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EN TORNO A LA EUTANASIA LEGALIZADA

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La Ley de la Eutanasia ya está en marcha con efectos prácticos en la ciudadanía a pesar de que ha sido recurrida. Como dato, apuntar que somos el primer Estado de tradición católica en aprobar una ley que garantiza la eutanasia. Holanda fue el primer país del mundo en legalizarla (2002) y a partir de ahí, han seguido sus pasos Bélgica, Luxemburgo, Canadá y Colombia. Portugal está en ello mientras que Nueva Zelanda tiene pendiente votar su aprobación en referéndum. Además, en Suiza, algunos Estados de EE UU y el Estado de Victoria en Australia se permite el suicidio asistido. En el resto del mundo, la eutanasia no está legalizada, da igual si los países son fundamentalistas o con honda cultura democrática, de izquierdas o de derechas. Curioso.

Entiendo perfectamente a las personas que sufren física y anímicamente de manera irreversible. No seré yo quien condene a nadie por intentar librarse de un dolor que condiciona totalmente su existencia a causa de enfermedades irreversibles que propician el sentimiento de inutilidad, depresión o la falta de sentido vital. Sin olvidar que dichos sufrimientos ponen a prueba sus fundamentos éticos y morales así como los de sus allegados.

El núcleo central de esta cuestión se amplía al derecho a la vida y a su forma de entenderlo. Los cristianos estamos a favor no solo de la vida en general, sino de las personas concretas que viven y sufren entre nosotros. Por eso me llama la atención que en el debate sobre la eutanasia se obvie todo lo relacionado con los cuidados paliativos. Si todas las personas tenemos derecho a recibir una asistencia sanitaria de calidad, la atención psicológica, social y espiritual al final de la vida no debe considerarse un privilegio, sino un derecho como la atención médica cuando lo necesitamos. Los cuidados paliativos son una respuesta profesional, científica y humana a las necesidades de los enfermos en fase avanzada y terminal, tal como lo recoge la Organización Mundial de la Salud (OMS): 

Los cuidados paliativos no deben ser relegados sólo a las últimas etapas de la atención médica, que precisa una atención paliativa para mejorar la calidad de vida de pacientes y familias que se enfrentan a los problemas asociados con enfermedades amenazantes para la vida, a través de la prevención y alivio del sufrimiento por medio de la identificación temprana del tratamiento del dolor y otros problemas físicos, psicológicos y espirituales. El objetivo para la OMS es mejorar la calidad de la vida del paciente; proporcionar alivio del dolor y otros síntomas; no alargar ni acortar la vida; dar apoyo psicológico, social y espiritual; reafirmar la importancia de la vida; considerar la muerte como algo normal; proporcionar sistemas de apoyo para que la vida del paciente sea lo más activa posible; dar apoyo a la familia durante la enfermedad y el duelo.

Los gobiernos deben garantizar el “derecho a no sufrir” mediante un acceso universal a los servicios de atención paliativa como problema de salud pública. Es decir, que los gobiernos deben adoptar e implementar una estrategia y un plan de acción para extender el tratamiento del dolor y los servicios de cuidado paliativo de acuerdo con la OMS, centrándose en la atención médica, psicológica, social y espiritual como un derecho. Pero solo se habla de la eutanasia.

Ha resultado más fácil ofrecer la eutanasia como solución legal ya que los cuidados paliativos requieren de recursos complementarios que no llegan a gran parte de la sociedad. Si a las personas que optan por la eutanasia se les dieran la posibilidad de no sufrir los tres grandes miedos ante una enfermedad irreversible y dolorosa, es decir, miedo a morir, miedo a la soledad y miedo al dolor, la eutanasia no tendría tanta demanda. No cejaré, como cristiano, en defender el derecho al cuidado paliativo que, a excepción del cuidado médico, mayoritariamente está en manos de organizaciones solidarias privadas (atención psicológica y social así como el cuidado espiritual mayoritariamente ofrecido por el servicio católico de Pastoral de la salud).

Por último, llama la atención la manera de expresarse la jerarquía de la Conferencia Episcopal (CEE) ante la legalización de la eutanasia. Mientras el cardenal Carlos Osoro afirma que “Ahora más que nunca, seamos testigos de la Vida; con amor y pasión, ofertemos vida y cuidados en vez de muerte”, el recién nombrado arzobispo de Sevilla, José Ángel Saiz, habla solo en términos de condena: "Mi más firme rechazo a toda acción que pretenda acabar con la vida de una persona".

Aún así, hemos mejorado. No hace tanto, lo habitual en la jerarquía católica era expresar de manera monocorde en términos reactivos y condenatorios en este y en casi todos los temas polémicos. Que una cosa es la denuncia moral de la legalización de la eutanasia y otra, solicitar fórmulas alternativas desde la compasión y la misericordia como un mandato evangélico con quienes tanto sufren. Y Jesús nos indicó que lo segundo es más importante y cristiano que lo primero.

 

Gabriel Mª Otalora

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