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NO-TEÍSMO Y NO-DUALIDAD

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I. No teísmo

Cuando yo frecuentaba el barrio de El Beiro en Granada, las gitanas se quejaban de esto y aquello, y terminaban diciendo “porque todos semos hijos de Dios”; otra gitana decía “yo con Dios me llevo bien, porque yo le perdono a él, y él me perdona a mi”. ¿Eran teístas o no-teístas estas gitanas?

Cuestión de etiquetado

Reconozco que he tardado bastante en aclararme qué significa el no-teísmo. Ya he comentado algo sobre este tema, pero aquí quiero aclarar y sistematizar mis ideas.

Me lo ha aclarado bastante José María Vigil en la definición inicial de su propuesta para el diálogo. El teísmo es la idea de Dios (“el constructo”) que nos hemos transmitido los judeocristianos a partir de la Biblia y de los comentarios de nuestras respectivas religiones. Y quizás lo diga más expresivamente el remake “Sin Theos… vivimos ante Dios y con Dios”.

Aunque la cuestión del nombre, no-teísmo, no sea lo más importante, creo que es confuso, porque a muchos les sonará como ateísmo; porque no dice lo que es; y porque ni siquiera dice lo que no es; y creo que no hay mucho acuerdo entre lo que los diversos partidarios admiten o rechazan.

Aprecio en el no-teísmo dos intentos que van logrando buenos resultados: repensar la idea de Dios a partir de los conocimientos científicos actuales, y descargarla de las rémoras culturales y piadosas acumuladas durante treinta siglos; pero no creo que hayan acertado en “la etiqueta” que han elegido para esta misión.

Sustituir el nombre “Dios” por otros como “Presencia”, “Realidad original y originante” puede ayudar a quienes lo tienen asociado a experiencias oprimentes, pero en realidad cada uno recargará esos nuevos nombres (significantes) con los atributos (significados) que él había mantenido sobre Dios.

Cuestión de fondo

¿Qué es lo que rechaza el no-teísmo en nuestra imagen tradicional sobre Dios? Puede verse en la presentación que hace Vigil, pero me limitaré a lo que considero más significativo.

Empecemos por lo más concreto: rechaza su intervención en la historia humana, que la Biblia y la tradición atribuyen ampliamente a Dios. Este rechazo me parece justo en cierta medida, porque contradice la libertad y la autonomía que la misma Biblia le reconoce al presentar al ser humano como “imagen y semejanza de Dios”.

Sin embargo me parece exagerado el negarle a Dios (a la Presencia) cualquier influencia en la vida humana. Creo que nuestra cultura occidental peca de orgullo respecto a Dios (igual que respecto a otras culturas). Un caso extremo pero muy significativo: actualmente una asociación satánica está solicitando en España su registro como asociación religiosa. No pretende profanar la eucaristía ni sacrificar niños, defiende la independencia que Satán recomendó a Eva para comer el fruto del conocimiento del bien y del mal (la capacidad de determinarlo).

Yo creo que Dios (La realidad suprema, o única; eso ya lo veremos) ejerce una influencia en los humanos que se dejan influenciar por él, y no la ejerce desde afuera sino desde la misma conciencia de cada persona (eso también lo veremos más adelantes). No necesitamos que Dios baje al Sinaí y escriba sus mandamientos en una tabla de piedra; los mandamientos surgen de la conciencia humana colectiva, aunque ésta suele escribir con muchos borrones y erratas.

El segundo aspecto a considerar es la seductora metáfora de los dos pisos; no existe un Dios arriba en el cielo, que baja de vez en cuando a la tierra para aconsejar o castigar a los débiles mortales; ni unos sacramentos que lo establezcan permanentemente en los agraciados que los reciben. Esas idas y venidas de Dios son modos de nuestro lenguaje para expresar la acción de lo eterno en lo temporal. Los ritos religiosos como el bautismo solamente pretenden hacernos conscientes de la presencia de Dios en nosotros, que tan frecuentemente olvidamos. Un texto de Hadewich de Amberes, mística del siglo XIII, conjuga perfectamente la trascendencia con la inmanencia de Dios:

“Los sentidos descubren que Dios es todo en todas las cosas y que está en su totalidad en cada cosa. Y así el alma llega a percibir que Dios está por encima de todo y no está elevado; que Dios está por debajo de todo y no está en situación de inferioridad; que Dios está totalmente dentro y no permanece encerrado; que Dios está más allá de todo, y sin embargo no está excluido”. (Melloni, Voces de la mística I).

El atributo más arraigado y más controvertido es el de la creación. Ya sabemos que “Dios es todo en todo” y que lo podemos identificar con el universo. Creo que ni los mismos no-teístas niegan que sea la “Causa originaria”, “La Realidad última”, el sustentador de todo el universo. Lo que quizás nieguen algunos sea que Dios existiera antes que el universo. Y aquí entraríamos en un insoluble problema filosófico, porque nuestra mente no puede concebir nada sin los a priori del tiempo y del espacio.

Creo que racionalmente no podemos afirmar ni negar nada fuera de la estricta lógica matemática o racional, o antes o después de la comprobación de algo experimentable. Y aun así, algún científico ha dicho algo como que la verdad en la ciencia es la explicación más probable de las hipótesis conocidas.

Creo sin embargo que es más razonable creer que existe Alguien o Algo, no sujeto al tiempo y al espacio, superior a lo experimentable físicamente. Porque las únicas fuentes de conocimiento no son el raciocinio y la experimentación científica; también tenemos una “inteligencia sentiente” o una lógica del corazón. Una secretaria, que pertenecía al partido comunista y a comisiones obreras, hablando de estos temas me dijo “porque algo tiene que haber”.

Por ejemplo, el amor, la justicia, la dignidad humana, los derechos humanos… son realidades objetivas, no meros convencionalismos sociales, como afirma Noah Harari; convencionalismos que no tendrían justificación para obligar al gran consorcio económico que puede condicionar a su favor todo el sistema político, económico, jurídico, y militar. (¡Y así nos va!).

Existe Alguien o Algo que constituye y justifica el bien y el mal que percibe la conciencia humana, aunque lo aplique en formas diferentes. Y esto nos lleva a la siguiente cuestión.

Dios personal o impersonal. Reconozco que nuestra cultura occidental ha presentado un dios antropomórfico, hecho a nuestra imagen y semejanza; mientras que otras culturas han reconocido deidades menos personales (como la Pachamama o el llamado animismo), pero que también influyen sobre la vida en la tierra.

Ya he comentado que algunos tratan de conciliar ambas interpretaciones en un Dios transpersonal, que tendría las cualidades de lo personal y de lo impersonal sin las limitaciones de cada uno. Por mi parte no puedo concebir un Ser superior con menos inteligencia y menos amor que yo, y considerarlo al mismo tiempo como causa y sustento no sólo del universo físico sino también del universo moral.

Creo que la diferencia entre el teísmo y el no-teísmo es más cuantitativa que cualitativa; depende de la cantidad de atributos que atribuyen a la Divinidad, o de la mayor o menor intensidad de esos atributos. Y, sobre todo, tengamos en cuenta que estos atributos son solamente comparaciones con nuestras experiencias (analogías), que en un aspecto son válidas pero también pueden ser negadas (apofatismo, via negationis). El verdadero salto cualitativo estaría en el paso siguiente.

II. No-dualidad

Ese Dios ¿es un ser distinto del hombre y del universo? ¿O existe una única realidad? Aquí llegamos al fondo de todo el problema, porque si existe una única realidad, como defiende la teoría de la no-dualidad, se supera, o al menos se atenúa, el conflicto sobre la creación, la intervención en la historia, o la personificación de Dios.

El planteamiento de la no-dualidad parece contradecir toda la experiencia humana; yo no soy ese árbol con el que estoy a punto de chocar, ni soy tú que me estás leyendo. Sin embargo es más común en el pensamiento oriental, aunque también algunas filosofías occidentales de tipo platónico ya hablaban de una realidad que proyecta su sombra en la diversidad del universo.

Y la mística de todas las épocas y culturas, en su “contacto tangencial con la eternidad” llega a experimentar esta unidad. Puede verse esta significativa coincidencia en “Voces de la mística” I y II, el libro ya citado de Melloni.

Algunos místicos sufíes fueron martirizados por identificarse con Dios, y católicos tan ortodoxos como santa Teresa y san Juan de la Cruz plasmaron esta identificación como un matrimonio espiritual (y recordemos que el matrimonio significa que “serán dos en una sola carne” Gen 2,24). La escuela de Juan puso en labios de Jesús “El Padre y yo somos uno” (Jn 10,30).
Nuestra mente racional no tiene capacidad para explicar esta contradicción entre la unidad y la multiplicidad. Quizás ayude algún ejemplo, aunque todo ejemplo tiene algún fallo lógico. Permitidme imaginar, porque a veces la imaginación se adelanta a la ciencia.

Podríamos interpretar la multiplicidad del universo y de las personas como pequeños conjuntos dentro del gran conjunto; somos seres individuales, pero pertenecemos al gran conjunto de Dios. Actuamos nosotros, pero estamos actuando con la vida que nos da pertenecer al conjunto de Dios. La membrana que nos separa a unos de otros es el tiempo y el espacio; cuando acabe el tiempo y el espacio nos identificaremos plenamente con el Uno.

Una interpretación más actual sería considerar la multiplicidad del universo como los corpúsculos en los que ha colapsado la onda energética de Dios. Los corpúsculos siguen siendo energía, aunque colapsada temporalmente en un espacio y forma concreta.

Más optimista y poético sería compararnos con la descomposición de la luz de Dios en la multiplicidad de colores del arcoíris.

No soy muy amigo de Pablo ni de Juan, pero reconozco que apuntan a una acertada interpretación metafísica de la realidad: “Cuando venga lo completo, desaparecerá lo que es limitado… ahora vemos confusamente como en un espejo…” (1 Cor 9-12); “En ese día conoceréis que yo estoy en mi Padre, y vosotros en mí, y yo en vosotros” (Jn 14,20). “Queridos, ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal cual es” (1 Jn 3,2).

No puedo acabar sin subrayar, y muy fuertemente, que mientras vivimos en el espacio-tiempo tenemos que organizarnos y actuar con los condicionantes de espacio y tiempo. No podemos quedarnos en la satisfacción de “lo que ya somos” sino que tenemos que asumir la responsabilidad de lo que “todavía no” poseemos plenamente. Y esa responsabilidad consiste en esforzarnos por suprimir, o al menos aliviar, el sufrimiento de todo ser humano (y de todo ser vivo).

Por eso soy más amigo de los evangelios sinópticos; porque nos muestran (aunque ya interpretado) el ejemplo de Jesús, que se esforzó hasta dar su vida por promover una sociedad más justa y fraterna.

Podemos y deberíamos decir y sentir con Jesús en la parábola del Juicio final: lo que hacéis con uno de estos inmigrantes o con los indígenas amazónicos, conmigo lo hacéis.

 

Gonzalo Haya

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