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A LA ESCUCHA, EN PLENO CORONAVIRUS

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Somos seres complejos a los que influye la realidad que nos circunda. No somos máquinas, por lo que la pandemia afecta a nuestra realidad integral.

El problema es que llevamos tiempo creyéndonos que para todo tenemos solución, que lo controlamos todo; incluso algunos han puesto cerco a la muerte buscando la inmortalidad o al menos un mayor control sobre la vida humana. Se ha perdido la actitud humilde capaz de asombrarse por tantas cosas y de aceptar aquello que no podemos domeñar como lo habíamos previsto. La gran cuestión de fondo en este tiempo de coronavirus es que no sabemos qué hacer y esto no lo soportamos (aceptamos). Por tanto, algunos lo viven como perfectos insolidarios manifestando así su arrogancia. Y algunos otros no pueden reconocer su limitación con la covid-19 dando muestras de un desconcierto al darse cuenta que la existencia no estaba controlada.  

Algunos países “avanzados” no ven nada mal salvaguardar la actividad económica a costa de que caigan los más débiles. Así se aliviaría, de paso, el coste en las pensiones. No sería la primera vez que se opta por deshumanizar la realidad con decisiones de guante blanco.

No estamos acostumbrados a que una pandemia se cebe sobre todo en el Primer Mundo, donde el virus continúa actuando con gran profusión. El estupor crece cuando al abrir la mano a las relaciones sociales, se colapsa la atención sanitaria y crecen las muertes; pero si reducimos la presencia en la calle para mejorar la salud, el desplome económico general está asegurado. Esta tercera ola del virus nos ha descolocado.

Por otra parte, la vacuna logrará avances, pero hay que esperar más de lo que creíamos: esperar a la vacunación masiva de la población, a verificar la calidad de su preparado, a que los resultados logren la ansiada normalidad… Es decir, que 2021 va a ser largo y difícil. El cansancio y el desánimo por lo ya padecido es evidente. No son tiempos fáciles para moverse y menos con la falta de humildad de las grandes potencias tecnológicas cuyo poder es insuficiente para acabar con la covid-19: Alemania, Gran Bretaña, Estados Unidos… No está tan cerca convertir la covid-19 en un virus que se cura con un sencillo medicamento de farmacia.

¿Nos engañan? Creo que no, simplemente es que no saben qué hacer para domeñar la pandemia. Y la soberbia obnubila, viendo como el Tercer Mundo está menos afectado, con la rémora de que, si no le damos vacunas, este virus o alguna de sus mutaciones volverá a expandirse entre nosotros. De momento, la tecnología disponible no basta y, lo que es peor, tampoco queremos modificar un ápice el estilo de vida, aunque sea insolidario e injusto, incluso para muchos habitantes del Primer Mundo.

Precisamente porque hemos sufrido una prueba acelerada de nuestra vulnerabilidad, habría que construir mecanismos de confianza desde la humildad solidaria. Y esto es lo que ha fallado casi por todas partes. Desde luego que los cristianos no hemos estado a la altura, demasiadas veces, a pesar del faro del profeta Francisco que nos ilumina como un pastor y no como un jerarca. La euforia basada en que “Ya queda poco” o “Esto ha sido un mal sueño”, se desinfla y cada día aumenta el número de quienes no aguantan más trabajando a distancia y de quienes sienten la necesidad de ver a la gente, que el contacto es necesario para avanzar y que es difícil crear complicidades en lejanía. Cara a cara las complicidades crecen, y los humanos estamos hechos de sensaciones y de relaciones.

Nos han quitado libertades por una causa superior y no acabamos de aprender la importancia de la solidaridad real. Los cristianos tampoco reflexionamos, en serio, si tenemos deberes morales en torno a esta pandemia, si Cristo nos quiere decir algo a través de ella, si el sufrimiento que estamos viviendo, lejos de ser un castigo, debe vivirse como un aprendizaje. Si recuperamos la apertura del corazón en oración de escucha, con verdadera humildad, estos versos cobran todo su sentido:

A eso de caer y volver a levantarte,
De fracasar y volver a empezar,
De seguir un camino y tener que torcerlo,
De encontrar el dolor y tener que afrontarlo,
A eso no le llames adversidad, llámale sabiduría.

A eso de sentir la mano de Dios  y sentirte impotente,
De fijarte una meta y tener que seguir otra,
De huir de una prueba y tener que encararla,
De planear un vuelo y tener que recortarlo,
De aspirar y no poder,
De querer y no saber,
De avanzar y no llegar.
A eso no le llames castigo, llámale enseñanza.

 

Gabriel Mª Otalora

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