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MUDA CANCIÓN DE CUNA

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Con motivo de la reforma que tiene previsto abordar el gobierno de la ley que regula el aborto, el polémico tema ha retornado al debate público. Concretamente se desea derogar la necesidad de que las jóvenes de 16 y 17 años cuenten con el permiso de los progenitores para interrumpir el embarazo. También se pretende eliminar los tres días de reflexión que se requiere a las mujeres para poder realizar esa interrupción. Las diferentes fuerzas políticas se apresuran a hacer valer de nuevo sus posiciones al respecto.  

Hay cuestiones que deberían quedar fuera del recurrente contencioso. El respeto a la intimidad de una mujer debería ser sagrado. Nadie tendría que juzgar sus decisiones a propósito de ese vientre que crece día a día. Flaco favor hacen a la causa del respeto a la vida quienes exhiben pancartas acusatorias o realizan declaraciones que apuntan con el dedo. Igualmente para muchos de nosotros y nosotras, sagrada es también la criatura que late en el interior de la mujer. No lo sería menos la objeción del médico que no desea entrar en un quirófano en el que la diminuta criatura será depositada en un cubo. ¿Es posible aunar los respetos, compatibilizar todas estas sacralidades? Hay que por lo menos intentarlo. Nos jugamos la madurez de una sociedad en el intento.

Para que así sea posible, todas las partes concernidas en el debate han de ser impecables. Huelgan declaraciones como las de la Directora del Instituto de la Mujer, Toni Morillas, en el sentido de que hay que “normalizar que el aborto es una prestación sanitaria más.” Por lo menos la trivialidad debiera ausentarse cuando el bisturí rompe, rasga y quita, cuando se acalla el latido. Si acabar con el embrión físico de un ser, representa una “prestación” más de la Seguridad Social, es que nuestra sociedad manifiesta preocupantes síntomas de deshumanización. No puede ser mero “trámite” frustrar un proyecto de vida.

La inconsciencia puede hacer daño, pero lo generará en mayor medida si es fomentada desde instancias políticas. La cultura del progreso a veces arrasa con la vida. Los políticos y políticas de izquierda tienen pendiente un mayor rigor a la hora de encarar las cosas trascendentales o lo que es lo mismo, las cuestiones vitales, las que atañen a la esencia de lo que somos. Libertad siempre, clínicas abiertas también, si la mujer desea consumar el comprometido acto, pero falseamiento de la información nunca. 

Después de una era profana, en la que el dislate llega a asaltar titulares, ha de venir una era de mayor conciencia y responsabilidad. Tiene que alcanzarnos un nuevo tiempo, no un tiempo de izquierdas, por supuesto tampoco un tiempo de derechas; tiene que venir un tiempo definitivamente nuevo e integrador en el que la vida torne sagrada, en el que torne sagrado cuanto nos rodea, por supuesto el reino vegetal, los árboles y las plantas, por supuesto los animales que ya no explotaremos en granjas, ni llevaremos a los platos, por supuesto la vida humana en todas sus formas y estados que nadie osará ya cuestionar.

Necesitamos rehacer el cordón umbilical que nos une a lo desconocido, a la embrionaria magia destinada a romper en sollozo. Lo sagrado, lo intocable necesita reencontrar el lugar del que ha sido desplazado. No estamos reivindicando un púlpito trasnochado, tampoco llamando a otra cita en una anacrónica plaza de Colón. No estamos contraponiendo, estamos sólo afirmando. No hay ánimo de beligerancia, sino de defensa. La cultura del mal entendido progreso debería ir agotando su cuota de quirófanos y silencios. Nunca pujaremos para cercenar libertades, pero sí y tenazmente para que no se hurte la verdad, para que no se propague la confusión en la que tantos caímos.

Necesitamos un tiempo sagrado desbordado de un nuevo amor, de una cultura de donación, en el que toda vida, no importa su manifestación, dimensión u origen, sea escrupulosamente respetada. Venimos de vuelta de las clínicas a las que jamás hubimos haber llamado y pedido turno. Ya hemos dejado demasiadas cunas enmudecidas. Nuestra culpa acusa cierta rebeldía cuando se banaliza esa muerte tan temprana que llamamos aborto. La culpabilización de la joven que pide cita en esas clínicas, las manifestaciones intimidatorias a sus puertas son mayúsculo desatino, pero el debate ha de estar abierto y sin trampas, ni ocultamientos en el campo necesariamente amable y transparente del cruce de ideas y valores.

 Koldo Aldai

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