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Libro de la biblia

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SUCEDÁNEOS

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El gnosticismo es una religión parásita que anida en el seno de otras religiones y las coloniza; y esto, aparentemente ajeno a nosotros, es algo de lo que no se libraron las primeras comunidades cristianas. Pablo tuvo que emplear lo mejor de sí mismo para luchar contra él, y venció, pero las comunidades joaneas lo sufrieron de tal modo, que muchas de ellas saltaron hechas trizas, refugiándose parte de sus seguidores en las comunidades paulinas, y abrazando otros el gnosticismo neto.

Años más tarde, los teólogos cristianos sienten la necesidad de hacer del cristianismo algo más culto, más acorde con la tendencia de la época, y lo dotan de una base conceptual que toman de la filosofía griega, y de unas leyes que toman del derecho romano. Quieren resaltar el poder de Dios por encima de su amor, y rescatan, de la religión de los judíos, al Dios juez justísimo que premia a los justos y castiga a los impíos. Finalmente, se consolida un cuerpo de doctrina y unos ritos, que relegan a un discreto segundo plano la fascinante figura de Jesús.

Olvidan el origen, y el resultado es que ya nunca se vuelve a hablar de Abbá (sino de la primera persona de la santísima trinidad), que la buena noticia se convierte en mala (el fuego del infierno), que las comunidades cristianas dejan de ser fértiles y contagiosas, y que la Iglesia, antes perseguida, adopta maneras imperiales y se convierte en perseguidora.

Ya a finales del siglo veinte, se da un fenómeno religioso capitaneado por los llamados “científicos cristianos” que, aparte de su actividad científica, manifiestan públicamente sus creencias y formulan sus propias opiniones teológicas. Entre ellos podemos destacar a Ian Barbour, John Polkinghorne y Arthur Peacocke. Centran su obra en tratar de comprender, definir o justificar a Dios desde la ciencia, y propugnan una “teología natural” que encuentre en la ciencia la demostración de la existencia de Dios. Afortunadamente, esto no fue a más.

En la actualidad está de moda ponderar las filosofías orientales y prescindir de toda intermediación o guía en la búsqueda de Dios; lo cual posiblemente esté muy bien, pero entraña el riesgo de perdernos en el laberinto enmarañado de nuestra psique —razón por la cual, en oriente, la Dhyana, o meditación pura, se circunscribe en la práctica a las élites religiosas recluidas en los monasterios—, o de enredarnos en metafísicas estériles que ni nos interpelan ni nos ayudan a vivir.

Pero el mayor riesgo es que acabemos ignorando a Jesús y al Dios de Jesús, Abbá; que dejen de seducirnos sus sentimientos, su libertad de acción y de juicio, su falta de prejuicios, su valentía, su compromiso con cualquiera, con todos, su consecuencia hasta llegar a la cruz, sus acciones poderosas… su estilo único que le llevó a hacer la mejor teología con las cosas más sencillas…

Que olvidemos su concepción revolucionaria de Dios plasmada en las parábolas, o su propuesta de felicidad recogida en las bienaventuranzas, o su invitación a dar sentido a nuestra vida trabajando por el Reino, o su inversión escandalosa de buenos y malos, de primeros y últimos, o su concepto de pecado y su aceptación de los pecadores, o su exhortación a dar, a perdonar, a no juzgar, a no condenar, a rogar por nuestros enemigos, a ser luz, ser sal, a derramar nuestros talentos… a no huir de la realidad humana, sino dar pleno sentido a toda realidad humana.

Decía Ruiz de Galarreta que todo lo que necesitamos para vivir con sentido está dicho en Jesús, pero parece que Jesús se nos queda periódicamente obsoleto y corremos a buscar sucedáneos que lo sustituyan. Pero él siempre ha vuelto y siempre volverá porque Dios estaba con él… ¿O ya no?

 

Miguel Ángel Munárriz Casajús

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