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ESPÍRITU CRÍTICO

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El ser humano tiene la capacidad de cuestionar los principios, valores y normas que le ofrece el entorno, y a esa capacidad la llamamos espíritu crítico. El espíritu crítico es lo que espolea a los líderes y a los genios a no conformarse con lo que hay e involucrarse en la búsqueda de nuevas ideas, nuevas soluciones o nuevos modos de convivencia.

Todos presumimos de espíritu crítico, pero muchas veces confundimos el espíritu crítico con las ganas de criticar. Y no es lo mismo, porque quien realmente lo posee propende a la acción y comienza siempre su crítica por uno mismo. Ante una situación no deseable, se pregunta primero en qué medida ha contribuido él a crearla, y luego, qué puede hacer él para mejorar las cosas.

Antes de criticar a otros, es conveniente saber que quien se enfrenta con rigor a una decisión grave maneja un montón de variables en su análisis y trata de considerarlas todas —bien ponderadas— antes de decidir. Emplea muchas horas para conocerlas a fondo, pero la crítica demagógica se centra en la más aparente —que no suele ser la más relevante—, ignora todas las demás, y sobre ella descalifica tanto la decisión como a quien la toma.

Ignora también que casi nunca hay que decidir entre una opción buena y una mala, sino entre dos opciones malas, lo que implica que no existan decisiones evidentes; que toda decisión comporta unas renuncias —a veces relevantes— que la hacen vulnerable a la crítica.

Y todo esto viene a cuento de la crítica interna a la Iglesia; perfectamente válida y probablemente necesaria. Sin duda la hacemos para que reaccione y progrese... y además... ¡tiene tantas cosas que criticar!... El problema es que cuando afirmamos criticar a la Iglesia, no lo hacemos, es decir, no nos criticamos a “nosotros la Iglesia”, sino solo a la jerarquía. Y es cierto que a veces la jerarquía resulta desesperante, pero esta crítica a otros exenta de autocrítica pierde todo su vigor.

Muchas de sus decisiones nos desconciertan, y las criticamos porque creemos que la solución es la contraria y que de ahí nos vienen todos los males. Pero nuestro espíritu crítico —el de verdad— nos dice que si la Iglesia termina sucumbiendo, no será por ello, sino porque “nosotros la Iglesia” hayamos renunciado a ser la sal de la Tierra, perdiendo así toda razón de ser nuestra presencia en el mundo.

Dentro del “Curso de cultura religiosa”, Ruiz de Galarreta concluía de este modo un ciclo muy crítico, titulado: «Después de Jesús, nosotros la Iglesia»:

«Mi Madre»

«Amamos a la Iglesia, esa enorme y bienintencionada multitud de creyentes que han construido lo mejor de nuestra humanidad y se sigue afanando hoy, y —permítanme decirlo porque así lo siento— quizá como nadie, en mejorar el mundo y trabajar por las personas».

«Nos sentimos muy bien formando parte de ese colectivo en el que hemos recibido lo mejor que tenemos: la fe en Jesús, los evangelios, el conocimiento de Dios, la Eucaristía... A nadie le debemos tanto como a la Iglesia y nadie se merece tanto como ella que le queramos tanto».

«Y por eso mismo nos disgustan sus manchas, sus arrugas, sus pecados. Cuando vemos envejecer a nuestra madre, cuando advertimos con angustia que la vejez la va haciendo más descuidada, despeinada, quizá incluso de peor carácter... nos duele intensamente, hacemos todo lo posible por que esté guapa, limpia, no le toleramos manchas en el vestido... porque le queremos. Nos duele intensamente la Iglesia cuando no es bella, cuando no es amable, cuando no piensa como Jesús, cuando oímos que se le critica con razón... nos duele intensamente».

«Deseamos de todo corazón que a los ojos de cualquiera, la Iglesia —nosotros la Iglesia— haga creíble a Jesús; que sea evidente que Dios está con ella».

 

Miguel Ángel Munarriz

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