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LA ORACIÓN Y EL PROBLEMA DE DIOS, 2

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Unos días después, con tiempo para haber leído, asimilado y comentado el capítulo anterior, publicamos el segundo, recomendando la atenta lectura. Y si se dispone de esa gran enciclopedia que es ¿Existe Dios? recomiendo releer los apartados a los que continuamente se refiere Hans Küng. [Tener en cuenta que al citar desde este escrito de 1991 se refiere a las siete partes de ese libro con las letras A a G]. Este librito es una nueva lectura sintética del anterior, trece años después, cuando ya el autor estaba del todo entregado a su Proyecto de una Ética Mundial. AD.

2. ¿Oración de fe o meditación zen?

Como la oración ha sido y es generalizada, también son innumerables sus formas en todos los pueblos y en todos los tiempos. Pero que el africano dance delante del dios de su tribu o el indio permanezca en silencio, que el chino de Confucio invoque al cielo, el maestro zen se abra al vacío absoluto o el hindú acumule sus mantras, que el musulmán se postre hacia La Meca o el judío se ponga frente al Muro de las Lamentaciones, que el griego ortodoxo mueva sus labios delante de los iconos, el católico romano esté con el rosario en la mano o el protestante en la silenciosa devoción doméstica: el cristiano no podrá decir que la gente no ora, sino solamente que practican una religión natural y que incluso quieren adueñarse de Dios[1]. No, como cristianos podemos suponer que allí donde uno no se limita a hablar, sino donde también se es escuchado, no solo se «produce», sino que también se recibe, no solo se pone a prueba su autonomía religiosa, sino que de alguna manera, también se invoca la gracia: en otras palabras, no es solo una cuestión de alcanzar a Dios, sino también una intervención de Dios.

Y que desde los primeros tiempos en numerosos sonidos primitivos y en la invocación, en la bendición o en la blasfemia, en los conjuros o en los juramentos, en la adoración o en la confesión de los pecados, en el himno de alabanza o en la profesión de fe, en los sacrificios o al hacer votos, en el agradecimiento o simplemente al invocar, como cristianos podemos asumir que aquí no estamos tratando con la incredulidad, sino con la expresión de fe o, aI  menos, con las formas preparatorias de la fe.

Y que la religión se haga hablando o en silencio, con palabras o solo con los gestos, ya sea improvisa do espontáneamente o recitando fórmulas venerables antiguas, que se susurran y se cantan, en un estado de necesidad o simplemente por un deseo, por respeto o por gratitud,  como cristianos podemos asumir que realmente estamos hablando de oración (no importa de qué religión). Y de esta oración debemos decir con oportunas distinciones críticas todo lo que decirse de las mismas religiones [2]: incluso esta oración –aquella que es la que es la verdad de esta religión– puede ser en la práctica un camino que conduzca a la salvación.

Si tratamos de reconocer todas las diferentes formas de orar y de rendir justicia a cada una de ellas, esto no puede significar que todo sea igualmente bueno e igualmente justo. Hay algunas diferencias cualitativas: la oración o cualquiera de los muchos ídolos no es la oración al único Dios verdadero; la oración primitiva que pide la victoria durante una batalla no es lo mismo que el himno de alabanza al Creador de todas las cosas; un salmo de maldición del Antiguo Testamento no se puede identificar con la oración sacerdotal de Jesús que nos dejó san Juan; la oración al arcángel Miguel no es idéntica al Ven, Espíritu Santo… Como en las religiones en general, también es preciso distinguir [3] en sus oraciones, y precisamente, por los cristianos, de acuerdo con las normas del Evangelio de Jesucristo.

En este sentido, se debe enfatizar que a las dos formas principales de religiosidad [4] también corresponden dos formas básicas de oración: la oración profética y la oración mística o la meditación. Tratamos de delinear claramente la diferencia –siguiendo el rastro de Friedrich Heiler [5]– comparando la oración profética, en la forma de la oración bíblica, con la oración mística o la meditación, en particular en la forma del zen.

La primera nos resulta más familiar: ¿cómo se realiza la oración en la Biblia? En la Biblia, la oración de la persona devota se practica de una manera natural y espontánea, en el corazón de la vida y desde la vida: una ingenua «efusión del corazón». Así hemos orado siempre desde que existe la humanidad: invocación espontánea ante las tribulaciones, deseo elemental con la esperanza de la realización. Manifestación simple de la necesidad y de la demanda: esta es la forma original de la oración del mismo hombre primitivo [6].

Este invocar y pedir originario en la pobreza y en la esperanza, en la Biblia aparece ciertamente interiorizado, moralmente purificado y completamente dirigido al único Dios JHWH. Sin embargo, siempre sucede en la simplicidad y con un realismo infalible: solicitud de cumplimiento, ayuda, misericordia, gracia, salvación para uno mismo, para los demás, para todo el pueblo. Un postulado que se expresa libremente, pero también un agradecimiento, un elogio y una celebración. Y aunque en el tiempo esta oración también se fija en fórmulas, litúrgicamente estilizadas, solemnes y, a veces, incluso asociadas con prácticas ascéticas, la Biblia no sabe de discursos sobre el método, sobre la sistemática ni sobre la psicotécnica de la oración; ni conoce los grados de la oración, que deben ser descritos; ni la uniformidad de la experiencia religiosa vivida; ni la superación de la conciencia normal, excepto en las experiencias vividas de la vocación y de la revelación profética; ni la reflexión psicológica sobre la oración, a pesar de todas las críticas hechas por los profetas a la oración y a los sacrificios, y también desconoce los esfuerzos ascéticos para alcanzar ciertos estados psicológicos. Por otra parte, la Biblia habla del diálogo, si bien es un diálogo ingenuamente irreflexivo, con Dios; de las manifestaciones de la fe, de la esperanza y de la caridad, todo con gran variedad y pluriformidad individual.

¿Cómo se distingue de eso el orar o meditar místico? La oración del hombre místico tiene lugar en el desapego del mundo y de las propias pasiones y en la dedicación al Bien Supremo. Ella debe conducir al hombre metódica y sistemáticamente al Absoluto, entendido como plenitud o vacío: desde lo terreno-sensible a lo espiritual-celestial, la ascensión del alma a Dios (elevatio mentis ad Deum) o al nirvana, de la nada de uno al Bien Supremo, ya sea pensado como plenitud o como vaciamiento, como extinción. Todo eso en una progresión ordenada: ante todo concentración voluntaria, a menudo empeñada y provocada por diversos medios físicos y psíquicos; después la contemplación libre, extáticamente pasiva, olvidadiza de uno mismo; finalmente, el éxtasis arrebatado o embriagado, en el que el hombre se pierde en la inconmensurable plenitud de la Divinidad o en la eterna quietud del nirvana en medio del samsara.

Naturalmente, estos dos tipos básicos de oración no se han mantenido puros a lo largo de la historia. Con los vínculos de la piedad mística –con la primitiva religión popular y con la piedad de la fe– en Oriente y en Occidente hemos llegado a conferir numerosos enfoques diferentes a la religiosidad mística: algunos más afectivos y otros más fríos o insensibles, eróticamente o espiritualmente, cultural o no cultural, poéticamente fantasiosa o racionalmente reflexiva, monoteísta-impersonal o teística-personal… Sin embargo, a pesar del vocabulario a menudo personalista, no podemos ignorar los puntos en común de los diferentes escenarios místicos.

A pesar de todos los cruces y todas las formas mixtas, no podemos desechar la diferencia fundamental entre la oración bíblica y la oración mística. Ilustremos este punto refiriéndonos a la meditación zen, tan diferente de la oración bíblica, la cual hoy también atrae a muchos cristianos de Oriente y Occidente [7]. La «meditación zen» es básicamente una tautología. De hecho, la palabra zen –la pronunciación japonesa del signo gráfico chino Ch’an, que a su vez es una traducción del dhyana sánscrito– significa «meditación». El zen nació (bajo la influencia del budismo mahayana indio) en el siglo VI en China, pero actualmente está muy extendido, especialmente en Japón.

El zen es el ejemplo típico de una religión mística. Aunque, en un sentido más general, sea una religión mística, el budismo, especialmente en su versión mahayana, también incluye elementos proféticos: la veneración de Buda, el recogimiento, la exégesis y el comentario de los escritos sagrados, que en muchos casos aporta claridad al formalismo, al intelectualismo y a la cientifismo del budismo. El zen, por otro lado, pone el acento en la directa experiencia inmediata y en la iluminación personal del hombre individual, que el zen intenta favorecer sin «autoridad», sin profetas y sin sagradas escrituras. Pero, ¿cómo se llega a la iluminación? A través de una preparación gradual y tranquila (escuela zen Soto) o bien de una manera totalmente improvisada (escuela zen Rinzai). Los medios, sin embargo, en ambas escuelas, son los mismos: sentarse (zazen) en la posición de loto, con la respiración profunda y eliminando todos los pensamientos, pero también en la estricta supervisión del maestro zen, en los reveses y, sobre todo, en los enigmas (japonés: koan), sobre los que a veces se puede reflexionar durante años (como, por ejemplo: «¿Dónde ves la nada? ¿Cuándo ves la nada? ¿Qué edad tiene la nada…?»).

Con el término «nada» ciertamente no se entiende una posición nihilista, sino la realidad última indefinible. El hombre debe aprender a identificarse con ella superando el dualismo a través de la técnica zen. Con una concentración intensa (sánscrito: samadhi) y no sin esfuerzo y sufrimiento, pero también con el riesgo de alucinaciones (maya, japonés: makyo, apariencia) y crisis nerviosas (locura zen), el hombre puede lograr la iluminación (sánscrito: bodhi, japonés: satori). Esto se puede articular en diferentes niveles: a veces se está esperando en vano durante años, pero también puede acontecer inesperadamente en la vida cotidiana. A diferencia del budismo amida, que espera todo de la gracia, de «otro poder» (tariki), el zen se basa totalmente en el esfuerzo del hombre, en «su propio poder» (jiriki). ¿De esta manera se puede alcanzar el resultado, incluso desgarrado, con seguridad? Aquí también la norma es válida: aquellos que buscan la iluminación con demasiado celo la echarán de menos. Solo el hombre sin egoísmo la encuentra.

¿Cómo debe comportarse aquí un cristiano? Un cristiano, que sabe que tiene que atenerse a la oración bíblica, ¿puede practicar también la meditación zen, la técnica del yoga, la «meditación transcendental» u otras formas de meditación oriental (tibetana, bimana)?

NOTAS:

[1] En su tesis sobre la «religión como incredulidad» es significativo que Karl Barth (Kirchliche Dogmatik I/2, Zollikon-Zurich 1938, 324-356) no hable de la oración en las religiones.

[2] Cf H. Küng, ¿Existe Dios?, Trotta, Madrid 2010, G l: El Dios de las religiones.

[3] Ib. G I, 2: ¿Todas igualmente verdaderas?

[4] Ib. G I, 2: ¿Religión mística o profética?

[5] Cf F. Heiler, Das Gebet. Eine religionsgeschichtliche und religionspsychologische Untersuchung, Múnich 1918, 19235, 1969, en concreto F III-IV: La oración en la mística; La oración en la piedad profética.

[6] Cf ib, A: La oración ingenua del hombre primitivo.

[7] En la bibliografía cristiana sobre la meditación zen son particularmente útiles: H. Dumoulin, Óstliche Meditation und christliche Mystik, Friburgo-Múnich 1966; W Johnston, The Still Point. Reflections on Zen and Christian Mysticism, Nueva York 1970; H. M. Enomiya-Lassalle, Zen-Meditation. Eine Einführung, Zúrich-Einsiedeln-Colonia, 1975

 

Redacción de Atrio

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