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BERENICE, EL SILENCIO Y LAS LÁGRIMAS DE LAS MUJERES AFGANAS

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El día de ayer a un grupo de amigas, de “Mujeres iglesia Santiago” el corazón nos dolía… durante la jornada fuimos compartido el cuerpo “turbado” por lo que acontece hoy en Afganistán, y surgió en nosotras la invitación a la oración… en ella el pensamiento que nos movió y que comparto con ustedes, fue la convicción de pequeñas luces e hilitos de aire en nuestras noches más oscuras, que seguramente podía ser la oración de alguna amiga, amigo… o alguien desconocido que rezaba por nosotras.

Jesús, amor de amores, ternura sin límites, podía llevar esa oración y convertirla en esos gestos pequeños que nos salvan la vida. A la luz de nuestras pequeñas velas encendidas frente a la pantalla, rezamos el texto de la mujer encorvada, y leímos este relato que hace algunos años nos acompañó para Semana Santa, con el deseo de transmitir esta oración, les compartimos el extracto de este relato: Se llama Berenice.

Muy temprano, al despuntar el alba, mi cuerpo cansado se arrastró desde el suelo y se intentó incorporar. Así, día tras día, sentía el movimiento de cada una de las partes de mi cuerpo como una tortura. Hace tanto tiempo había perdido las esperanzas, hubiera preferido la muerte, pero aquí estaba yo, Berenice, sin poder erguir mi espalda, sin poder mirar a otros a los ojos, sola con mi realidad estrecha que recordaba que mi suerte estaba echada, que Dios se había olvidado de mí, que yo no tenía la bendición de Yahvé.

Ni siquiera esa misericordia había tenido conmigo, como hubiese deseado que alguien me quitase el aliento y no tuviera que repetir día tras día la misma rutina que gritaba mi triste verdad: que soy una mujer desdichada, basura de Israel. Me levanté, intenté hacer algunos movimientos que me permitieran transitar de un lado al otro, me arreglé y me puse los velos, como lo hacía cada mañana para salir a la calle, a buscar de la misericordia de otros lo mínimo para vivir. Nada tenía de distinto aquella mañana, la mirada levantada un poco más allá del suelo, el dolor de la clavícula deformada, la cintura tirante, y los ojos en ese ángulo que se pierde entre el suelo y la cintura de la gente.

Sonó el ruido de la tetera, observé el humo del agua hirviendo, preparé lo mínimo que podía darle a mi cuerpo esa mañana y cerré la puerta de casa como lo había hecho tantas mañanas. Sí, la historia había sido así, mis huesos encorvados me hacían recordar el dolor que había tenido que vivir, los insultos que había tenido que escuchar, en silencio, con obediencia sumisa, me había acostumbrado a mirar el suelo, no podía mirar de frente, aquello era una afrenta, sólo podía callar. A los pocos años ese hombre me dejó, no tuvimos hijos, así es que quedé sola. No sé si era peor o mejor, por un lado, él ya no estaba, me había dejado, pero por otro ya no tenía familia, y estaba sola. Mi vida estaba tirada a la suerte, o a la misericordia que yo creía que Yavhé no tenía conmigo.

Salí, las calles estaban recién iluminándose, me dirigí hacia la sinagoga, para ver si algo de esas ofrendas para los pobres podía llegar hasta mi mano. Caminé las mismas calles, en absorto silencio, nadie me hablaba, nadie me miraba, para nadie existía. Las calles angostas, hacían que me acercara con mi mano a las frías paredes que se encontraban en mi camino. Finalmente llegué a las afueras del templo y me quedé ahí, como lo había hecho durante todos estos años. Me había convertido en una mujer mayor.

Aquella mañana había un ruido especial, a medida que avanzaban las horas la gente se comenzaba a congregar, los pies iban y venían, de a poco se iba levantando un bullicio único, el alboroto de pies hacía que hubiera mucho polvo y eso hizo que yo comenzara a toser con mucha fuerza. Sentía como mis pulmones de ahogaban. De pronto alguien se acercó a ayudarme, y le pregunté: “¿Qué pasa? ¿Por qué tanto alboroto?” Ella me miró y me dijo: “Mujer, ¿no sabes quién está aquí?” “No”, le contesté. Y ella me dijo: “En el templo está Jesús, el Nazareno. Se ha juntado mucha gente para escucharle y para ver si lo que otros dicen es verdad, dicen que hace milagros y que sana a la gente enferma”. Cuando ya me sentí mejor, aquella mujer se comenzó a alejar.

En mi silencio, en mi cárcel interior, me dije a mí misma: “Alguien que sana... ¿no será un nuevo profeta falso que se viene a reír de nosotros?” Es tanto el dolor que este pueblo sufre que ciertamente escuchamos a cualquiera.

El tumulto se acercaba entorno a mí, y los gritos de la gente cada vez se hacían más cercanos. La mujer que había estado conmigo, se agachaba para mirarme y de pronto dijo una frase: “El Maestro quiere verte”.  El corazón me palpitó por mil, no alcanzaba a entender el todo de esas palabras, y, ¿cómo lo vería? Yo no puedo mirarle a él. De pronto, una mano fuerte agarró la mía. Hace tantos años, hace dieciocho años que no sentía la mano de un hombre tocando la mía. Era mano grande, se sentía callosa, trabajada. De pronto sentí como se agachaba hasta a mí. Vi sus ojos. Tenía frente a mí a un hombre con unos ojos luminosos, su mirada era especial, alguien después de tantos años me miraba, de mis ojos empezaron a salir lágrimas, y él con su otra mano delicadamente las secaba. De pronto, el hombre se enderezo, su mano tocó mi hombro, y con voz firme, dijo: “Mujer, quedas libre de tu enfermedad…. Silencio…. Profundo silencio…. Nada se escuchaba, todos los ruidos se habían callado, y aun sin poder mirarlos, sabía que todos los ojos me estaban mirando. De pronto mi cuerpo se comenzó a mover, no podía hacerlo al instante, sentía miedo, miedo de lo que pasaba, mis hombros, mi cuello, mi cabeza, todo comenzó a soltarse, hasta que de pronto volví la mirada hacia arriba. Él me miró con ternura, y me dio la mano nuevamente para que yo pudiera pararme. Como corría la sangre y el oxígeno por el interior. Al comienzo me dolía y de pronto se transformó como en una vertiente de vida que todo lo llenaba y movía.

En esta mujer, Berenice, muchas mujeres Afganas salieron a nuestro encuentro, sin sus nombres y sus historias, pero con la fe profunda, que, en esa noche, un suspiro, un aliento, una luz, nos hizo en Jesús entrañablemente hermanas.

Les compartimos esta oración con el deseo de que muchos nos podamos seguir uniendo a un entramado de amores para contrarrestar el dolor horroroso que hoy días se está viviendo.

 

María José Encina Muñoz, Hermana comunidad Adsis

Religión Digital

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