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JUSTICIA INJUSTA

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Todo el mundo está de acuerdo en que el asesinato de un inocente es un crimen horrible que clama justicia. Sin embargo muchos han creído equivocadamente (y algunos siguen creyendo), que esa justicia consistía en la pena de muerte para el asesino. Y durante las discusiones pasadas para abolir la pena de muerte, muchos partidarios de la abolición recibían el calificativo de “cómplices” de los grandes delincuentes.

Con toda serenidad, y apelando a lo mejor de cada uno, quisiera que nos planteemos la pregunta de si algo de eso mismo puede estar dándose hoy en el caso de la pederastia clerical, sobre todo por arte de algunos medios de comunicación y  otras instituciones parecidas. Que la pederastia clerical es algo monstruoso no se cuestiona ahora. Pero sí preguntamos si la reacción contra ese crimen ha sido todo lo justa que debía ser. Ya avisó Simone Weil hace casi un siglo de que nuestra época confunde la justicia con la venganza. Y, en bastantes casos da la impresión, por la forma como se denuncia, de que lo que se persigue es más atacar a la Iglesia, que combatir esa lacra y ayudar de veras a las víctimas a rehacerse. Doy por sentado que a la Iglesia hay que criticarla más que a ninguna otra institución. Pero hay que criticarla para que se mejore, no para acabar con ella.

Dividiré estas reflexiones en dos partes, no sin temor de que se me tache de cómplice de los pederastas.

1.- Las personas. Desde el punto de vista creyente, existe una máxima bien difícil (pero de gran talla humana) que reza así: “odiar al pecado y amar al pecador”. Desde un punto de vista más laico, algo de eso se traduce en la paradójica afirmación de que el acusado sigue teniendo una serie de derechos: a la presunción de inocencia hasta que las pruebas sean contundentes, derecho a defenderse y a tener un abogado, a la prescripción legal (que no moral) del delito, al arrepentimiento y a la valoración de todos los factores que pueden ser atenuantes (o agravantes) del delito…

-  Por poner un ejemplo de este último caso, antaño se repetía una consideración que parece hemos olvidado ya: muchos agresores de hoy habían sido agredidos ayer cuando eran niños (en campos como violencia, sexualidad o engaño) y no supieron integrar esa agresión. De eso ya no se habla hoy sino que se acusa a todos los pederastas por igual. Tampoco se nos dice si el abuso fue una práctica habitual o un caso aislado. Estos son elementos fundamentales para emitir un juicio. Y no es justo calentar los ánimos sin poner sobre la mesa esos factores y otros semejantes que puede haber. Por favor, no caigamos en actitudes típicas de los tiempos de la Inquisición, cuando lo que quería la gente era culpables (herejes o brujas) contra los que descargar su agresividad: porque, aunque por fortuna los tiempos han cambiado, la pasta humana sigue siendo la misma.

-  Por otro lado, es absolutamente comprensible que las víctimas no consigan integrar los derechos del victimario. No hay que culparlas por ello, pero sí mirar de ayudarlas. El drama monstruoso de ETA ya puso eso de relieve en algunos casos, que contribuyeron más a dificultar que a ayudar a la solución del problema. Hace poco me vi envuelto en uno de esos jaleos típicos de un señor que había abandonado sin más a su mujer, se había ido con otra, había abusado sexualmente de su hija y otras florituras de ese género. Y recuerdo que su hijo mayor (cristiano por otra parte) me decía: “no puedo perdonar a mi padre; aunque quiera no puedo”. Me pregunté cómo reaccionaría yo si me hubiera pasado eso a mí; y me pregunté también cómo me gustaría haber reaccionado en esa hipótesis. No sé si desde aquí conseguí ayudar a aquel buen hombre.

-  Finalmente hay que decir algo sobre las “indemnizaciones monetarias”. El dinero quiere ser aquí solo un gesto de impotencia, al que se recurre porque no se ve otra manera de ayudar a la víctima. Pero, por favor, no lo tomemos como un precio: ni para curar a la víctima ni para comprar su silencio. Me parece muy poco afortunada esta frase de una de esas víctimas: “mi violación solo vale 7500 euros” (aludiendo además a que en USA se había “pagado” mucho más). La palabra “vale” es de lo más desafortunado: porque parece sugerir que, si le hubieran dado más, se habría quedado tranquilo y desagraviado; con lo cual devalúa sin querer la afirmación de quienes sostienen que esos abusos dejan un trauma muy profundo en la víctima.  El autor de esa palabra sabrá seguramente que la mayoría de las prostitutas de hoy declaran que se sienten “violadas”, y varias veces seguidas, cuando realizan su “trabajo”; y encima obligadas a sonreír y mostrarse alegres en eso. Y por un precio muy inferior a los 7000 euros que, además, ni se lo quedan ellas...

Cuidado pues, no aproximemos ni de lejos del drama de la pederastia a la vergüenza de la prostitución.

2.- La institución. Esto por lo que hace a las personas concretas. Por lo que toca a la institución las cosas se complican todavía más porque es necesario, para juzgar, tener en cuenta muchos más factores. Pondré solo algunos ejemplos.

-  No me parece honesto poner grandes cifras de abusos en los titulares y luego no decir (o decirlo como de pasada en el texto) que se trata de un porcentaje del 4% del clero. Cambia mucho el juicio sobre una institución que tiene solo un 4% de degenerados (por censurable que esto siga siendo) o que está casi toda compuesta por degenerados.

-  No me parece honesto hablar solo y constantemente de los pecados de la Iglesia en este campo, sin decir una sola palabra (o solo una palabrita muy pequeña y de pasada), ni investigar cuáles son las cifras de abusos en otras profesiones e instituciones: profesores, sobre todo de natación o de gimnasia, entrenadores, abogados u otros cuidadores en casos de dificultad de la familia, tíos, hermanos mayores o padres. Ahora que llevo más de 50 años con trabajo pastoral, puedo confesar que el campo que más ha desbordado las ideas que yo pudiera tener recién ordenado, sobre los problemas con que iba encontrarme, ha sido el de padres que abusan o intentan abusar de hijas suyas. Si lo que de veras nos interesa es la ayuda a las víctimas, creo que habría que investigar más este campo para conocer las causas de esa lacra.

Y otro ejemplo: cuando las pasadas olimpíadas se nos dijo que toda la dificultad de Simone Biles venían solo de que se sentía sobreexigida. No supimos que ella y todo el equipo de gimnasia norteamericano habían sido abusadas ya desde las olimpíadas de Río en el 2016, mientras la Federación de Gimnasia de EEUU (y parte del FBI) encubría todas las denuncias. Vean si pueden la película “Gimnasta A” de Bonni Cohen y John Shenk, donde se denuncia a 54 entrenadores y un “médico depredador" que da subtítulo a la película.

-  No acabo de entender dos datos del pasado informe de la Iglesia francesa: 330.000 mil casos de abusos y unos 3000 curas abusadores. Una simple división da un porcentaje de 110 víctimas por cura. ¿No falla algo ahí? Menudos “Casanovas” debían ser esos curas.

Y quede claro que aplaudo de corazón la conducta de la iglesia francesa y pido sinceramente a la iglesia de España que haga lo mismo.

-  No me parece honesto que ningún medio haya informado de que en 1977 hubo un manifiesto de la izquierda francesa (firmado por más de 70 intelectuales, entre otros M. de Foucault, J. P. Sartre y Simone de Beauvoir) que proclamaba el derecho a la pederastia, y que ya comenté en con más detalle en otro post de este mismo portal. Eso puede tener algo que ver con el dato de que, entre los casos estudiados, casi dos terceras partes estén en la segunda mitad del siglo pasado. Quizá pues no es una excusa cómoda cuando se dice que, por suerte y gracias a Dios, hoy ha habido un cambio de mentalidad en este campo. Yo aún recuerdo de niño la frase (para casos así) de que “la ropa sucia hay que lavarla en casa”. Y conste que deseo con toda mi alma que esto que digo no sean escapatorias, sino elementos de análisis para llegar a una justicia más plena.

-  Un último elemento de esta reflexión institucional puede ser la petición de suprimir el llamado secreto de confesión. Esto sugiere algunas reflexiones.

a.- La historia de la Iglesia cuenta con algunos curas asesinados por no revelar el secreto de confesión. Uno de ellos canonizado: San Juan Nepomuceno asesinado por el rey Wenceslao de Bohemia porque no quiso revelar nada de lo que se confesaba la reina Isabel, de la que su marido sospechaba lo peor. Cuidado pues no sea que, en vez de obtener más información, metamos en las cárceles de Francia algunos curas: porque eso haría daño a la lucha contra la pederastia.

b.- Caso de que se suprimiera ese secreto, lo único que parece se seguiría es que muchos abusadores dejaran de ir a confesarse, cosa que dudo hagan ahora, al menos en el caso de abusadores habituales: porque un requisito para la absolución es el propósito de enmienda.

c.- Me consta de algún caso en que el abusador, descontento de sí mismo, ha buscado la ayuda de un psiquiatra. ¿Quedará disuelto también el “secreto profesional” para ese psiquiatra? Dudo que muchos lo aceptasen.

d.- En la moral que yo estudié se nos decía que, en caso de algún escándalo público, hay que decir al que viene a confesarlo que o se entrega él a la policía o se le niega la absolución. Y la moral que yo estudié no era demasiado progresista.

Cuidado pues: no vayamos a dar la sensación de que más que resolver el problema de la pederastia, lo que se intenta es quitarle una pieza a la Iglesia. He dicho varias veces que a una buena causa se le hace más daño defendiéndola mal desde dentro, que atacándola desde fuera.

3.- En conclusión: Puedo haberme equivocado en algo, pero solo pretendo que este doloroso y asqueroso problema se resuelva de la mejor manera posible: reconstruyendo plenamente a las víctimas y ojalá también a los victimarios. Que no parezca que hoy las dos instituciones más enemigas del cristianismo son el yihadismo africano y algunos medios de comunicación españoles: el primero más bien por las virtudes del cristianismo y el segundo por los pecados de la iglesia. Pero la impresión es la misma.

P.D. También me parece injusta la dimisión del deán de la catedral de Toledo por el caso del baile de Tangana. Pero eso ya no cabe aquì. Quede para otro día el explicarlo.

 

José Ignacio González Faus

Religión Digital

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