema, es un recurso ya que la comunión eclesial se realiza a través de la vida real de los pueblos y las culturas. En un mundo fracturado como el nuestro, es una profecía.

No debemos ver la Iglesia como un juego de Lego con ladrillos que encajan perfectamente. Ese sería un mago mecanicista de la comunión. Mejor pensamos en ello como una relación sinfónica, de diferentes notas que juntas dan vida a una composición. Si tuviéramos que llevar la imagen más allá, diría que no es una sinfonía donde las partes ya están escritas y asignadas, sino más bien un concierto de jazz, donde se sigue la inspiración compartida en el momento.

Aquellos que han tenido la experiencia de los recientes Sínodos de Obispos habrán percibido las tensiones que surgieron dentro de la Asamblea, pero también el clima espiritual en el que estaban, en su mayor parte, inmersos. El Papa ha insistido mucho en el hecho de que el Sínodo no es una asamblea parlamentaria donde la gente discute y vota para decidir los asuntos por mayoría. La figura principal, en realidad, es el Espíritu Santo, que “mueve y atrae”, como escribe san Ignacio en sus Ejercicios espirituales. El Sínodo es una experiencia de discernimiento espiritual en busca de la voluntad de Dios para la Iglesia.

Que esta visión del Sínodo es también una visión de la Iglesia no debe cuestionarse. Hay una eclesiología, madurada a lo largo de los años gracias al Concilio Vaticano II, que se desarrolla hoy.

* * *

Para ello, es necesario escuchar atentamente. Escuchar a Dios, en la oración, en la liturgia, en los ejercicios espirituales; escuchar a las comunidades eclesiales en sus intercambios y debates sobre experiencias (porque es sobre las experiencias donde se puede hacer el discernimiento y no sobre las ideas); escuchando al mundo, porque Dios está siempre presente allí inspirando, moviendo, conmoviendo. Tenemos la oportunidad de convertirnos en “una Iglesia que no se separa de la vida”, dijo Francisco, saludando a los participantes al comienzo del camino sinodal (9 de octubre).

El pontífice lo resumió entonces de esta manera: “Habéis venido por muchos caminos diferentes y desde distintas Iglesias, cada una con sus propias preguntas y esperanzas. Estoy seguro de que el Espíritu nos guiará y nos dará la gracia de avanzar juntos, de escucharnos y de embarcarnos en un discernimiento de los tiempos que vivimos, en solidaridad con las luchas y aspiraciones de toda la humanidad”. Poner a la Iglesia en estado sinodal es ponerla inquieta, incómoda y tensa porque la agita el soplo divino, al que ciertamente no le gustan las zonas seguras ni las áreas protegidas: sopla donde quiere.

La peor forma de hacer un sínodo entonces sería tomar el modelo de conferencias, congresos, “semanas de reflexión”, e imaginar que de esta manera todo podría proceder de manera ordenada, incluso cosméticamente. Otra tentación es la excesiva preocupación por la “máquina sinodal”, para que todo funcione según lo planeado.

Si no hay sensación de vértigo, si uno no experimenta el terremoto, si no hay una duda metódica, no una duda escéptica, la experiencia de una sorpresa incómoda, entonces quizás no haya un sínodo. Si el Espíritu Santo está en acción, dijo Francisco una vez, entonces “patea la mesa”. La imagen tiene éxito porque es una referencia implícita a Mateo 21:12, cuando Jesús “volcó las mesas” de los cambistas.

Para hacer un sínodo tenemos que expulsar a los comerciantes y vuelcan sus mesas. ¿No sentimos hoy la necesidad de una patada del Espíritu, aunque solo sea para despertarnos de nuestro letargo? Pero, ¿quiénes son los “mercaderes del templo” hoy? Solo la reflexión en oración puede ayudarnos a identificarlos. Porque no son pecadores, no son los “distantes”, los incrédulos, ni los que profesan ser anticlericalistas. Al contrario, en ocasiones nos ayudan a comprender mejor el precioso tesoro que guardamos en nuestras pobres vasijas de barro. Los comerciantes siempre están cerca del templo, porque allí hacen negocios, allí venden formación, organización, estructuras, certezas pastorales. Los comerciantes inspiran la inmovilidad de las viejas soluciones para los nuevos problemas, es decir, la solución segura de segunda mano, que siempre es un “parche”, como la define el pontífice. Los comerciantes se enorgullecen de estar “al servicio” de los religiosos.

Hacer un sínodo implica ser humilde, concentrarse en los pensamientos, pasar del “yo” al “nosotros”, abrirse. Llama la atención en este sentido, por ejemplo, lo que el Relator General del Sínodo, Cardenal Jean-Claude Hollerich, afirmó en su saludo el 9 de octubre durante la inauguración: “Debo confesar que todavía no tengo idea de qué tipo de instrumento escribir. Las páginas están vacías, depende de ti llenarlas “. Es necesario vivir el tiempo sinodal con paciencia y expectación, abriendo bien los ojos y los oídos. “Ephphatha, es decir: ‘¡Ábrete!’” (Marcos 7, 34) es la palabra clave del Sínodo.

Roland Barthes, distinguido lingüista y semiólogo, entendió que los Ejercicios Espirituales de Ignacio de Loyola sirven para crear un lenguaje de interlocución con Dios compuesto por escuchar y hablar. Es necesario comprender que el Sínodo, a su manera, comparte esta naturaleza lingüística, del creador del lenguaje. Por eso es importante el método, es decir, el camino y las reglas del viaje, especialmente en función de la participación plena.

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En definitiva, la dinámica que se desarrolla en el Sínodo puede describirse como una “puesta en juego”. Por ejemplo, jugar al fútbol no solo significa patear una pelota, sino también correr tras ella, involucrarse con las situaciones que ocurren en el campo. De hecho, “el juego logra su propósito solo si el jugador se sumerge totalmente en él”, como escribe Gadamer en su famoso ensayo, Verdad y método. El foco del juego, entonces, no son los jugadores, sino el juego en sí, que cobra vida a través de los jugadores. Este es, en definitiva, el espíritu del Sínodo: finalmente ponerse de verdad en el juego siguiendo la dinámica animada por el Espíritu.

 

Redacción de Atrio, 22-noviembre-2021

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