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LEONIDAS PROAÑO, PARADIGMA DE TEOLOGÍA INDÍGENA

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Leonidas Proaño, el “obispo de los indios”, no fue teólogo, pero inspiró el nacimiento y el desarrollo de la teología indígena a través de su vida identificada con las comunidades originarias, su actividad pastoral al servicio de las poblaciones empobrecidas, su praxis liberadora, sus escritos desde su identidad india, a la que nunca traicionó, su educación concientizadora siguiendo la metodología de la Pedagogía popular de Paulo Freire y el método ver-juzgar-actuar, la Fundación Pueblo Indio en defensa de los valores ecológicos de las poblaciones vinculadas a la tierra, su pensamiento alimentado en las fuentes de la vida y sus opciones fundamentales.

Tras varias décadas de una gestión diocesana bancaria en dirección contraria a la evangelización-educación concientizadora y liberadora de Monseñor Proaño y no pocos intentos de barrer las huellas de la comunidad indígena que él creó durante más de 30 años, es necesario reconstruir dicha comunidad en Riobamba, siguiendo el espíritu del “obispo de los indios”, cuyas principales opciones voy a enumerar a continuación en una relectura actualizada de su vida, su mensaje y su práctica en el horizonte de la teología de la liberación y en perspectiva indígena.   

1. Opción por las personas empobrecidas

La opción fundamental de monseñor Proaño fue sin duda la pobreza. Pobre nació, pobre vivió, pobre murió. La pobreza es la única herencia que nos dejó. La pobreza como don y como valor, la austeridad como estilo de vida, la indigencia como realidad inherente al ser humano, el compartir como forma de realización. El testimonio de Leónidas Proaño es luminoso al respecto: “¡La pobreza!... Es también un don. ‘Bienaventurados los pobres’. Es un don siempre que se llegue a tener conciencia de que somos pobres. Siempre que lleguemos los hombres a ser conscientes de nuestra congénita indigencia” ¿Por qué poner la pobreza como un valor? Porque gracias a ella podemos vivir en austeridad y en libertad frente al consumismo”. 

2. Opción por los pueblos indígenas

El compromiso que con más radicalidad asumió monseñor Proaño, su experiencia fundante, la que dio sentido a su trabajo como obispo y líder indígena fue la defensa de los derechos de los indígenas. Compromiso que no le supuso esfuerzo alguno. Fue algo espontáneo, porque lo había vivido desde su infancia. Había aprendido de sus padres a tratar a los indígenas, marginados en su país, como personas, acogerlos como iguales en dignidad, reconocer, respetar y defender sus derechos.

Afirma que “ese amor y respeto a los pobres, particularmente a los indígenas, llegó a formar parte de mi propia experiencia” (Proaño, 1977, 14). Esta expresión refleja con claridad meridiana la identificación de Taita Proaño con los pueblos indígenas hasta hacerse uno con ellos. Y así fue durante sus años de sacerdocio y de obispo dedicados a la causa de la liberación de los indígenas, hasta ser conocido mundialmente como “el obispo de los indios”.

Siguiendo el método de la JOC ver-juzgar-actuar, Proaño descubrió que dos terceras partes de la diócesis de Riobamba eran indígenas y descubrió su deplorable situación económica, cultural, política, social educativa y religiosa. En el discurso pronunciado en la Fundación Bruno Kreisky, de Austria, con motivo de la concesión del premio que le fue otorgado por su defensa de los derechos humanos en 1988 hizo la siguiente descripción: “Vivían en la más completa miseria; eran víctimas del desprecio de todo el mundo; apenas un 8% había pasado por la escuela hasta segundo o tercer grado; por ser analfabetos, no eran reconocidos por la ley como ciudadanos; se encontraban terriblemente marginados por la sociedad e inclusive por la Iglesia. Los derechos fundamentales de este pueblo estaban cruel y permanentemente pisoteados”.

La Iglesia de Riobamba era dueña de grandes extensiones de tierras como heredera, cómplice del sistema colonial, y ella misma organización colonial. La respuesta de Proaño a la situación de injusticia estructural en que vivía la mayoría de la población fue la solidaridad con sus luchas reivindicativas y la entrega gratuita de cientos de hectáreas que eran propiedad de la Iglesia a familias que se constituyeron en cooperativas promovidas por la propia Iglesia, hasta desprenderse de todas sus propiedades[1].

Su opción por los pobres se tradujo en compromiso por la liberación de los pueblos indígenas desde su llegada como obispo a Riobamba. En 1972 propició el nacimiento del Ecuarunari, Movimiento del Despertar del Indio Ecuatoriano. En 1987 el Congreso Nacional le designó Asesor Honorario de Asuntos Indígenas. Es de destacar su contribución a la formulación del “Proyecto de Ley de Nacionalidades Indígenas”. Poco antes de morir, monseñor Proaño creó la Fundación Pueblo Indio de Ecuador. Respondiendo a un deseo expreso suyo fue enterrado en la comunidad indígena de Pucahuico, de San Antonio de Ibarra.  

El “obispo de los indios” fue un hombre de palabra creíble, de compromiso insobornable, de convicciones profundas, de opciones firmes; persona responsable de sus actos, pero también corresponsable de los cinco siglos de injusticia para con los indios, de la complicidad de la Iglesia en dicha injusticia. Así de auto-exigente era Taita Proaño. El teólogo José Comblin, que lo conoció muy de cerca y lo acompañó teológicamente durante veinte años, ha dejado constancia de su dedicación, tesón y pasión en la lucha por la defensa de los derechos de los pueblos indígenas como traducción histórica de la causa de la justicia:

“Lo que más me impresionaba en monseñor Proaño era su rectitud y su pureza de corazón. Era un hombre de una sola palabra, un solo compromiso. Desde su llegada a la diócesis de Riobamba se había apasionado por la causa de los indígenas. Para él la causa de los indígenas del Chimborazo y del Ecuador era la encarnación de la causa de la justicia. Se sentía responsable por los cinco siglos de injusticia de la que fueron víctimas los indígenas; sentía la complicidad de la religión y de la Iglesia en su opresión. Quería dedicar su labor de evangelización a la reparación de aquella injusticia histórica” (Tamayo y Arrobo Rodas, 2010, 33).

3. Opción por la Pacha Mama

La experiencia de la compasión, de la misericordia y de la solidaridad fue la que marcó la vida de monseñor Proaño. “Sentir como algo propio el sufrimiento del hermano de aquí y de los de allá, hacer propia la angustia de los pobres… es solidaridad”, escribía en Asís (Italia) en diciembre de 1983 en un bello poema titulado “Solidaridad”. Su solidaridad no se reducía a las causas más cercanas, sino que no conocía límites: se dirigía a todos los seres humanos, pero especialmente a los grupos y personas más vulnerables. Al ser obispo, pareciera que su comportamiento ante las personas que sufren tuviera que ser el del levita y del sacerdote de la parábola. Pero no, fue el del Buen Samaritano, considerado hereje por los judíos, que Jesús puso como ejemplo de compasión con la persona malherida.

Ahora bien, su compasión trascendía a las personas y se extendía a la naturaleza, a la tierra, a la Pacha Mama.  Lo mismo que creyó en el ser humano y en la comunidad como fermento de transformación social, amó y respetó la naturaleza que estaba en él. Nelly y Nidia Arrobo Rodas describen con gran sensibilidad ecológica el amor y el respeto de Leónidas Proaño, más aún, su identificación, con la tierra, el agua, los animales, las plantas:

“Vivía al ritmo de la naturaleza en las horas de reposo, de comida y de trabajo… Se alimentó de los productos de la tierra, preparados de la manera más sencilla. Mantuvo su salud y trató sus enfermedades por medios naturales: el barro, el agua, las plantas, los animales, los masajes, eran su medicina. Al contacto con la naturaleza recuperaba las fuerzas. En el árbol de albaricoque del patio de la Casa Episcopal veía el proceso de su vida, a veces florecida en proyectos maravillosos, otras veces seca como las ramas que han perdido las hojas, pero cada año con frutos abundantes. En el poema dedicado a la Madre Tierra manifiesta su decisión de no ser más que ‘tierra, sin vanas pretensiones, sin quejas, sin envidias’. Sembró árboles, miles de árboles, y con el CEAS (Centro de Estudios y Acción Social), planificó y ejecutó un plan de reforestación de la provincia” (Arrobo Rodas, 2008, 55).    

Por eso, su programa era “volver a las fuentes para redimir la vida”. No existe redención fuera de la Pacha Mama. Para lograr la liberación integral es necesario volver a la Tierra. Ahí está la fuente, el manantial, el origen de la vida.

4. Opción por la liberación y lucha contra el cautiverio

Para monseñor Proaño la historia es cautiverio y liberación. Cautiverio, sí, sobre todo la historia de Ecuador, que contaba entonces con un alto porcentaje de habitantes analfabetos, especialmente la historia de la provincia del Chimborazo, con el mayor grado de analfabetismo del país, ya que la mayoría de la población indígena no había ido a la escuela. Cautiverio fue también su vida al identificarse con los sufrientes de la historia de su pueblo. Él mismo vivió en carne propia la experiencia de la prisión junto con otros obispos como António Fragoso, Cándido Padín, Sergio Méndez Arceo, teólogos como José Comblin y asesores laicos como Adolfo Pérez Esquivel.

Esto sucedía el mes de agosto de 1976, época de los regímenes militares en muchos países de América Latina -también en Ecuador-. Un numeroso grupo de obispos, teólogos y asesores laicos se había reunido en la Casa de Santa Cruz de la diócesis de Riobamba para estudiar la ideología de la Seguridad Nacional y responder a la angustiosa pregunta que años atrás planteara monseñor Helder Cámara: “¿qué habéis hecho con Medellín?”. Soldados ecuatorianos de la dictadura militar irrumpieron en la reunión y detuvieron a los obispos creyendo que eran guerrilleros y acusados de conspiración política. Fue un hecho insólito. Casi todos los obispos reunidos estaban “fichados” en sus respectivos países. Las fuertes presiones diplomáticas obligaron a liberarlos en apenas veinticuatro horas. Los extranjeros participantes en la reunión fueron obligados a abandonar el país.

Pero los problemas de monseñor Proaño no terminaron con la represión militar. Poco después, fue objeto de un severo control eclesiástico por parte del Vaticano, quien envió a la diócesis de Riobamba un Visitador Apostólico que ejerció las funciones de detective del “obispo de los indios” sin haber encontrado otra cosa que ejemplaridad y testimonialidad evangélicas en la forma de ser, el estilo de vida y la manera de actuar.

Precisamente porque vivió con los indígenas la doble experiencia del cautiverio - la política y la eclesiástica-, monseñor Proaño optó por la liberación. Y lo hizo siguiendo la pedagogía de la concientización a través de un lento, pero muy eficaz, proceso educativo popular, cuyo resultado fue el auto-descubrimiento de las comunidades indígenas como sujetos de su propia liberación. El proceso de concientización es inseparable del proceso de descolonización y de evangelización liberadora.

El triple proceso unitario lo llevó a cabo a través de la creación de las Escuelas Radiofónicas Populares y del Centro de Estudios y Acción Social (CEAS) para toda la provincia de Chimborazo. Las Escuelas Radiofónicas Populares contribuyeron al despertar de los indígenas del sueño de siglos impuesto por los poderes colonizadores.

El objetivo era seguir un proceso de concientización que ayudara a salir de la conciencia ingenua e intransitiva, pasando por la conciencia activa y transitiva, hasta llegar a la conciencia crítica y transformadora, que desembocara en el compromiso político liberador. Muchas fueron las comunidades indígenas del Chimborazo, del resto del Ecuador y de otros países de Abya Yala que siguieron esa metodología y tomaron conciencia de su dignidad y se convirtieron en sujetos de su historia.

 

Juan José Tamayo. Teólogo de la liberación

 

Referencias bibliográficas

Arrobo Rodas, Nelly y Nidia (compiladoras) (2008), Quedan los árboles que sembraste. Testimonios sobre Monseñor Proaño, La Tierra, Quito.

Martínez, Antonio, “La Iglesia de Riobamba fue una luz en América Latina y el Caribe”: Religión Digital, 11 de junio de 2021

Proaño Villalba, Leonidas E. (1974), Concientización, evangelización, política, Sígueme, Salamanca.

- (1977), Creo en el hombre y en la comunidad, Desclée de Brouwer, Bilbao.

Serrano, Julia (1998), De poncho por la vida y el Misterio. Breve biografía de monseñor Proaño, Diócesis de Riobamba (Ecuador), 1998.

- (2021), “Monseñor Parrilla es gobernador de la diócesis, no pastor; su soberbia no le deja ser coherente”: Religión Digital, 31 de enero de 2021.

- 2021, “Lo más difícil de evangelizar es el bolsillo”: Religión Digital, 15 de mayo de 2021

Vidal, José Manuel, “Julia Serrano: Monseñor Parrilla intentó borrar la memoria del obispo Proaño de la vida de los fieles”: Religión Digital,15 de mayo de 2021.

Vidal, José Manuel, “Estoy tranquila y tengo paz, porque, a la larga, ellos son curas y obispos, yo solo hija de Dios” (Hna Julia Serrano): Religión Digital, 22 de mayo de 2021.  

Tamayo, Juan José y Arrobo Rodas, Nidia (eds.) (2010), Pueblos indígenas, derechos y desafíos. Homenaje a monseñor Leonidas Proaño, ADG-N LIBROS y Cátedra de Teología y Ciencias de las Religiones de la Universidad Carlos III de Madrid, Valencia-Madrid.

Tamayo, Juan José (2020, 2ª ed.), Teologías del Sur. El giro descolonizador, Madrid, Trotta

 

[1] Cf. el excelente relato de Nelly y Nidia Arrobo Rodas, “Monseñor Leónidas Proaño, síntesis biográfica”, en Nelly y Nidia Arrobo Rodas (compiladoras), Quedan los árboles que sembraste. Testimonios sobre Monseñor Leónidas Proaño, (Arrobo Rodas, 2008, 27-28).

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