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SEIS RETOS PARA SER IGLESIA EN SALIDA

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Basándome en las reflexiones de Ximo Garcia Roca[1], José Arregi[2], el presidente Macron[3] y Reyes Mate,[4] sintetizo en seis puntos los retos que considero importante afrontar para ser una Iglesia significativa para el momento actual tras la pandemia.

►1º.- Construir una identidad común que rompa trincheras entre dentro y fuera y supere la división entre seres humanos considerados “de los nuestros“ y “de los de ellos”. En la Iglesia hemos de ser ejemplo en la promoción de la defensa práctica de la común dignidad de todo ser humano y de la hermandad. Por eso la Iglesia debe ser la primera en buscar la colaboración común y unitaria para unirnos todos en la solución de los grandes y graves problemas de la humanidad. El papa Francisco está insistiendo en este punto continuamente, especialmente en estos días de pandemia.

Desde esta perspectiva de potenciar la colaboración mutua, sintonizo con el planteamiento de Arregi cuando declara que para llevar a la práctica este primer reto es necesario que la Iglesia “acepte radicalmente el principio de la laicidad tanto en el orden sociopolítico como espiritual”. También me parece importante la propuesta del presidente francés Macron a la Conferencia Episcopal Francesa: “Recrear la laicidad tras reconocer el desencuentro y necesidad de reparar el “vínculo” entre esta institución y el Estado. La laicidad ciertamente no tiene como función negar lo espiritual a cambio de lo temporal, ni extirpar de nuestras sociedades la parte sagrada que nos nutre tanto de nuestros conciudadanos. Si tuviera que resumir mi punto de vista, diría que una Iglesia que pretenda desinteresarse de los asuntos temporales no cumpliría su vocación; y un presidente de la República que pretenda desinteresarse de la Iglesia y de los católicos faltaría a su deber”.

Es importante reconocer, con Macron, que “el lugar del encuentro es la praxis”

►2º.- Manifestar, fundamentalmente, que somos Iglesia que acompaña y sana a quienes sufren y son víctimas de esta sociedad, que a tanta gente margina y mata. En esto consiste básicamente ser IGLESIA EN SALIDA, según el papa Francisco.

El empeño de la Comunidad Cristiana debe centrarse en defender e incluir a los seres humanos que la sociedad capitalista desecha y descarta Y, SIMULTÁNEAMENTE, proponer estilos de vida alternativos a esta sociedad patógena e inhumana. Si hacemos real y práctica continua esta tarea, nos llevará seguro a ser Iglesia pobre y de los pobres.

En este sentido coincido con Reyes Mate cuando señala como tarea muy importante de las personas cristianas el cuestionar la inevitabilidad del sistema imperante. Lo cual significa hacer comprender que no es verdad que el capitalismo sea imbatible por ser natural, ni la ideología del progreso inevitable por ser una religión. Son construcciones históricas y por eso podemos hablar con conocimiento de causa de que otro mundo es posible.

La tradición cristiana ha de hacer creíble que el tiempo del progreso no es el único ni el bueno y que otro tipo de historia es posible.

Ahora bien. Esto conlleva un precio, pues cuestiona el estilo de vida impuesto por la sociedad capitalista: el precio de entender que el tiempo del ser humano y del mundo es limitado, como limitados son sus recursos, de ahí que haya que cuidarlos; el precio de comprender que la sostenibilidad de nuestra vida exige que nos hermanemos con la naturaleza, a la que tutelamos; el precio de entender que hay noche y día, días festivos y laborables y que trabajamos para vivir, no vivimos para trabajar (el día festivo no es un día de descanso, de puesta a punto de la máquina para volver al trabajo, sino más bien al contrario: el día festivo es el que da sentido al trabajo), de ahí la necesidad de una vida sobria y austera; el precio de comprender que el mundo es de todos y todas, que las respuestas han de ser globales porque las preguntas también lo son y que, como afirmaba Rousseau, quien gritó primero “esto es mío” cometió un robo, de ahí el peligro de las apropiaciones y las identidades colectivas.

De esta doble tarea de defender e incluir a quienes la sociedad desecha y descarta y, simultáneamente, proponer estilos de vida alternativos a esta sociedad patógena e inhumana, se desprende el tercer reto:

►3º.- AYUDAR A RECUPERAR UNA VERDADERA CONCIENCIA HUMANITARIA, COMPASIVA Y MISERICORDIOSA ante tanto drama humano y social que encontramos.

Solamente así ayudaremos a la Iglesia a tomar conciencia de que la cuestión decisiva hoy es la supresión del sufrimiento humano, tal y como hizo Jesús en su vida pública. Y esta tarea no es exclusiva de creyentes sino que requiere la colaboración de todo el mundo.

Por eso son lamentables y desafortunadas las declaraciones del Secretario de la Conferencia Episcopal Española, pues denotan una baja percepción de esta urgencia y una alta preocupación por el culto y por la propia subsistencia económica de la Iglesia. Con sus declaraciones manifiesta poca sintonía con las continuas llamadas del papa Francisco a ser Iglesia misericordiosa y a suprimir el gran pecado social de la indiferencia.

Como bien dice Ximo, “Las grandes batallas de la humanidad hoy no son la secularización social, ni la laicidad política, ni el relativismo cultural”. Su gran batalla es el sufrimiento de tanta gente. Es tan prioritario hacer frente a este drama que prima incluso sobre el culto, las doctrinas e ideologías y la misma institución eclesiástica. De ahí la importancia de trabajar, como afirma Reyes Mate, para elevar el sufrimiento a categoría política (y no sólo moral), lo cual significa deponer el progreso y empeñarnos en cambiar nuestro modo de pensar y actuar para construir la historia de otra manera.

►4º.- Llevar a la práctica el gran principio cristiano que afirma que lo más importante de todo es la Caridad.

Solo actuando y manifestándonos de acuerdo a los tres retos señalados anteriormente asumiremos realmente este cuarto reto y estableceremos lo que Ximo afirma con toda contundencia: “la caridad como condición de toda verdad”. Eso evitará que la Iglesia se instale en el reino de la abstracción y la hará mantenerse en referencia constantemente a lo concreto y real de las personas para socorrerlas y ayudarlas en sus procesos sanadores y liberadores.

►5º.- Recrear el potencial espiritual de la fe y del seguimiento de Jesús, que genera esperanza y anima al compromiso.

El potencial místico, trascendente y humanizador de la experiencia cristiana de encuentro y de seguimiento de Jesús es un tesoro que no podemos esconder debajo del celemín. La espiritualidad cristiana, que consiste en vivir según esa mística, nos hace tomar conciencia de nuestra condición de creaturas y, por tanto, de nuestra profunda unión con todas las demás creaturas, especialmente con todos los seres humanos (Francisco de Asís). Más aún: esta mística impide todo tipo de engreimiento y orgullo y nos interpela siempre a mantener los ojos abiertos y el corazón acogedor para comprometernos a ajustar todas las cosas al proyecto liberador del buen Padre-Madre Dios, descubierto en el encuentro con Él. Por eso la mística cristiana siempre alienta la esperanza y anima al compromiso de transformación personal y del mundo.

La riqueza que entraña esta espiritualidad nos apremia a ofrecerla a la humanidad como un gran tesoro que enriquece y potencia a la persona en su proceso humanizador.

Urge cuidar y potenciar entre las personas cristianas, por encima de leyes, ritos, doctrinas, costumbres, tradiciones, estructuras, etc., la espiritualidad y mística derivada de la fe en Jesús.

Ante tanto materialismo y utilitarismo impuesto en nuestras sociedades por el sistema, hoy se produce una demanda muy intensa de espiritualidad, de silencio, de mirarnos más a fondo y sumergirnos en el Misterio de lo que somos. La mejor manera de responder a esta demanda es ofrecer bien y atractivamente la gran experiencia de espiritualidad que tenemos en la comunidad cristiana desde nuestros orígenes.

Por eso considero muy importante lo que sostiene Macron en su propuesta a los obispos franceses: “Un lugar de encuentro es el reconocimiento de la dimensión espiritual. Cegarme voluntariamente a la dimensión espiritual que los católicos invierten en su vida moral, intelectual, familiar, profesional, social, sería condenarme a tener una visión parcial de Francia; sería desconocer al país, su historia, sus ciudadanos y, generando la indiferencia, derogaría mi misión. Y no tengo indiferencia respecto a ninguna de las confesiones que hoy están en nuestro país”. Continúa afirmando que se trata de atender “la intensidad de una esperanza que, a veces, nos hace tocar este misterio de la humanidad que se llama santidad, del que el Papa Francisco ha dicho en su exhortación es ‘el rostro más bello de la Iglesia’”. Y añade que lo que realmente importa “es la savia. Y estoy convencido de que la savia católica debe contribuir una y otra vez a la vida de nuestra nación. Pero esta voz de la Iglesia, lo sabemos ustedes y yo, no puede ser obligatoria”.

►6º.- Transformar evangélicamente la Iglesia.

Desde hace ya muchos años venimos reclamando una transformación evangélica de la Iglesia y considero que se ha convertido ya en algo generalizado y urgente, si queremos que la Iglesia sea significativa para nuestro mundo y nuestra sociedad.

Con el papa Francisco considero urgente y necesario suprimir la gran plaga del clericalismo en la Iglesia. Si de verdad queremos potenciar el sentido comunitario y que todos los miembros de la Iglesia nos sintamos y vivamos como lo que somos, Pueblo de Dios, es necesario –como afirma Arregi– transformar la pesadísima maquinaria clerical, vertical y centralizada de la estructura de la Iglesia, que actualmente resulta insostenible. En efecto, es necesario repensar todo el funcionamiento y la organización de la Iglesia católica (sacramentos, parroquias, diócesis, curias, Vaticano…), superar la distinción clérigos-seglares y la exclusión de la mujer y asumir un paradigma cultural, político y teológico integralmente ecológico, feminista y más democrático. El esquema actual ya no tiene sentido. La reforma, por tanto, no es solamente de “formas de organización”, sino de modelo de Iglesia.

Estos días he estado releyendo el libro de Hans Küng “La Iglesia Católica” (publicado en 2002) y me ha impresionado lo tremendamente actual de sus demandas y deseos al responder a estas dos preguntas: qué Iglesia tiene futuro y qué debería apoyar la Iglesia católica. Remito a sus páginas finales para animar a retomar las propuestas del autor.

Y, para acabar mi aportación, no puedo dejar de reproducir unas líneas de esas páginas que introducen la respuesta a las dos preguntas señaladas.

“Alguien que ha servido a sus discípulos en la mesa y reclamaba que «el más grande debe ser el servidor [en la mesa] de todos» difícilmente puede haber deseado unas estructuras aristocráticas o incluso monárquicas para su comunidad de discípulos.

Antes bien, de Jesús se desprendía un espíritu «democrático» en el mejor sentido de la palabra, que concordaba con la idea de un «pueblo» (en griego demos) de seres libres (no una institución dominante, y mucho menos una Gran Inquisición) e iguales en principio (no una iglesia caracterizada por la clase, la casta, la raza o el oficio), de hermanos y hermanas (no un regimiento de hombres o un culto a las personas). Esta era la «libertad, igualdad y fraternidad» originalmente cristianas”.

 

Julio Ciges

Anna (València), 23 de abril de 2020

 

[1]Ximo García Roca "Recrear el potencial de la esperanza que lleva 'crespones negros' por las vidas dañadas por la pandemia", Religión Digital 10.04.2020

[2] Entrevista a José Arregi en Religión Digital 15.4.2020

[3] Texto WWW. Aciprensa.com 2018

[4] Entrevista a Reyes Mate en Religión Digital 19.4.2020

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