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EL LUGAR DE LA MUJER EN LA RELIGIÓN CATÓLICA

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(WEBINAR)

Amelia Hidalgo Jiménez

Actualmente y desde mediados del siglo XIX, se admite la existencia de una Fase Matriarcal de la Religión, anterior a la Patriarcal. Los hallazgos de Bachofen[a] y Morgan[b] no plantean dudas, al menos en muchas culturas, sobre la autoridad que tenía la madre en la familia y en la sociedad por lo que se la consideraba como la diosa, el Ser superior. Es la fase de la religión considerada matriarcal. El amor de la madre no es discutible porque, al mismo tiempo que envuelve y sobreprotege a las crías no se puede controlar ni adquirir. Sólo su presencia sacia la dicha de los hijos, y su ausencia repercute muy negativamente en ellos porque se sienten abandonados. La madre los ama sencillamente porque son sus hijos y nada más. Esa sería la característica determinante de ese período inicial. Un período de trato igualitario. No ama a sus hijos porque sean buenos, obedientes, o cumplan sus deseos y órdenes, y los trata a todos como iguales. Esta idea se podría aplicar a la Naturaleza y llegar a la conclusión de que todos los seres humanos son iguales, porque son todos hijos de una madre, hijos de la Madre Tierra. Sin embargo, sólo conocemos plenamente la Fase Patriarcal. El padre ocupa el lugar de la madre, tanto en la sociedad como en la religión. Ésta pérdida es irreparable y el padre se convierte en el Ser Supremo de todo. La sociedad cambió radicalmente porque el amor del padre se basa en la obediencia a sus mandatos, estableciendo principios y leyes y exigiendo su cumplimiento. Nace así lo que se denomina la propiedad privada porque el hijo más obediente heredará sus posiciones. Como consecuencia, la sociedad patriarcal es jerárquica y competitiva. En las culturas egipcias, hindúes o griegas, o las religiones judeo-cristianas o islámicas, los dioses dominantes son masculinos. Sobre ellos reina un dios principal, donde todos los dioses han sido subordinados a Uno, el Dios masculino. ¿Cómo se ha configurado entonces la figura de la madre amante en el panteón de las religiones? No se pudo prescindir de ella porque el ser humano anhela el amor materno y se mantuvieron las diosas, en mayor o menor medida, en ese panteón.

Como no podía ser menos, la Biblia comienza ensalzando a Dios quien, por su palabra, creó un mundo perfecto. No se trata de una enseñanza científica, sino de una contemplación religiosa de lo establecido en la Naturaleza. Los autores del Génesis ni podían saber, ni les preocupaba cómo apareció el mundo o el hombre. Su interés fue buscar, en lo que veían y palpaban, enseñanzas religiosas para la vida. La Biblia no es un libro de historia, ni de moral, ni de ciencia. El lenguaje del científico es lógico y técnico: busca la precisión; el del autor bíblico es metafórico, simbólico: busca la belleza y la reflexión interior de la vida cotidiana. No puede existir un conflicto legítimo entre ciencia y religión: la ciencia sin religión está coja y  la religión sin ciencia está ciega. (Albert Einstein)

Los temas del comienzo de la Biblia (Gn 1; 2, 1-4) son Dios, el hombre, el cosmos y el descanso sabático/semanal. Recrea la aparición del hombre sexuado, varón y hembra, cima de la creación. El ser humano, varón y hembra, es la imagen de Dios, su reflejo y su doble; y es su semejanza, en cuanto es posible que lo divino se refleje en algo limitado y temporal. El Creador los hace partícipes de su poder de dar vida y los asocia a su obra al concederles el señorío sobre lo creado. Surge por tanto la siguiente pregunta: ¿De dónde viene el desorden que sufrimos? La respuesta dio origen al segundo relato de la creación, escrito en tiempos diferentes y con finalidades diferentes al primer relato. En este segundo texto (Gn 2, 4b-25) las relaciones de ambos personajes entre sí, pues andaban desnudos, es de plena confianza entre ellos y para con Dios. Esa confianza se pierde con la duda que les presenta la serpiente: de que podían ser como dioses. El diálogo que se entabla entre la mujer y el reptil está todo construido en plural lo que lleva a pensar presumiblemente que el mensaje es dirigido hacia los dos. No es solo la mujer la que sucumbe al “Seréis como Dioses”. Ambos comieron la fruta prohibida. Ambos quisieron ser más que Dios. Sin embargo, el narrador ha pretendido culpar sólo a la mujer en estos relatos convirtiéndola en la primera y única responsable de la ruptura entre la pareja y Dios. Habían perdido la confianza: “y cosiendo hojas de higuera, se hicieron unos ceñidores”. (Gn 3, 7b) Las diferentes culturas patriarcales y la historia, han hecho el resto. Ha sido más bien la organización masculina de la sociedad y de la Iglesia la que excluyó nuestros cuerpos, los silenció, los acusó y los confirmó como cuerpos secundarios y dependientes de los masculinos (Ivone Gebara). Dado que la humanidad evolucionó desde una estructura centrada en la madre a una centrada en el padre, ese Dios patriarcal despótico y celoso arraigó en la mente de muchos hombres de fe. Así se transmitió la idea de que Dios considera al hombre que él ha creado como objeto de su propiedad hasta tal punto que le amenaza y le castiga. Pero a lo largo de toda La Historia de la Salvación (que se inicia con Abraham y culmina en Jesús de Nazaret) va evolucionando la figura de un Dios padre autoritario para dejar paso poco a poco a un Dios que es misericordia, a un Dios que es verdad, a un Dios que ama como una madre. La razón de que la persona de Jesús de Nazaret sea para la Religión Cristiana el centro y el fin de esa Historia de Salvación es precisamente porque Él nos dejó la semblanza de ese Dios. Un Dios que perdona, ama y restituye: “…pero convenía celebrar una fiesta y alegrarse, porque este hermano tuyo estaba muerto, y ha vuelto a la vida; estaba perdido, y ha sido hallado”. (Parábola del Hijo Pródigo Lc 15, 11-31)  Palabras que bien podrían aplicarse no sólo al hijo pródigo sino a las mujeres porque sanan y restablecen la dignidad de las mujeres. Y otros pasajes también ponen de manifiesto la sanación de las mujeres, como los siguientes: “…Y a esta mujer, que es Hija de Abraham,… ¿no estaba bien desatarla de esta ligadura en día de sábado?” (La mujer encorvada Lc 13, 10-17); “…Tampoco yo te condeno. Vete, y en adelante no peques más”. (La adúltera Jn 8, 1-11). E incluso la incluye a nivel de los varones: “…María ha elegido la parte buena, que no le será quitada”. (Marta y María, Lc 10, 38-42) o la eleva por encima de ellos: “…Pero vete donde mis hermanos y diles: Voy a reunirme con el que es mi Padre y vuestro Padre, mi Dios y vuestro Dios”. (La Resurrección Jn 20,11-18)

Tanto el mensaje y la práctica central del Evangelio, aunque se ha desarrollado en una cultura patriarcal, no han excluido o destruido los cuerpos femeninos de forma directa. Pero la organización eclesial ha procurado consolidar la actitud sumisa de la mujer y tradicionalmente han sido relegadas a una posición subalterna, inferior, subordinada y dependiente. Al mismo tiempo, las mujeres han interiorizado una relación excluyente entre ellas, entre el poder y la espiritualidad, hasta tal punto que el crecimiento espiritual femenino suele asociarse a la renuncia y al alejamiento del poder. Sin embargo, la teología feminista y los movimientos de mujeres han puesto de manifiesto cómo la experiencia religiosa puede ser fuente de empoderamiento para las mujeres al convertirse en un espacio que potencia su autonomía y su voluntad, generando nuevos recursos a la hora de ampliar su participación en la toma de decisiones en todos los ámbitos existenciales, en pie de igualdad con los varones. El Dios que nos refleja Jesús es un Dios que mantiene con nosotros una interrelación de amor y que rompe con el orden establecido basado en el dominio y la sumisión. ¿Cómo se ha podido olvidar este mensaje? ¿Realmente estaban las mujeres avocadas a una sumisión o ellas mismas creían que era la única forma de evitar su soledad y su angustia?

Teniendo en cuenta que el Catolicismo intenta escuchar a Jesús que pregonaba la igualdad, no se entiende cómo tantas mujeres en la Biblia han podido pasar inadvertidas y sin embargo son personas dignas de relevancia y de análisis profundo por sus actitudes vitales en medio de adversidades y, a veces, de atroces contratiempos. Podríamos nombrar la risa de Sara, mitad incrédula, mitad esperanzada, la humillación de Agar, la astucia de Rebeca, la complicidad de Lía con su hija Tina, la paciencia de Raquel, la soledad de Tamar, el sufrimiento de las esclavas de Lía y Raquel, la valiente determinación de Sifrá y Púa, comadronas de Egipto, la arriesgada actitud de la madre y la hermana de Moisés, la desgarradora historia de la hija de Jefté o el pavoroso final de la mujer del levita en Guibeá. Y muchas más, hasta llegar a María de Nazaret que supo dialogar y enseñar a su hijo una conducta a seguir en el trato no discriminatorio con las mujeres y resaltar su valía como personas independientes. Esto nos lleva a cuestionar, descubrir y mostrar cómo fue construida la memoria de las mujeres, tanto sus presencias y ausencias como sus modos de entender y vivir la fe.

En los últimos tiempos, particularmente a partir del Concilio Vaticano II ha habido un cambio de rumbo sustancial. Una de las afirmaciones de dicho Concilio, recogida en la Constitución pastoral de la Gaudium et Spes, puntualiza:

Para cumplir esta misión (renovar la sociedad humana) es deber permanente de la Iglesia escrutar a fondo los signos de los tiempos e interpretarlos a la luz del Evangelio, de forma que, acomodándose a cada generación, pueda la Iglesia dar respuesta a los perennes interrogantes de la humanidad sobre el sentido de la vida presente y de la vida futura y sobre la mutua relación de ambas.” (GS. 4)

En el diagnóstico entre la vida presente y la vida futura es imprescindible tener en cuenta toda la sabiduría de las mujeres acumulada entre tantos años.

Al final de los Documentos Completos del Concilio, hay un apartado específico para las mujeres que precisa lo siguiente:

“La Iglesia se enorgullece, vosotras lo sabéis, de haber ensalzado y liberado a la mujer, de haber hecho resplandecer en el transcurso de los siglos, en la diversidad de caracteres, su igualdad fundamental con el hombre. Pero llega la hora, ha llegado la hora, en que la vocación de la mujer se cumple en plenitud, la hora en que la mujer adquiere en la sociedad una influencia, una irradiación, un poder jamás alcanzado hasta ahora.”

Aunque las siguientes líneas del citado documento intentan delimitar los espacios femeninos a los cuidados maternales, no podemos dejar pasar las novedosas palabras anteriores, proferidas en medios eclesiales y que, en su momento, impulsaron a muchas mujeres a posicionarse, al menos críticamente, ante sus limitadas situaciones.

Existe una anécdota ocurrida durante los debates sobre los documentos del Concilio: Rosemarie Goldie[c], una de las Madres Conciliares, respondió a Yves Congar[d], cuando éste quiso contemplar en el documento una expresión comparando a las mujeres con la delicadeza de las flores y los rayos del sol: “Padre, deje fuera a las flores. Lo que las mujeres quieren de la Iglesia es que sean reconocidas como personas plenamente humanas”.

En opinión de muchos estudiosos y muchos miembros de la Iglesia, los caminos que trazó el Concilio Vaticano II, continúan sin ser recorridos. Desde algunos sectores sociales y eclesiales se intenta desprestigiar el movimiento de mujeres y su reflexión. En un momento de cambios en la Iglesia, cuando por primera vez se habla de forma oficial de que es necesario una teología de las mujeres y hecha por mujeres, las teólogas visibilizan su historia y comparten lo que siguen haciendo desde décadas. ¿Qué mujer no añora que se le trate como persona antes que como mujer? Esta podría ser la base de un feminismo serio. Los esfuerzos de estas teólogas feministas dieron paso a relecturas bíblicas diferentes, a comprensiones dogmáticas y a prácticas eclesiales que invitaban a un acercamiento distinto a las comúnmente aceptadas. Además señalan pistas para continuar la investigación que, a modo de una habitación con distintas puertas, nos permita avanzar en este recorrido fecundo ya iniciado.

Con motivo del V centenario del nacimiento de santa Teresa se produjo en la Iglesia Católica un acercamiento a las mujeres que a lo largo de la historia se empoderaron a partir de su experiencia espiritual y buscaron, siempre con dificultades y confrontación, un espacio de palabra y autoridad en los conventos, lejos del oficio maternal obligado. Lo que está en juego no es un “problema de mujeres”. Se trata de la propia relevancia y del mensaje revolucionario de Jesús, y también de lo que se espera sea el mensaje de la Iglesia.

Muchas mujeres de distintas religiones miramos críticamente nuestra comunidad y soñamos estrategias y herramientas que nos hagan construirla y transformarla para mejorar. Son imprescindibles en un diálogo interreligioso. Es, por tanto, necesario un cambio de enfoque para poder vivir en la cotidianidad cada religión, con humildad y honestidad. Hemos aprendido muchas cosas en estos años posteriores al Concilio Vaticano II, lo que, casi nos obliga a seguir en la pugna escuchando a Jesús, y cambiar lo necesario para no perdernos del camino andado.

 

Amelia Hidalgo Jiménez

Lda. En Ciencias Biológicas

Estudios de Teología Feminista. Escuela Feminista de Teología de Andalucía-EFETA

Profesora de Religión en Enseñanza Secundaria

 

[a] Johann Jakob Bachofen (1815-1887) fue un juristaantropólogo, sociólogo y filólogo suizo, teórico del matriarcado

[b] Lewis Henry Morgan (1818–1881) fue un abogado, antropólogo y etnólogo estadounidense, considerado uno de los fundadores de la antropología moderna.

[c] Rosemary Goldie AO (1916 - 2010) Fue una teóloga católica australiana.

[d] Yves Congar  (1904-1995) Fraile dominico y teólogo católico, inicialmente cuestionado por la Santa Sede, fue uno de los artífices intelectuales del Concilio Vaticano II.

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