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CAMINAR JUNTOS POR LA SENDA DE LA FRATERNIDAD

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Se cumple un año de Fratelli tutti. Poco tiempo, a mi modo de ver, para desentrañar la riqueza de la tercera carta encíclica del papa Francisco. Llega en un momento de la historia en el que se alza como un plan oportuno y necesario para acercarnos al ideal de una humanidad nueva por la senda que ha de llevar a una fraternidad universal. Sumándome a la celebración de este aniversario, comparto algunas reflexiones suscitadas hace un tiempo por Fratelli tutti para la vida consagrada, que extiendo aquí a las otras formas de vida cristiana teniendo en cuenta la actual expectativa sinodal.

Aún en tiempo de pandemia, aprendiendo buenas lecciones, vemos hechos tristes y preocupantes junto a señales de esperanza. Desde luego, sigue siendo un gran desafío la cuestión de las relaciones humanas, por una parte, y de los hombres con Dios, por otra, para que terminen unidas las dos vías en un mismo sentir y obrar.

El Jesús del Evangelio cuestiona todo tipo de inmovilismo que deje impasible o indiferente al ser humano y nos impulsa a crecer y aspirar a un orden superior en el que se resuelvan y desaparezcan las enemistades, los enfrentamientos, los conflictos cronificados, haciendo esfuerzos por cuidarnos unos a otros (cf FT 57).

Cuidado

¡Cuidar! ¡Qué hermoso verbo para conjugaren la vida y qué gran reto! Ojalá «la sociedad de los cuidados» sea una buena lección aprendida durante el tiempo de pandemia que se quede entre nosotros para tratarnos más como hermanos.

Guiados por el papa Francisco y su certera exigencia a los miembros de la Iglesia Pueblo de Dios, debemos tener en cuenta que la fraternidad que podemos ofrecer al mundo con proyección universal, ha de comenzar por la propia casa. Cada discípulo misionero debe desarrollarla según la vocación a la que ha sido llamado y los dones que ha recibido.

En este sentido, esperamosdelmatrimonio y la familia que continúen siendo buenas escuelas de fraternidad, como también de filiación en una generosa apuesta por la familia ampliada, germen de otra gran familia (cf FT 62), la familia humana (cf FT 100, 127).

Confiamos que los pastores sean, además de ministros de la reconciliación, buenos constructores de puentes, artífices de concordia y muñidores de unidad, ayudados por los diáconos. Ansiamos que las personas consagradas, especializadas en la vida fraterna en comunidad, vivan y transmitan un fuerte espíritu de comunión y de acogida incondicional.

En suma, que cada discípulo misionero ponga empeño y dé fruto según lo que ha recibido en aras de la fraternidad universal. Empeño y fruto de hermanos y hermanas que se hacen cargo del dolor ajeno, interiorizándolo como propio, y no ceden a la tentación de pasar de largo o convertirse en salteadores, iluminados por la parábola del buen samaritano.

La fraternidad que comienza por cada uno y en su propia casa se convierte en vereda por la que nos reconocemos capaces de cargarnos al hombro unos a otros, a pesar del vértigo que una acción tan extraordinaria produce, tanto con los conocidos como con los desconocidos.

Esta decisión sostiene a los heridos y levanta a los apaleados con alegre esperanza. No puede ser de otro modo. De suerte que el camino se va despejando de asaltantes e indiferentes, que son dos tipos de personas muy próximos entre sí. Los discípulos misioneros de Jesús no hemos de rechazar ni temer a nadie, ni cuando nos descubrimos doloridos nosotros mismos, ni cuando encontramos a una víctima, ni cuando llevamos samaritanamente a algún herido (cf FT 70). En todo caso, debemos temer y rechazar que aumente la lista de los que pasan de largo. No olvidemos que en la parábola aquellos que no se detienen son personas religiosas, algunas plenamente dedicadas a dar culto a Dios (cf FT 74). Seamos previsores con nosotros mismos sin juzgar a los demás hermanos.

La fraternidad representa una fuerte llamada a vivir la vocación cristiana desde una sincera entrega a Dios y a los hermanos, de modo que la fe, la comunidad y la misión nos impulsen a ser buenos samaritanos y nos liberen del bandidaje y la indiferencia, que llegan a aliarse funestamente (cf FT 75). En ocasiones y por más paradójico que nos parezca, quienes dicen no creer pueden hacer realidad la voluntad de Dios mejor que los creyentes (cf FT 74). Tendría que movilizar muchos resortes de la fraternidad tal paradoja.

La Gran Familia Humana

Volvamos los ojos, pues, a los de la propia casa y, poniendo sobre nuestros hombros a quienes lo precisen, no nos detengamos hasta llegar a los heridos que están más lejos para acogerlos con hospitalidad evangélica en los que tienen que ser nuestros hogares fraternos comunitarios (cf FT 90), hospitales de campaña, posadas de puertas abiertas.

Finalmente, al cumplirse el primer año de Fratelli tutti, recibimos un nuevo impulso para caminar juntos como hermanos: un sínodo sobre la sinodalidad. Hemos de crecer en el modo de caminar juntos por la senda de la fraternidad realizando la misión evangelizadora y samaritana. Es la consecuencia de la eclesiología del Pueblo de Dios que «destaca la común dignidad y misión de todos los bautizados en el ejercicio de la multiforme y ordenada riqueza de sus carismas, de su vocación, de sus ministerios» (CTI, La sinodalidad en la vida y en la misión de la Iglesia, 2018, n. 6). Por consiguiente, no nos encaminamos hacia un objetivo efímero, sino hacia una meta que ha de ser la habitual, permanente y específica forma de vivir y obrar de la Iglesia Pueblo de Dios, universal y particular.

Aceptemos con valentía la lógica del Evangelio, en la que continuamente nos propone situarnos el papa Francisco, para soñar con Fratelli tutti una humanidad nueva, comenzando por soñar juntos una Iglesia nueva en odres nuevos de sinodalidad y de fraternidad abierta y siempre esperanzada.

 

León, 2 de octubre de 2021

Luis Ángel de las Heras Berzal, cmf

Obispo de León

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