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Libro de la biblia

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BIENAVENTURADOS LOS POBRES

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Mc 10, 17-30

«Pero él, abatido por estas palabras, se marchó entristecido, porque tenía muchos bienes»

Permítanme una versión libre del diálogo de hoy: “Maestro, siempre he guardado los mandamientos, pero ¿hay más?”... “Claro que hay más; mucho más, pero con ese enorme equipaje que llevas a cuestas no vas a poder seguir mi paso. Deshazte de él, vente con nosotros y verás lo que es bueno”...

En esta sencilla escena encontramos varios temas que nos pueden interpelar. Por ejemplo: ¿Qué significa para mí, aquí y ahora, «vende cuanto tienes y dáselo a los pobres?»... ¿Viajo por la vida ligero de equipaje y listo para ir a donde marca mi conciencia, o vivo abrumado y aplastado por un enorme baúl que me impide caminar?... ¿Hasta qué punto mis riquezas —o mis anhelos de riqueza— me inhabilitan para compadecerme de la desgracia ajena y comprometerme con ella?...

Y esto a nivel individual, pero también es aplicable a nivel colectivo. Nuestra sociedad es rica —opulenta comparada con la que describe el evangelio—, y esta riqueza nos ha hecho tan duros de corazón, que nos parece natural explotar a los míseros en lugar de socorrerlos, o expoliar los recursos naturales que habían sido encomendados a nuestra tutela, condenando a los que vengan detrás a una vida que nada tendrá que ver con la nuestra.

Y es que cuando uno se percata de las calamidades que está provocando la cultura de la riqueza, no tiene por menos que recordar la expresión de Jesús: «Bienaventurados los pobres»... Fiel a esta máxima, Ignacio Ellacuría, jesuita asesinado en El Salvador, propugnaba una civilización asentada en cultura de la pobreza. En esa misma línea, Jon Sobrino, compañero de Ellacuría, se expresaba así en una charla que dio en Pamplona hace ya mucho tiempo:

«Durante muchos años nos han dicho que lo que nos iba a salvar era la riqueza y la abundancia, pero eso no nos ha salvado. Por una parte no ha resuelto el problema de la vida. A una gran parte de la humanidad le cuesta sobrevivir; no da por supuesta la vida; su mayor problema es mantenerse vivos cada día. Por otra parte no ha civilizado, es decir, no ha humanizado ni a los del Norte ni a los del Sur».

Sobrino terminó diciendo que como la expresión de Ellacuría —cultura de la pobreza—es muy dura y podía ser malinterpretada, podríamos plantearla en términos más templados: «Debemos caminar hacia la civilización de la austeridad compartida»

Un último apunte. El desastre al que nos ha abocado la cultura de la riqueza y el despilfarro solo nos deja dos alternativas de futuro: una austeridad voluntaria desde ahora, o una austeridad caótica y trágica dentro de unos años. Y ya sabemos que la primera fórmula choca frontalmente contra todo principio económico —y que la quiebra de la economía afecta gravemente al empleo—, pero si alguien piensa que vamos a salir indemnes de ésta, es que no se ha enterado de nada.

 

Miguel Ángel Munárriz Casajús

Para leer el comentario que José E. Galarreta hizo en su momento, pinche aquí

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