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DINA, LA HIJA DE JACOB Y LAS DINAS ACTUALES

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25 de Noviembre: Día contra la violencia de género

Era una mañana como cualquier otra. Toda la tribu de Jacob había llegado sin novedad a la ciudad de Siquem y acamparon frente a ella después de que Jacob comprara a los hijos de Jamor, padre de Siquem y rey de aquella ciudad, la parcela de campo donde desplegó sus tiendas. Y allí Jacob erigió un altar en agradecimiento a Yahweh porque tanto el lugar como la ciudad parecían ofrecer buenas oportunidades.

Llevaban varios días acampados y la rutina del campamento ya se había instalado. La hija de Jacob, Dina, habida de su relación con Lía, su primera mujer, no era considerada por su padre ni por ninguno de sus hermanos como alguien especial a pesar de ser la única descendiente mujer de toda la prolífica descendencia. No tuvo, por tanto, ninguna dificultad en salir del campamento para pasear por la gran ciudad de Siquem. Le dijo a su madre que quería conocer a las mujeres de la ciudad. Y marchó sola.

Todo era novedoso para ella. Acostumbrada a vivir en tiendas, las casas le parecían mansiones pero se fijaba en las mujeres, sobre todo en las mujeres. Parecía que acababan de salir de una fiesta, de la alegría que mostraban. No conocía su lengua, no entendía lo que hablaban pero al pasar junto a ellas le sonreían con tanta amabilidad que la tentación de acercarse a ellas se repetía cada vez que se cruzaba con uno de los grupos. Hasta que decidió hacerlo. Se detuvo frente a uno de ellos mientras se decidía y no dejaba de mirarlas. Mantuvo esa actitud tanto tiempo que algunas de las mujeres le hicieron ademán de que se acercara. Le hablaban, le hablaban aunque ella se limitaba a sonreír y a encogerse de hombros por no entenderlas. Cada una fue diciendo su nombre al señalarse con su propio dedo. Ella lo entendió y también les dijo el suyo: Dina. Entre todas se ofrecieron a enseñarle toda la ciudad. Parecía que no tenían obligaciones. Cuando se cruzaban con algún joven o un grupo de jóvenes, se ponían nerviosas y cuchicheaban mucho. En un momento determinado se cruzaron con un joven muy bien parecido y que vestía elegantemente. Ninguna de ellas cuchicheó sino que se pusieron serias y muy altivas. Dina no entendía lo que estaba pasando pero no le pasó inadvertido que aquel muchacho se parara y se le quedara mirando. Era a ella a quien miraba. Su mirada era tan penetrante que consiguió ponerla nerviosa. Él llamó a una de las jóvenes y hablaron un rato. Con frecuencia la señalaban, unas veces con la mano otras con un dedo hasta que la joven retornó al grupo. La cogió por los hombros, la giró hacia él y le hizo ademán con una mano al mismo tiempo que empujaba su espalda en dirección a aquel joven. Se acercó temblorosa. Él le retiró el velo que cubría sus cabellos y señalándose le dijo su nombre: Siquem. Hizo lo mismo y pronunció su nombre: Dina. Los dos se miraban detenidamente y Dina comprobó de cerca que era aún más bello y atrayente. Le cogió de la mano y empezaron a caminar. Iba confiada y contenta, segura de que ningún mal le pasaría. No sólo aquel pueblo le invitaba a la confianza sino las mujeres también y el joven le pareció respetuoso y considerado con ella, algo desacostumbrado entre los varones de su pueblo. Al llegar a una de las viviendas, que indudablemente era una mansión, la invitó a pasar dentro hasta llegar a una dependencia ricamente adornada. Ambos se sentaron en una cama y empezaron a quitarse la ropa. Dina nunca había tenido una experiencia igual. Como él se mostraba tranquilo y lento en sus gestos, ella lo imitó y se fueron desnudando paulatinamente.

Aquel encuentro entrañable tuvo sus repercusiones, tanto más cuanto que Siquem se la presentó a su padre Jamor, rey de la ciudad, para manifestarle el deseo de tomarla como mujer. Jamor, confiando en la decisión sincera de su hijo, salió de la ciudad para hablar con Jacob, a quien puso al tanto de la determinación de su hijo. Al enterarse, los hijos de Jacob se enfadaron mucho por la situación, ya que consideraron lo sucedido como una humillación para su hermana y una afrenta para ellos. Pero Siquem estaba tan enamorado de Dina y con una férrea voluntad de seguir adelante que no tuvo reparo en decir a Jacob y a sus hijos que estaba dispuesto a darles lo que le pidieran. Sin embargo los hermanos se negaban a dejar a su hermana a un incircunciso. Así que le propusieron que se circuncidaran todos los varones de la ciudad con idea de emparentarse los dos pueblos como les había propuesto Jamor, rey de Siquem. Tanto al rey como a su hijo les pareció acertado el trato y Siquem no tardó en poner en práctica el acuerdo que fue extensible a todos los habitantes de Siquem. Los dos pueblos intercambiarían todas sus pertenencias, incluyendo a las mujeres, como parte de ellas.

Así lo hicieron todos los habitantes de Siquem. Se sometieron a la circuncisión pero al tercer día, mientras estaban convalecientes por el proceso, dos hijos de Jacob, Simeón y Leví, cada uno con su espada entraron en la ciudad y mataron a todos los varones, se apoderaron de sus ganados y de todo lo que había en la ciudad y saquearon todas sus haciendas. Jacob recriminó a sus dos hijos ya que habían roto un pacto y destrozado un buen proyecto de futuro para su pueblo. Estaba tan enfadado con ellos que no les dejó ninguna bendición al morir. En ningún momento se le preguntó a Dina algo sobre sus sentimientos o su opinión sobre aquella frustración que vivió. Solo contaba la soberbia herida de los varones. Partieron de Siquem después de purificarse, dejando tras de sí muerte y desolación.

Dina siguió con su pueblo pero nada dicen las Escrituras de cuál fue su futuro. ¿Qué podría hacer una muchacha en un pueblo que la consideraba como una prostituta por lo que había hecho? Acudiría a su madre Lía, con quién encontraría consuelo pero era impensable que se pudiera casar con alguien, formar su propia familia y tener hijos. Todo desapareció de su vida por la brutalidad de sus dos hermanos. Presumiblemente ninguno de ellos se acercaría a ella para consolarla. Había quedado impura para el resto de sus días.

No he conocido personalmente unos truculentos episodios como aquellos pero sí conocí a una mujer M.H.S. que no se pudo casar porque sus hermanos no aprobaban su relación con un muchacho de fortuna, trabajador y honrado. Al ser la única hija de seis hermanos, era la predestinada a cuidar de todos los de la casa, incluyendo no sólo a sus padres sino a los posibles varones solteros, como así ocurrió. Murió ciega y sola después de toda una vida de permanentes cuidados. ¿Cuántas esperanzas truncadas tuvo esta mujer por la decisión de sus hermanos? Pero eso no contaba como en el caso de Dina. Nadie en toda la familia tomó partido por ella para, al menos, paliar algo de aquel atropello que todos consideraron comprensible.

La obra del Espíritu en el mundo de las Escrituras se expresa a veces mediante imágenes que explícitamente se desarrollan en el campo tradicional de la actividad de las mujeres. Es descrito como una mujer que teje una nueva vida en el seno materno (Sal 139,13); como una comadrona que trabaja hábilmente con los que padecen para producir una nueva creación (Sal 22, 9-11); como una lavandera que restriega manchas de sangre hasta que la gente quede como nueva (Is 4,4;Sal 51, 7-9) o como una madre que da a luz y cuida de sus criaturas (Dt 32, 18; Nm 11, 12-13; Is 42, 14; Is 49, 15).

La Escritura, escribe el Concilio Vaticano II, enseña “firmemente, fielmente y sin error la verdad que Dios quiso que se registrase en los escritos sagrados para nuestra salvación” (D.V. 11). Si todas estas imágenes del Espíritu han quedado como un Testamento donde encontrar la salvación, ¿por qué no son utilizados estos episodios como los de Dina en las parroquias locales para que tales horrores no se vuelvan a repetir? Lamentablemente se repiten pero está en manos de todos los que nos consideramos incorporados al mensaje de Jesús el que se puedan impedir. Estas mujeres encontrarían su salvación.

 

Amelia Hidalgo Jiménez

Licenciada en C. Biológicas

Profesora Religión Católica Secundaria

Estudios de Teología Feminista (EFETA)

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